Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 13 de abril de 2018

El inmortal

He encontrado al Inmortal después de trece años de búsqueda incansable por todo el mundo. Me refiero aquí a la búsqueda física propiamente dicha, a mi deambular por los lugares más insospechados, desde algunas pequeñas localidades turcas hasta las laderas andinas o las más remotas aldeas nepalíes. Lo cierto es que me costó mucho más tiempo dar con él, pero no he incluido en el cálculo todos los años previos de lecturas, reflexiones y entrevistas personales o por teléfono con los personajes más pintorescos, indagando cada uno de los más serios rumores acerca de la existencia de personas que disfrutaran de verdad de una inmortalidad física.

Puestos a ser sinceros, no es una cuestión que afecte a la última etapa de mi vida, sino que llevo toda ella, al menos desde que tengo recuerdo, dando vueltas a este asunto, siempre fascinado por la muerte y por la posibilidad de esquivarla. Nunca ha sido una sensación morbosa, ni tampoco siniestra: tiene más que ver con la curiosidad. ¿Es factible? Después de todo y aunque no solemos tenerla presente, la muerte nos acompaña a todos en todo momento. Puede venir a buscarnos cuando le dé la real gana y encontrarnos esquiando, durmiendo la siesta, leyendo un libro o haciendo el amor. Y no va a esperar a que terminemos de hacer lo que sea que estamos haciendo en ese justo instante. Resulta chocante escuchar argumentos del estilo "era demasiado joven para morir". ¿Por qué? ¿Cómo puede el ser humano plantearse que lo lógico es morir a una edad o a otra?

En mi caso siempre la he sentido como una presencia cercana, como una amiga querida o una compañera de viaje con la que tengo pendiente una cita importante, aunque no sé cuándo, cómo ni dónde. Ni me preocupa excesivamente: ella me avisará en el momento adecuado. Nunca he visto un esqueleto con guadaña ni nada parecido, pero en más de una ocasión he escuchado un peculiar susurro a mi espalda y luego un hálito frío, una presencia fatídica... Apenas un destello burlón por el rabillo del ojo que me sobresaltaba y me hacía girar sobre mí mismo para intentar contemplar, aun durante un mínimo instante, al ángel funesto y así poder reconocerlo cuando llegue el último momento. Naturalmente, nunca he sido lo bastante rápido para verlo.

¿Y si fuera yo quien le gastara la última broma? ¿Y si descubriera realmente la manera de mantenerme físicamente sobre este mundo durante un tiempo indefinido? No con la idea de vivir para siempre, supongo que eso terminaría haciéndose aburrido, pero sí para tomar mi propio destino en mis manos y ser yo y no ella quien decide el momento y las circunstancias en las que poner fin a mi existencia... Esta idea surgió como un simple jugueteo intelectual, una manera de pasar el rato debatiendo conmigo mismo. Pero al final acabó convirtiéndose en una obsesión que me ha mantenido muy ocupado estos últimos trece años. Más los anteriores.

Sería aburrido resumir aquí toda mi peripecia. Sólo por precisar, apunto en este momento que durante los últimos dieciocho meses estuve trabajando en la pista definitiva. La que, en su etapa final, me condujo a cierto pequeño municipio del valle Engadine, en el cantón suizo de Grisones. La que, gracias a un golpe de fortuna, de inspiración o incluso puede que dictado por alguna divina guía, me llevó a pasear tranquilamente en un día frío y soleado junto a la pendiente de la montaña hasta ese lugar tan hermoso como solitario donde encontré la entrada a la gruta.

Al principio, no la relacioné con mi búsqueda. Decidí explorar la sima por pura curiosidad y como descanso y divertimento para mi mente, en un intento por olvidarme un rato de mis elaboradas reflexiones que tantas veces me han conducido por los terrenos de la ansiedad e incluso de la angustia. Además, el acceso era cómodo y amplio. Y no daba la impresión de ser una cavidad profunda ni peligrosa. Aún así caminé poniendo mucho cuidado en no resbalar, apoyándome con prudencia sobre la piedra húmeda y oscura que poco a poco empezó a envolverme. 

Si bien el túnel giraba al poco de entrar, conformando una especie de ángulo recto a medida que se adentraba en el interior de la montaña, dentro había suficiente iluminación para ver con cierta claridad. No la proveía la luz del Sol, que se quedaba en el codo de la entrada, sino que emanaba de la misma roca: pese a su tonalidad apagada de base, la superficie estaba salpicada por un polvillo que, a modo de purpurina, brillaba de una manera extravagante. El resultado era como si uno caminara de noche dentro de una habitación a oscuras, alumbrada indirectamente a través de las ventanas por la luz de potentes anuncios de neón fijados en el exterior de la fachada. Y se trataba de una habitación sucia, llena de porquería, a juzgar por el olor desagradable y cada vez más penetrante de aquel lugar. Lo achaqué al agua estancada que pudiera haber en su interior y redoblé mi cautela para no terminar cayendo en algún pozo bien disimulado.

Enseguida llegué al final de la cueva. Allí estaba el Inmortal, sentado en lo alto de una piedra de unos dos metros de altura, mirando hacia la nada. 

Era un hombre viejo, de largas greñas blancas, y así lo reflejaba su rostro cincelado durante siglos, seguramente milenios, por el paso del tiempo. No lo reconocí en un primer momento porque me lo había imaginado de una manera muy diferente, la verdad. A lo largo de mi búsqueda había terminado formando en mi mente la imagen de alguien más poderoso, más majestuoso. Alguien impresionante, en todos los sentidos. Un individuo de presencia impecable: fuerte, rico, bien vestido, soberano, monarca de sí mismo y de todas las edades de la Historia, sentado sobre un trono de oro y joyas. Para mí el Inmortal debía tener, quizás, un aire al Rey del Mundo del que hablara Guenon...

En lugar de eso encontré a un ser humano diminuto, encogido sobre sí mismo, vestido apenas por unos harapos mugrientos que dejaban a la vista un cuerpo tan delgado como gastado, ya inútil para casi todo. Empecé a pensar que estaba ante el Inmortal al percatarme de que el hedor que me había acompañado desde que entrara a la cueva se acentuaba a medida que me acercaba a él, así como al descubrir los restos de orines y heces derramados desde lo alto de su sitial de piedra. Comprendí que, fuera quien fuera, aquella persona llevaba mucho tiempo sin bajar de lo alto, como aquel fanático asceta cilicio que vivió casi cuarenta años de su vida sobre una columna lejos de todo y de todos.

¿Es usted el Inmortal, realmente? -me atreví a preguntarle, al fin.

Mi voz sonó extraña allí dentro, apagada y lejana. Casi como si no hubiera llegado a pronunciar palabra alguna.

¿Oiga? ¿Puede escucharme? ¿Entiende lo que le digo? -insistí.

No le contestará -dijo una voz anciana a mis espaldas, lo que propició uno de los mayores sustos de mi vida.

Con el alma encogida me di la vuelta y entonces pensé haberme encontrado por fin, cara a cara, con la muerte. Ante mí tenía a una mujer muy mayor, vestida con ropas amplias y bastas de factura antigua y con la cabeza cubierta con una especie de capucha. Llevaba una tinaja y un cuenco. Parecía una figurante, salida del rodaje de un peplum o de una película de brujas.

¿Y..., usted es...? -logré articular, empleando hasta la última gota de mi menguante coraje para aparentar normalidad.

- Soy su hija -y luego añadió con tono interrogante-. ¿De verdad ha venido usted buscando al Inmortal? Hacía mucho tiempo que nadie se presentaba por aquí para verlo, por lo menos ciento cincuenta años. Creí que ya le habían olvidado todos.

Ciento..., cincuenta... -tartamudeé- ¿Cuántos años tiene..., usted?

No recuerdo bien -dijo, pensativa-, debo andar por los doscientos ocho. Doscientos doce como mucho. Soy su última hija viva, ¿sabe? Su hija pequeña.

Durante un momento pensé que estaba alucinando. Aquella caverna me había hipnotizado de alguna forma. Tal vez algún gas subterráneo similar a los que transportaban a otros mundos a la Pitia en Delfos. O puede que algún microorganismo que habitara en aquel sombrío ecosistema y se trasladara y contagiara por vía aérea. Debería salir de aquí antes de perder el conocimiento y morir, razoné, ¡pero estoy finalmente delante del inmortal! No puedo huir  ahora. Además, no me encontraba mal. Todo lo contrario. Aparte de la creciente euforia ante el éxito de mi expedición vital, el hecho de saberme al lado de alguien que no podía morir me confería la secreta esperanza de que, en serio, encontraría la manera de no morir yo tampoco.

La mujer depositó el cuenco sobre una piedra y lo llenó con el contenido de la tinaja: una especie de sopa humeante, espesa y oscura que luego, tras encaramarse sobre unas piedras aledañas, dejó dificultosamente sobre la roca donde se sentaba el Inmortal. 

- Disculpe -acerté por fin a reaccionar- ¿Cuántos años tiene su padre? -le pregunté cuando terminó esta tarea.

Ella se encogió de hombros.

No lo sé. Yo sólo le conozco desde hace poco más de dos siglos y nunca me ha hablado. Todo lo que sé sobre él me lo contaron mis hermanos mayores. Sobre todo el primogénito. Él conocía toda su historia, era casi tan viejo como mi padre...

Y ¿dónde está el primogénito ahora? ¿Dónde están sus demás hermanos? -le pregunté, cada vez más ansioso.

- Ahí -respondió ella mientras señalaba una serie de agujeros en la pared de la izquierda en los que yo no había reparado hasta entonces.

Conté treinta y dos agujeros. Todos, menos uno, estaban tapados con una especie de adobe. Ante mi mirada de incredulidad, ella precisó:

- Todos muertos. La mayoría se suicidaron, como el primogénito. Seguramente yo terminaré haciendo lo mismo. Sólo hay un Inmortal, ¿sabe?

- Dios mío -musité con espanto- pero ¿por qué? Si todos ustedes tienen el don de vivir eternamente, ¿por qué lo desprecian de esa manera?

- ¿Un don? -ella me contempló con sus ojos antiguos y por un instante no supe si iba a reírse a carcajada limpia o iba a echarse a llorar de desesperación- ¿Un don, vivir sin el horizonte de la muerte? No es un don. Es una maldición.

Meneando la cabeza, recogió la tinaja y pasó por mi lado. Me aparté instintivamente: de pronto aquella mujer me daba mucho miedo. Pero tampoco quería dejarla marchar sin más. Sospeché que, si la dejaba ir, no volvería a verla. Y parecía mi única fuente de información segura. El Inmortal no se había movido ni un milímetro desde mi llegada. Ni siquiera había mirado a su hija o al cuenco de la sopa. Continuaba perdido en el interior de sí mismo.

¡Espere! -supliqué- Por favor, espere... No le entiendo. Y quiero saber. Los años pasan, los imperios surgen y caen, y los humanos siguen siendo tan infantiles y tan poco despiertos como de costumbre... No aprenden nada. Nunca aprenderán nada importante. -murmuró ella, antes de detenerse y, volviendo su rostro vetusto hacia mí, plantearme-: ¿Qué cree usted que le confiere valor a la vida si no es la muerte? ¿Qué atractivo tendría una hermosa flor en el momento de su mayor esplendor y belleza si no fuera porque sabemos que será destruida poco después? ¿Qué amor merecería la pena si en lugar de una fugaz maravilla se convirtiera en la rutina diaria durante miles de años? ¿Qué empresa sería de verdad valiosa si uno no necesitara poner a prueba su ingenio, desplegar sus virtudes e incluso arriesgar su vida para culminarla con éxito y sólo tuviera que esperar diez años o diez siglos para ello, sin preocuparse por el plazo temporal necesario? 

Aquellas preguntas me desconcertaron e hicieron nacer en mi pecho una angustia nueva, pero ella continuó:

- Vea: el oro, las piedras preciosas, el dinero, las riquezas..., esa inútil y delirante obsesión del ser humano, empeñado en acumular todo eso para utilizarlo luego en adquirir posesiones, ganar posición y poder... ¿Y si uno tuviera una fuente ilimitada de oro? ¿Y si pudiera nadar literalmente en oro y comprar todas las cosas del mundo si así lo deseara? ¿Habría algo que pudiera atraerle al fin, algo por lo que suspirar, algo que buscar y perseguir? ¿A quién le place correr una carrera eterna contra sí mismo, sabiendo que haga lo que haga siempre va a ganar? 

- Sin embargo -traté de argumentar, sintiendo cómo crecía mi ansiedad-, el hecho de ser inmortal le permite a uno hacer todo lo que desea hacer. Uno puede estudiar lo que quiera, viajar por todo el mundo, crear obras de arte, escribir libros, componer música, conocer a muchas personas..., sin limitación alguna. ¿Eso no es deseable?

Me observó con ojos aburridos, como si hubiera rebatido mil veces antes el mismo planteamiento y no tuviera ya ganas de continuar con aquel diálogo que nada nuevo le aportaba.

- ¿Y qué hacer cuando uno ha estudiado todo lo que quería y hasta lo que no quería, por pasar el tiempo? ¿Cuando ya ha recorrido varias veces el planeta entero? ¿Cuando se ha hartado de crear obras artísticas, escribir libros y componer música y nada de eso ya le motiva? ¿Cuando uno se ha convertido en el mejor y más grande maestro que ha pisado alguna vez la Tierra, de tanto hacer todas esas cosas una y otra vez, y es consciente de que no puede aprender más y que nadie le puede enseñar más? ¿Qué hacer cuando has conocido a tantas personas, a tantas y tan inmensas multitudes, que sabes que ninguna podrá volver a sorprenderte jamás? Ni el odio, ni la ira, ni la compasión, ni el amor, ni la tristeza, ni la valentía... Nada es ya nuevo y, de hecho, has visto tantas veces los mismos comportamientos en tantas personas diferentes que puedes predecir con absoluta seguridad lo siguiente que va a hacer la persona ante la que estás delante.

- Entonces, ¿la inmortalidad no tiene sentido?

- Se lo diré claro, para que lo entienda de una vez: la inmortalidad física es el mayor tormento imaginable para un ser humano -sentenció-. Por eso terminaron suicidándose mis hermanos, uno tras otro. Yo estoy muy cansada ya. Y estoy sola. Así que mi final será similar, no creo que tarde mucho.

- ¿Y él? -señalé, desesperado, al Inmortal.

- Él no puede morir, jijiji -la risa de la anciana sonó especialmente desagradable-. Él consiguió la inmortalidad sin desearla y su castigo es vivirla hasta el fin de los tiempos. Hizo un pacto con el Demonio que rige este mundo, ése al que la gente corriente llama Dios, para obtener ciertos beneficios a cambio de su alma inmortal..., y luego intentó engañarle. Se puede luchar contra ese monstruo, pero no se le puede estafar: es demasiado inteligente. Mi padre fue muy ingenuo. Y el Demonio le impuso esta pena ejemplar...

A estas alturas me sentía ya muy mareado y con ganas de vomitar. Me embargó un poderoso deseo de salir de allí, de alejarme corriendo de aquel lugar maldito sin mirar hacia atrás.

- Al principio, mi padre creyó que el Demonio se había equivocado. Empezó a vivir de acuerdo con su nueva condición y consiguió todo lo que quiso gracias a su inmortalidad. Se convirtió en la persona más poderosa de la Tierra y, en apariencia, en la más feliz y satisfecha. Empezó a tener hijos a los que transmitir su sangre inmortal, para poder tener familia que pudiera acompañarle pues todas sus esposas fallecían tarde o temprano. Se sentía una especie de dios y quería reinar como Zeus Júpiter en el Olimpo. Pero con el tiempo comprendió hasta qué punto había sido condenado. Terminó desprendiéndose de todo y encerrándose aquí, completamente enloquecido. Aullaba día y noche, se golpeaba contra las paredes, intentaba herirse y matarse de mil maneras pero siempre infructuosamente...

No pude soportarlo más. Con los ojos nublados, el sudor empapándome y trastabillando entre las piedras, busqué la salida de la cueva sin despedirme de aquella trágica mujer, sin dirigirle ni una sola palabra más. La oía detrás de mí, chillándome desde el interior de la caverna:

¡No se vaya! Tal vez pueda usted hacerle compañía cuando yo ya no esté. Después de todo, puede que usted sepa hacer algo que él nunca haya visto y eso le permita, aun por un instante, retornar a la normalidad. Y, si no, puede encargarse de prepararle la comida, aunque luego él la desprecie y no la engulla. Usted podría...

No recuerdo muy bien cómo salí al final de allí. Sólo que me fui y que llegué jadeando a mi coqueto cuarto en la pensión suiza donde me alojaba. Me encerré con llave y coloqué una silla contra el tirador para asegurarme de que nadie entraría en la habitación y luego me metí en la cama, vestido y con zapatos, temblando y gimoteando. 

Algunas horas después, conseguí reunir el valor suficiente para recoger mi escaso equipaje y salir de la habitación. Pagué y luego me llamaron a un taxi para que me sacara de allí, previa advertencia de que me costaría una pequeña fortuna. Pero no me importaba pagarla con tal de alejarme cuanto antes. Si quería irme en tren o en autobús necesitaría esperar hasta la mañana siguiente y no me veía en condiciones de pasar allí la noche, tan cerca de la cueva del Inmortal, expuesto a que su lóbrega hija apareciese en cualquier momento.

Y aquí estoy, al fin, en casa. Lejos de Suiza y de todos los otros lugares por los que transité durante tantos años, cegado por la promesa de un cielo que en realidad escondía un infierno.

Observo una flor, cortada de mi jardín. Se marchita lentamente en un jarrón con agua. Es hermosa.






viernes, 6 de abril de 2018

Falsas identidades

Conocedora del trágico destino que tendría su hijo si partía para la guerra de Troya, la ninfa Tetis decidió proteger al joven -mas ya entonces conocido por sus habilidades guerreras- Aquiles a la isla de Esciro. Allí reinaba Licomedes, amigo de Tetis, quien atendiendo a su solicitud le vistió de mujer, le dio el nombre de Pirra y le alojó en su palacio empleándole como una de las doncellas de su propia hija, la princesa Deidamía. Ni que decir tiene que Aquiles y Deidamía se entregaron el uno al otro a todo tipo de dulces actividades propias del momento en cuanto se quedaron solos, lo cual beneficiaba los planes de su madre, que confiaba en que esta relación ayudara a que su belicoso hijo se olvidara de sus ansias guerreras. Entre tanto, los aqueos buscaban como locos a su héroe porque le consideraban un guerrero imprescindible en la expedición y, después de mucho rastrearle, se enteraron de su escondite en Esciro donde parecía disimular su desbordante virilidad disfrazado de mujer. De entre todos los generales griegos, el astuto Ulises fue el encargado de marchar a la corte de Licomedes, encontrar a Aquiles y convencerle de que volviera con él para unirse a la guerra contra los troyanos. El de Ítaca cumplió en encargo gracias a una estratagema, pues se presentó en la corte del rey disfrazado de buhonero y llevando consigo dos canastas: una de ricas telas y adornos femeninos y otra con brillantes y afiladas armas. Cuando llegó al palacio de Licomedes, Deidamía y todas sus doncellas se lanzaron a la canasta de las telas para escoger las mejores y más bonitas, mientras que Pirra/Aquiles se dirigía sin dudarlo a la de las armas. Así le descubrió y así pudo dirigirse a él y convencerle de que se fuera a Troya pues, como diría el refrán, aunque la mona se vista de seda, mona se queda...

Esto es un mito. Ahora contaré una historia real. Había una vez dos hermanos gemelos, que nacieron en un parto sin problemas el 22 de agosto de 1965. Bruce y Brian Reimer llegaron al mundo en la localidad canadiense de Winnipeg y fueron, al principio, dos bebés felices. Sin embargo, con seis meses fueron diagnosticados de fimosis y se recomendó la intervención quirúrgica. Sus padres, Ron y Janet, dieron el visto bueno a la circuncisión, pero un error médico del urólogo que procedía a la operación quemó el pene de Bruce, dejándolo inservible. La familia quedó desolada por lo ocurrido, pues su hijo no podría ya llevar una vida normal. Hay que recordar que a mediados de los años sesenta la cirugía plástica no estaba ni la mitad de avanzada que hoy, cuando los especialistas pueden "remodelar" literalmente a una persona para hacerle vivir su fantasía de ser más joven de lo que es -tan cara para esas personas que basan su endeble autoestima en su aspecto físico- o para convertirle en el monstruo que desea ser -como esos especímenes desequilibrados que hemos visto en tantos reportajes de "curiosidades" y que se empeñan en adquirir una imagen a medias humana, a medias de extraterrestre, gato, lagarto o cualquier otra cosa que se les ocurra-. Los Reimer vivieron un tiempo de angustia y dolor, sin saber qué hacer...

Entonces se cruzó en su camino un médico de los que, en una novela clásica de Ciencia Ficción, reciben el apelativo de mad doctor. En las obras literarias, y también en las películas, este tipo de personajes suele ser descrito con una mirada enloquecida, cabellera despeinada y bata blanca, pero lo más importante de ellos es que dedican su vida a cualquier tipo de desquiciados experimentos con seres humanos, con el ánimo de transformarse a sí mismos en nuevos y pequeños diosecillos, dotados de poder suficiente para dominar y torcer a su gusto las leyes de la Naturaleza... En honor a la verdad, este nuevo doctor Frankenstein se presentaba con un aspecto más discreto, diría incluso que con un aire de sensato abuelito, a juzgar por algunas de las fotografías que nos han llegado de su persona, como la que ilustra este artículo. Su nombre: John Money (sic), psicólogo y sexólogo neozelandés del hospital John Hopkins de Baltimore. La familia Reimer vio una entrevista con él en televisión porque este centro hospitalario había anunciado que iba a empezar a practicar intervenciones de cambio de sexo. En las imágenes, Money aparecía acompañado de una atractiva rubia, que decía haber nacido hombre y al que él había ayudado a transformar en la mujer que siempre había querido ser. Ron y Janet dedujeron que él sería la solución para Bruce. Si su hijo no podía ser un hombre completo, al menos podría intentar ser una mujer completa.

Como suele decir Mac Namara, la gente verdaderamente importante, la que determina el curso de los tiempos, nunca es la que aparece como tal a los ojos de la sociedad en los grandes medios de comunicación e incluso en los libros de Historia. Aunque es más corriente encontrar el poder en manos de los visires que de los califas (excepto en el caso del gran visir Iznogud), el verdadero poder está incluso más alejado de las cámaras. Money es un ejemplo de ello, a determinado nivel. Si preguntamos a las personas a nuestro alrededor, seguro que la gran mayoría ni siquiera ha oído hablar de él y, sin embargo, es uno de los principales responsables del modelado social occidental contemporáneo. Doctor en psiquiatría, profesor de pediatría y psicología y con estudios de educación, fue uno de los primeros y principales defensores de la disociación entre género y sexo biológico. Su trabajo giró siempre en torno a las rarezas del sexo: las anomalías sexuales, las parafilias, la pedofilia, el hermafroditismo, la reconstrucción genital..., y la reeducación de las personas para que se "liberaran" de su condicionante biológico y "eligieran" si preferían ser hombre o mujer con independencia de si tenían pene o vagina. 

Resumiendo mucho sus teorías, progresivamente introducidas hoy incluso con calzador en todas las etapas educativas de la escuela y muy alabadas en la actualidad -a pesar de lo aberrante de algunas de ellas-, son los adultos y no la Naturaleza los que "crean" de hecho el género humano. Para eso utilizan un proceso que llamó "complementación", mediante el cual los padres "implantan" de manera "forzada" a sus hijos las respuestas y conductas que les corresponden a su propio género, sin que los niños puedan hacer nada para "resistirse" a esa "imposición". Un ejemplo clásico es el hecho de que, en una celebración, el padre baile con la hija y la madre con el hijo, porque así transmiten su "visión personal" aunque "sesgada" de cómo deben ser las cosas: que los hombres sólo pueden bailar con las mujeres y no los hombres con los hombres y las mujeres con las mujeres.

Money es el introductor de algunos términos muy conocidos de la sexología como el orgasmo seco o clímax masculino sin eyaculación (aunque el concepto como tal es tan viejo como el Tantra) o la disforia de género -el trastorno de identidad sexual, por el cual una persona se siente mujer aunque físicamente sea un hombre o viceversa-. Con su forma de pensar y sus peculiares propuestas e investigaciones, se encargó de alimentar la vieja polémica de la comunidad científica de EE.UU. sobre qué es más importante y determinante en la vida humana: lo que uno trae "de fábrica", gracias a la sangre de sus ancestros, o lo que uno adquiere "en el mercado de la vida" individualmente, gracias a su educación y formación. Aunque muchos científicos actuales -entre ellos, el propio Money- han defendido con pasión y hasta la saciedad que en el desarrollo de la persona es mucho más importante la educación que la herencia (y este mensaje ha sido trasladado y sigue siendo trasladado tan falsa como machaconamente al resto de Occidente), la propia Ciencia ha desmentido esta teoría una y otra vez. De hecho, hoy sabemos que la dictadura de la genética es absolutamente incontestable y marca nuestra existencia hasta límites que el profano no podría imaginar, mucho más allá del simple color de los ojos y el cabello o de las enfermedades que uno tiene más probabilidad de padecer a lo largo de su vida.

 Lógicamente, Money formó parte activa del llamado "movimiento de liberación sexual" en los 60 y los 70 y se convirtió en un científico de referencia para comunidades como la homosexual o la transexual, ávidas de encontrar una explicación científica a su forma diferente de vivir la sexualidad. Con ocasión de su fallecimiento en 2006, un día antes de su 85 cumpleaños, su discípulo y colega Richard Green, aquí al lado, le dedicó una necrológica muy elogiosa, en la que le lloraba "como a un padre", elogiaba su trabajo, sugería su bisexualidad y recordaba su participación en todo tipo de "liberaciones" como el consumo de droga ("En el jardín de mi apartamento en Chelsea había escondido una barra de unos tres centímetros de hachís, en algún lugar cerca del macizo de tulipanes. John y yo escarbamos por todas partes tratando de encontrarlo. No recuerdo si lo encontramos, probablemente eso quiere decir que sí."), la glorificación del sexo por el sexo ("La casa de John en Baltimore era un museo lleno de esculturas exóticas y pinturas: figuras de madera de tamaño mayor que el natural, con genitales colosales, apabullaban al visitante") y los desmadres de todo tipo ("John fue un libertino. Era un entusiasta del sexo en grupo. Las reuniones de la Sociedad para el Estudio Científico de la Sexualidad quedaban realzadas por las orgías que John organizaba por la noche y a las que asistían algunos de los lumbreras de la sexología. Fue un participante de gran talento.") que le hacen a uno cuestionarse qué es lo que le interesaba realmente a Money de su profesión.
 
Esta necrológica es muy interesante porque, viniendo de uno de uno de sus mejores amigos ("Qué afortunado haber sido su hijo adoptivo", llega a exclamar Green), ayuda a descubrir a un Money distinto al ensalzado por los partidarios de la ideología de género. Así, en lugar de un científico de mente abierta y dispuesto a explorar los lugares más recónditos del alma humana, nos encontramos con un tipo más bien intolerante ("No era receptivo a las opiniones contrarias (...) Tampoco aceptaba con elegancia las críticas a sus propios manuscritos (...) sus críticas de los artículos de otros podían ser fulminantes pero se negaba a hacer cualquier cambio, del tipo que sea, en los suyos propios") y manipulador ("Su dominio del lenguaje era magistral (...) 'identidad sexual' y 'rol de género' son términos centrales hoy en el vocabulario de los sexólogos") que no daba su brazo a torcer y estaba dispuesto a llevar hasta sus últimas consecuencias sus creencias personales, a costa de lo que fuera...

Y ahí retomamos el caso de los Reimer. Ron y Janet se presentaron en la consulta de Money para preguntarle si era verdad que la condición sexual no es innata sino que se puede asignar por capricho a través de la educación y si se podía encarrilar de este modo a la persona. El psicólogo les dijo que por supuesto: todo lo que tenían que hacer era empezar a tratar al bebé como una niña. siempre bajo su supervisión. Él se encargaría de monitorizar el proceso para que llegara a buen puerto y el niño mutilado se convirtiera en una mujer feliz y completa. Estaba ante la oportunidad de su vida para demostrar su tesis: no sólo tenía el visto bueno de unos padres desesperados por asegurar la dicha de su hijo (¡Cuánto daño puede hacer la obsesión de los padres a la hora de intentar proteger y hacer felices a sus hijos como sea, cuando la vida como tal no trata de eso!) para desarrollar un experimento a largo plazo sino que además disponía del perfecto sujeto de control para evaluar la marcha de la investigación, que no era otro que Brian, el otro gemelo.

Así que, poco antes de que cumpliera dos años, Bruce fue sometido en julio de 1967 a una castración quirúrgica que incluyó la retirada de los testículos y la reconstrucción de su aparato genital. Bruce murió y en su lugar nació Brenda. Money dio instrucciones concretas a sus padres para que la trataran como a una niña y fijó una revisión anual para controlar la marcha del experimento. Y se sintió el Frankenstein más satisfecho del mundo...

Pero no salió bien.

Bruce/Brenda se convirtió en un/una niño/niña desgraciado/desgraciada. No le gustaban los vestidos ni los adornos femeninos, rechazaba las muñecas y las combas y prefería usar los juguetes de su hermano. Se enfrentaba a las burlas constantes de sus compañeros de clase: las chicas no contaban con él/ella por considerarla una niña demasiado hombruna y los chicos tampoco la querían en sus juegos -aunque suspiraba por participar en ellos- porque estaban en esa edad en la que todavía no querían relacionarse con niñas. Pese a carecer de pene, se negaba a sentarse en la taza del retrete y prefería orinar de pie. Se quejaba a su padre de que no podría afeitarse en el futuro como sí lo haría Brian... Las reticencias a aceptar el sexo femenino expresadas por él/ella y por los padres durante las reuniones con Money no fueron tenidas en cuenta por éste, que insistía en que eran normales y desaparecerían con el tiempo. Cuando Bruce/Brenda cumplió 9 años, Money anunció que la experiencia estaba siendo un éxito y todo su gremio le aplaudió, le dio palmaditas en la espalda y empezó a tratarle como si fuera un verdadero genio: el tipo que revolucionó la sexología. Yendo un paso más allá, escribió un libro titulado Man & Woman. Boy & Girl (Hombre y mujer. Niño y niña) en el que defendía su teoría de la "neutralidad del género" a partir de esta experiencia..., pero falsificando los resultados porque no incluyó las experiencias reales de Ron, Janet y Brian con Bruce/Brenda y, en su lugar, se inventó otras que sirvieran para defender sus ideas. Este texto terminó de consagrarle como gran experto en sexo.

Como todo lo que va mal es susceptible de ir peor, la tortura de Bruce/Brenda se incrementó con la llegada de la adolescencia, quizá la etapa más crítica de la vida. Empezó a sufrir profundas depresiones e incluso intentó suicidarse. Alarmados, sus padres le contaron la verdad y ello supuso un shock para su hijo/hija. No obstante, recuperó cierta alegría porque ahora sabía por qué había sido tan desgraciado/desgraciada durante toda su vida y expresó su deseo ferviente de volver a ser un chico aunque fuera con un pene destrozado. Sin embargo, ya no sería Bruce, sino David, en honor al mítico pastor que logró derrotar al guerrero gigante Goliat. Con su nuevo nombre, sería como empezar una nueva vida, lejos de aquella pesadilla. Se sometió a más intervenciones quirúrgicas -dos faloplastias, para reconstruir su pene perdido, y una mastectomía, para quitarse los pechos, que habían ido creciendo gracias a altas y periódicas dosis de estrógenos- y recibió inyecciones de testosterona para ayudarle a masculinizarse.

Bruce/Brenda/David se negó a volver a la consulta de Money y éste, discretamente, dejó de publicar sobre el caso y se centró en otros para no admitir su fracaso. No obstante, el creciente número de seguidores del psicólogo que tuvieron noticia de lo ocurrido, se lo tomaron como una confirmación de sus teorías, que demostraban cómo el sexo era una simple cuestión de elección. El/la sujeto de experimentación primero había sido un niño, luego una niña y ahora otra vez un niño. Y no pasaba nada.

En realidad, sí pasó. Aunque Bruce/Brenda/David logró vivir unos años más tranquilos, el trauma sufrido había devastado su alma y nunca logró la paz consigo mismo. Ni siquiera un mínimo de equilibrio interno. En busca de la normalidad que le había sido negada durante toda su vida y dado que no podía tener hijos, se casó con sólo 23 años de edad con su novia, una mujer que ya era madre de tres niños.  Mientras, su familia original también pagó un alto precio víctima de la culpabilidad por lo ocurrido: Ron se convirtió en alcohólico; Janet, en depresiva crónica y Brian terminó abandonando sus estudios y, tras varios intentos fallidos, se suicidó con una sobredosis de antidepresivos.

Money no dijo una palabra sobre todo esto. De hecho, mantuvo oculto el caso mientras seguía dando charlas y escribiendo libros sobre sus teorías hasta que, en 1997, Bruce/Brenda/David contó su caso a otro médico experto en sexología: el doctor Milton Diamond, de la Universidad de Hawai. Escandalizado por lo ocurrido, éste le convenció para que lo contara en público y ayudara así a que ningún otro niño volviera a verse en una situación tan terrible como la que él había sufrido. El periodista John Colapinto fue el encargado de darlo a conocer con una publicación en la revista Rolling Stone, aunque después escribiría todo un libro sobre ello: As Nature made him: the boy who was raised as a girl (Como la Naturaleza lo hizo: el niño que creció como una niña) y compartió los beneficios obtenidos con el protagonista de la historia, que carecía de un trabajo estable. Diamond dijo entonces algo muy lógico y es que si la combinación de tanto esfuerzo médico, quirúrgico y social (psicológico) no tuvieron éxito ninguno en el hecho de que aquel niños aceptara sin más una identidad de género femenino, "tal vez tengamos que pensar que hay algo importante en la constitución biológica del individuo" que es mucho más decisivo a la hora de determinar la sexualidad. 

El final de esta historia no es nada alegre. Bruce/Brenda/David estaba tan desquiciado a estas alturas que, cuando a primeros de mayo de 2004 su esposa le anunció que deseaba separarse de él, no lo soportó. Se marchó de casa y se voló la cabeza con una escopeta recortada dentro de su propio coche. Ron Reimer, destrozado por la culpa, también se suicidó cuando se enteró de lo ocurrido...

 ¿Y qué pasó con John Money? Nada. Murió, víctima de la demencia senil, en 2006 pero rodeado del cariño y el respeto de las gentes de su profesión. Jamás se retractó ni rectificó públicamente. No ya por destruir una familia y contribuir aun indirectamente al fallecimiento por suicido de tres de sus miembros -vía desequilibrio mental- sino por el fracaso absoluto de una investigación que echa completamente por tierra las teorías sobre el constructo social del sexo (a las personas interesadas, les sugeriría que rastrearan otros casos parecidos -incluido alguno español- que se han publicado con sordina en los últimos años y que, si bien no han resultado ser tan dramáticos -por el número de muertes- también han destrozado la vida de los implicados). Es más, el estudio de Money, por increíble que parezca, sigue siendo citado como una prueba de éxito de que es posible cambiar de género alegremente y es utilizado sin pudor alguno por los grupos interesados en la ideología de género y el feminismo radical. La biografía de este mad doctor recoge unas 2.000 publicaciones de todo tipo, además de la recepción de 65 premios y reconocimientos públicos. Ni uno solo de ellos le fue retirado cuando se hizo público lo sucedido con los Reimer. Y lo peor es que las ideas de Money (y de otros popes de la ingeniería social tan siniestros como él, de los que ya hablaremos en otra ocasión y cuyo objetivo último parece pasar por destruir definitivamente el concepto de familia como base de la sociedad humana) continúan alimentando auténticas barbaridades como la absurda lista publicada hace año y medio por la denominada comisión de derechos humanos de Nueva York, según la cual si uno es hombre o mujer es porque quiere, ya que "existen" nada menos que 31 géneros o identidades sexuales.

Según las conclusiones de esa comisión, uno puede escoger a la carta las opciones más extravagantes. Por ejemplo, puede ser andrógino (reunir ambos sexos en el mismo individuo) pero también dos espíritus (que parece lo mismo pero no lo es, porque define a la persona que encarna atributos masculinos y femeninos aunque tiene géneros distintos a sus roles y viste con una mezcla masculina y femenina), pangénero (tener muchas identidades de género a la vez) o género fluido (que cambia de género según le apetezca). También está el transgénero no binario (persona que ha cambiado de género pero que no se identifica con ninguno) o transpersona (que define a una "comunidad diversa" de gente cuya identidad de género es distinta de la "asignada" durante su nacimiento. Está, por supuesto, el sin género (que no se identifica con ningún género, lo que imagino que le causará problemas al tener qué escoger una puerta concreta en un cuarto de baño público) que, aunque no lo parezca, es distinto del tercer sexo (el que no se define como masculino ni como femenino ni como sin género..., a estas alturas ya me he perdido). El caos mental de los miembros de esta comisión es capaz de aplicar la teoría de la evolución a conocidas parafilias para transformarlas también en identidades de género en sí mismas, como en el caso del cross dresser (la persona que se viste con prendas de sexo opuesto en momentos determinados) o la drag queen (hombre que se viste y actúa como mujer). Pero aún no está todo perdido: la lista reconoce la existencia de mujer (aunque aparece en el número 18 de la lista), a la que reconoce como persona de sexo femenino, y hombre (en el 19) o persona de sexo masculino. Menos mal, pensaba que me había convertido en el protagonista de Soy leyenda... Por cierto, la comisión advierte de que si una empresa no respeta alguna de esas identidades sexuales de sus trabajadores, puede ser sancionada con una multa de un millón de dólares. 

Aún hay algo más surrealista. Por las mismas fechas que esta comisión hacía pública su delirante lista, un abogado tailandés, Vitit Muntarbhorn, anunciaba, a sus 64 años de edad, que los sexos masculino y femenino están "ampliamente superados" porque según su opinión en realidad existen ¡¡¡112 géneros!!! Que un señor asiático desbarre en público no tendría mayor importancia e incluso podría ser un espectáculo divertido si no fuera porque Muntarbhorn ostenta el cargo de Defensor Global LGBT en la ONU (la verdad es que la Organización de las Naciones Unidas es una institución cada vez más desprestigiada, por su obvia inutilidad a la hora de frenar ciertos conflictos bélicos y por los sucesivos escándalos y corrupciones en los que se ha visto implicada una tras otra de las agencias que la forman). Desde luego, si yo fuera homosexual, bisexual o transexual, me pensaría muy mucho si estoy bien representado por un tipo que defiende la existencia de cosas como el ansi-género (definido por la ansiedad y el estrés de las personas que viven en las grandes ciudades) o el color-género (personas de género rosa, azul, amarillo o blanco..., no sé por qué no hay más colores).

Lo peor de todo este cosmos de confusión sexual es que está afectando directamente a la parte más débil de nuestra sociedad: los niños (y las niñas), entre el silencio de los acobardados y la presión de los cómplices (me insiste Mac Namara en que todo esto tiene mucho que ver con los planes de los Amos para su ganado humano, pero tampoco me ha explicado mucho más). Muchos chavales occidentales están creciendo hoy día bombardeados por mensajes caóticos que no les van a servir precisamente para ayudarles a orientarse en la vida sino más bien al contrario. La educación siempre ha sido el mejor arma para controlar a largo plazo a una población y tenemos muchísimos ejemplos históricos de ello, algunos muy recientes. El mundo del mañana será, me temo, aún más desastroso que el de hoy..., pero es lo que suele suceder siempre con la ley de la entropía.