Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 16 de febrero de 2018

Darío

Anda todo el mundo estos días alicaído en la Universidad de Dios por la marcha de Darío, el más querido de nuestros profesores. Le he citado poco en esta bitácora, porque su trabajo era tan importante que para salir adelante requería cierto grado de discreción por parte de nosotros, sus estudiantes. De hecho, y aunque el Gran Thoth es mi tutor personal directo, en realidad la mayor parte del trabajo, los ejercicios, las lecciones, los exámenes y todo lo demás se canalizaba a través de Darío, su principal ayudante en nuestro peculiar centro universitario, quien se encargaba de evaluarnos y monitorizarnos a lo largo del curso. Sin embargo, ahora que ya no está con nosotros, creo que es justo dedicarle unas palabras, más que nada porque ha sido el principal de mis guías, un verdadero faro en medio de las tormentas de este juguetón océano que llamamos vida, durante los últimos 30 años.

En un principio me sorprendió su nombre tan singular, de origen persa aunque él fuera chileno. De hecho, es el único Darío al que he conocido en esta vida. De las anteriores, sólo recuerdo a Darío el Grande, el aqueménida: otro gran hombre, aunque en un sentido muy diferente, cuyo hijo Jerjes no estuvo a su altura (pero ésa es otra historia). El Darío de la Universidad de Dios trabajó de una forma muy especial, muy eficiente y muy amorosa y, cuando me enteré de lo que quería decir exactamente su nombre, sólo pude esbozar una sonrisa de complicidad. Porque Darío significa, literalmente, "el que posee o mantiene el Bien y protege contra el Mal". ¡Nunca nadie tuvo un nombre tan adecuado, por todos los dioses!

La primera vez que tuve una reunión personal con él le mostré con gran orgullo y le regalé (firmado, por supuesto, aunque él no me lo había pedido) el que entonces era mi segundo libro publicado: Los mitos celtas. Hoy está completamente descatalogado y en Internet hay algún insensato dispuesto a adquirir un ejemplar por varios cientos de euros (costaba unos 6 euros cuando apareció por vez primera en enero de 1998), pero esta obra breve ha sido uno de mis grandes éxitos de ventas. De hecho, creo que es la que más ha vendido hasta ahora de toda mi producción, si no cuento las que publiqué mucho más tarde con seudónimo, alguna de las cuales llegó a ser para mi sorpresa un best seller internacional. Hoy el lector puede encontrar cuarenta mil libros sobre mitología celta en cualquier librería, real o digital, pero en aquella época mi texto era una de las muy escasas publicaciones sobre la materia y levantó mucho interés, publicándose varias ediciones. 

Con todo, Los mitos celtas no deja de ser un pequeño ensayo que no resiste la más mínima comparación con los libros que Darío ya había publicado entonces, que contaban con muchas más ediciones, muchos más ejemplares vendidos y, sobre todo, con mucho más contenido y mucho más valor para cualquiera con dos dedos de frente. Por ese motivo, podría haberme hecho un comentario jocoso -siempre ha tenido mucho sentido del humor- o haberme mirado por encima del hombro o haberme despachado de cualquier manera. En lugar de ello, recibió mi obsequio con amabilidad y humildad y se mostró muy atento a mis explicaciones, como si realmente le importara lo que le estaba contando y estuviera deseando empezar a leer el libro. Quién sabe..., quizá después de todo lo leyó y le gustó aunque hoy día, desde la distancia, lo dudo mucho y, al recordar aquel encuentro, me río de mí mismo y de mi antigua arrogancia por haber intentado impresionar a alguien que estaba mucho más allá de mi capacidad para deslumbrarle.

Por fortuna, no me tomó manía y durante todos estos años he intentado estar a la altura de sus enseñanzas. A veces lo he conseguido y a veces no, porque la carne es débil, como reza el clásico. Mas algo sí he logrado y no es poco viendo cómo suceden las cosas: mantenerme en el camino. No he ido muy lejos, porque en tanto tiempo sólo he conseguido aprobar tres cursos de esta larga carrera. Pero es que tampoco tengo excesiva prisa: después de todo, una ventaja de los inmortales es que pueden tomarse todo el tiempo que les venga en gana para terminar sus proyectos... 

Lo más importante de la Universidad de Dios, un punto en el que él insistía una y otra vez cuando nos daba clase, es hacer bien las prácticas. Muchas y bien hechas. Toda teoría es inútil y de nada sirve ser un gran erudito, si uno es incapaz de llevar al mundo real todo lo que sabe. Al contrario, no sólo es contraproducente sino peligroso: darse cuenta de que uno tiene las herramientas, la técnica y la oportunidad para ascender a lo más alto del Everest y, en lugar de ello, quedarse tumbado en el sofá contemplando el pico desde lejos, es una de las cosas más frustrantes que le puede suceder a una persona. Sobre todo, si ve que otras personas con las mismas herramientas, técnicas y oportunidades sí aprovechan la ocasión y culminan con éxito la ascensión  mientras ella continúa abandonada de sí misma, rascándose la barriga. "¿Por qué a ellas les regalan el éxito y a mí no, si yo soy igual de sabio?", se empieza a plantear con resentimiento..., y equivocando la pregunta, ya que el verbo correcto en este caso no es regalar. Lo cierto es que cuando aparece ese interrogante, es el comienzo del fin.

De verdad que es preferible no tener piernas, que tenerlas y quedarse sentado sin utilizarlas. Yo he visto a compañeros de la Universidad que, después de haber aprendido cosas importantes, incluso después de haber conseguido cosas importantes, la abandonaban airados blasfemando contra todo y contra todos porque, pese a su trabajo, el poder del Sueño es enorme, mucho mayor de lo que podría imaginar un neófito y, cuando uno se relaja mínimamente, puede acabar atrapado entre sus garras con una facilidad espantosa. El ánima de algunos estudiantes (de aquéllos que han conocido la enseñanza de nuestra particular Universidad y la han abandonado víctimas de una siempre inesperada traición a sí mismos) suele entrar entonces en bucle y, para su desgracia, puede vivir hasta el final de sus días repitiéndose las mismas cosas sin sentido. Igual que un disco rayado, o que un planeta fallido que jamás llega a superar la fase de mera pieza de roca vagando en una órbita tan extravagante como estéril.

Suena un poco duro, como si uno no pudiera permitirse algún descanso de vez en cuando, pero hay algunos secretos para superarlo. En el fondo, todo consiste en adquirir ciertos hábitos beneficiosos para el estudiante y en general ajenos al mono sapiens, aunque formalmente puedan parecerse a sus costumbres. Es largo de explicar, si bien podríamos resumirlo comparándolo con esa "tensión tranquila" que practican los gatos: en apariencia completamente relajados y en la práctica en alerta permanente. Sin conceder ni un solo esfuerzo más allá del necesario pero dispuestos a saltar en todo momento: de cero a cien en medio segundo. Todo aquél que conviva o haya convivido con un felino sabrá a lo que me refiero. Yo lo veo cada día a todas horas con Mac Namara. Cuando una compañera de clase preguntó al propio Darío cuándo descansaba él, contestó con un concepto elegante a la par que conmovedor: "Entre latido y latido de mi corazón".

Darío enfermó hace unos meses. Era grave, por supuesto. Cuando una persona con determinados poderes enferma, a la fuerza tiene que ser una cuestión de vida o muerte. Si no, no se toma la molestia de padecer ningún mal. Como es lógico, todos los estudiantes nos ofrecimos de inmediato para transmitirle nuestras mejores energías y deseos de salud y fortaleza. Sin embargo, una noche vino a verme y me explicó que, en mi caso, no quería esa aportación, aunque la agradecía igualmente. "Prefiero que me envíes buen humor y alegría, que a ti te sobran", me explicó con un aire divertido, como si no estuviera al borde del precipicio. Ante mi perplejidad, argumentó que ya tenía muchos y muy buenos regalos de poder, pero que echaba de menos más cantidad de lo que me estaba pidiendo.

"En este camino nuestro, en la vida misma incluso de la persona corriente, esos dones son oro puro", continuó con tono afable mientras al mismo tiempo practicaba unas extrañas piruetas, "porque la fuerza se puede desarrollar con relativa facilidad: sólo se necesita hacer músculo. Y lo mismo sucede con la fuerza de voluntad y la fuerza espiritual, aunque en ese caso hay que echar mano de otro tipo de músculos, no sólo los físicos. Pero el contento interior, el alborozo, la capacidad de reírse del 'éxito' y del 'fracaso' a la vez, la alegría, el gozo sincero y satisfecho que todo lo relativiza, el humor relajado, eso que los franceses llaman 'joie de vivre'..., es mucho más raro, cuando nace de lo profundo y no desde la frivolidad. Y, sin embargo, es absolutamente imprescindible para enfrentar la existencia. Nuestro planeta también necesita, hoy más que nunca, risas. La risa sana es una expresión del amor y éste es la fuerza más poderosa del Universo, aunque suene tópico. De hecho, es la única que puede derrotar la creciente fuerza de las sombras. Los antiguos decían 'Ordo ob Chaos'. El Orden se consigue con amor y no es extraño que 'amor' y 'humor' sean palabras tan similares. El mundo necesita risas. Dale todas las que puedas."

Fue la última vez que hablé con él. Pocos días más tarde, a primeros de febrero  -y coincidiendo con Imbolc, la festividad de purificación, de regreso al vientre de la Madre- nos llegó la noticia de que el Gran Thoth había firmado su traslado definitivo -no sé si llegó a acompañarle personalmente, pero no me extrañaría- desde la cátedra de la Universidad de Dios donde había pasado el último medio siglo impartiendo clase hasta no sé qué despacho de control de calidad espiritual que comparte ahora con Confucio, Gurdjieff y otros grandes maestros con los que, por cierto, se llevaba muy bien. Doy fe porque le vi más de una vez bromeando con ellos en la cafetería, en los descansos lectivos.

He intentado seguir sus instrucciones desde entonces. Reír mucho y transmitir esa alegría al mundo. Poner así mi granito de arena (es sólo un granito, pero muchos granitos pueden terminar construyendo una playa). A veces al recordarle se me salta alguna lágrima, pero creo que es porque me río demasiado.

Querido Darío: no es un adiós, es un hasta pronto.









viernes, 9 de febrero de 2018

La manzana del Edén

La serpiente era la bestia más astuta entre todas las creadas por Dios el Señor. Por ello, Satanás decidió asumir su forma con el objetivo de tentar a Eva y conducir al ser humano a su caída.

- ¿Cómo es que Adán y tú no coméis de los frutos de los árboles en el jardín del Edén? -le preguntó a la mujer.

- En verdad podemos alimentarnos del fruto de cualquier árbol que decidamos -contestó ella-, menos del manzano sagrado que se encuentra justo en medio del Edén. Dios nos advirtió de que no debíamos siquiera tocar sus manzanas porque, si lo hacemos, seremos expulsados del jardín.

La serpiente se rió sacudiendo su cabeza y contestó:

- Eso no es cierto. Dios os engaña. Él sabe muy bien que si coméis ese fruto lo que pasará en realidad es que adquiriréis sabiduría y podréis conocer todas las cosas del mundo y juzgar lo que es bueno y lo que es malo para vosotros. Y seréis como dioses.

La mujer dudó y Satanás continuó seduciéndola, hablándole de las maravillas que podrían llegar a comprender ella y Adán si comían de aquel árbol tan especial. 

- El entendimiento que os concederá la manzana os pondrá al mismo nivel de Dios, por lo que no se atreverá a castigaros -insistió.

Eva no aguantó mucho tiempo la palabrería de la serpiente. A simple vista se veía que aquellos frutos no eran como los de los otros árboles del jardín. Su color era intenso y su brillo, mágico. Por cierto que su gusto debía de ser muy sabroso, pensó, además de los beneficios que tendría para ella y su esposo el hecho de comerlos. Al fin, no pudo resistir más, cortó una manzana y se la comió. Luego, le llevó otra a Adán y éste, ingenuamente, también se alimentó con ella.

Al momento, ambos abrieron los ojos y adquirieron conocimiento. Y se dieron cuenta de que estaban desnudos. Y, cuando Dios apareció, se ocultaron de su presencia, pero les encontró y les preguntó lo que había sucedido. Ellos confesaron lo que habían hecho y fueron expulsados del jardín del Edén. Dios el Señor dijo, y esto fue ley:

- A partir de hoy, la tierra toda quedará bajo una maldición por vuestra culpa. El verano y el invierno se alternarán y ya no habrá más eternas primaveras. Tendréis que trabajar duramente para sobrevivir y ganar el pan con el sudor de la frente. Sufriréis dolor para tener descendencia. Y moriréis. Volveréis a la tierra con la que fuisteis formados, porque tierra sois y en tierra os convertiréis.

Luego, ordenó a sus ángeles que instalaran una contraseña inviolable para impedir que nadie más volviera a acceder al jardín del Edén. Y, aunque la contraseña era fácil (espadadefuego todo junto y en minúsculas, sin ningún número ni signo que dificultara su deducción), ningún ser humano conseguiría descifrarla jamás, pues tal fue su voluntad.

Satanás reía, mordisqueando su Apple. Digo..., su manzana del Edén.

Y los humanos se regodearon en su desnudez y empezaron a exigirse unos a otros enviarse fotos de su nuevo estado gracias a las redes sociales creadas con sus Apples. Send nudes, decían.

Y así fue la caída del hombre. Y la entropía se apoderó del mundo.

viernes, 2 de febrero de 2018

Gases

La mentira y la hipocresía han acompañado al mono sapiens (sí, está bien escrito, he decidido cambiar lo de homo por mono definitivamente, teniendo en cuenta los niveles de salvajismo moral -y del otro- a nuestro alrededor) desde tiempos inmemoriales, pero en estos apasionantes días del Kaly Yuga que vivimos ahora mismo multiplican su presencia y su potencia hasta límites insospechados. Cada vez se miente más y cada vez los engaños son de mayor calibre. ¡Y cada vez menos gente se da cuenta de ello! Es cierto que aumenta el número de personas que se sienten incómodas porque intuyen que están sucediendo cosas "raras" y que nadie les está contando la verdad, incluso podría ser que se esté incrementando el de las personas que están empezando a descubrir cómo funciona todo esto... Pero, como también aumenta -y aumenta más, proporcionalmente- el de las personas dormidas que actúan como simples engranajes mecánicos del sistema, la verdad es que el porcentaje real de humanos con capacidad de abrir los ojos no sólo no crece sino que disminuye (o al menos ésa es mi impresión personal, pero de eso va un blog: de impresiones personales). 

Este hiperdesarrollo de los embustes y las falacias en muchos campos de la experiencia diaria es muy fácil de comprobar con un simple vistazo a las publicaciones en redes sociales -donde cada vez es más fácil encontrar el rebuzno de un indocumentado que la opinión sólida de quien habla con conocimiento de causa, y no digamos una noticia- o con un somero análisis con criterio de las informaciones con que nos machacan regularmente los grandes medios de comunicación (nunca agradeceré lo bastante a los dioses el hecho de que durante esta vida me hayan dado la oportunidad de trabajar como periodista, para poder así comparar los dos lados del teatrillo: lo que el público ve desde sus butacas y cree honestamente que está sucediendo y lo que está pasando en realidad y que sólo puede apreciarse entre bambalinas).

Un ejemplo de cómo los decorados no tienen mucho que ver con lo que hay detrás de ellos es el de las grandes marcas. Me refiero a las que tienen muchos años de recorrido y por tanto son materia de examen a cierta profundidad, porque se puede comparar cómo funcionaban en un principio y cómo funcionan ahora y, de esta manera, llegar a conclusiones verídicas de acuerdo con aquel viejo refrán de una cosa es predicar y otra dar trigo. Un ejemplo fácil: Disney. Nunca he ocultado mi admiración por Walt Disney, un hombre del que ya hemos comentado algo en esta bitácora y en el que, cuando se profundiza un poco en su vida, resulta ser más misterioso de lo que en un primer momento pareciera. En su momento hizo un gran trabajo, no ya de entretenimiento puro y duro -que también- sino de formación moral e incluso espiritual de la sociedad -sobre todo en el inconsciente, puesto que el nivel es el que es- en la que vivió y trabajó. Su arma fue el cine de animación. A través de una serie de películas "para niños" consiguió recuperar y modernizar la tradición oral de ciertos cuentos "de hadas", transmitiendo con extraordinaria calidez y habilidad su enseñanza oculta. Ahí están para demostrarlo largometrajes como Blancanieves y los siete enanitos, La Bella Durmiente, Pinocho, La Cenicienta o Mary Poppins. Esas cinco obras (todas ellas de obligado visionado para los exámenes de ingreso en el primer curso de la Universidad de Dios) contienen, bajo una inocente factura infantil y siempre que uno sea capaz de ir pelando las distintas capas de cebolla, bastante más sabiduría que el 99 % de las películas infantiles rodadas desde entonces. 

La muerte de Disney fue una verdadera tragedia para la cultura real, pues su empresa cayó en manos de vulgares marionetas de los Amos, como les llama MacNamara, que no sólo lograron transformar una empresa maravillosa en una fábrica de ganar dinero sino que además la convirtieron en una de sus armas principales para transmitir eficazmente la tiranía ideológica bajo la cual han crecido -y siguen haciéndolo- las últimas y desorientadas generaciones de niños y jóvenes occidentales. Desde la desaparición de su fundador, esta compañía sólo ha conseguido producir una película de categoría extraordinaria, similar al quinteto ya citado: La Bella y la Bestia (la versión de dibujos animados de 1991, no la "humanizada" de 2017, que resulta francamente prescindible, aunque a primera vista parezca ser la misma), si bien es justo reconocer algunos detalles interesantes en su participada Pixar (especialmente en Los increíbles, Up, Coco y la maravillosamente gnóstica Brave). La mejor prueba de la buena labor que hizo Walt con sus películas es la campaña de ataques contra su persona que ha sufrido durante los últimos años, en la cual los neoinquisidores que hoy proliferan como chinches le han acusado de casi todo: simpatizante del fascismo, ladrón de ideas, neocolonialista, agente del FBI, cazador de "brujas" comunistas, explotador de trabajadores, masón, machista heteropatriarcal y no sé cuántas cosas más. Antes, los ladridos identificaban a los criminales que intentaban violar los hogares privados pero, en nuestro mundo al revés, a menudo sucede lo contrario: una campaña de protestas puede señalar a alguien que está haciendo lo que debe hacerse y por ello es preciso desautorizarle, desprestigiarle y finalmente eliminarle (en cualquier acepción que pueda tener esta última palabra). El caso es que lo que hoy llamamos Disney poco tiene que ver con el Disney original, aunque muchos "expertos" traten de convencernos de que sí. 

Otro ejemplo de marca desvalorizada y destruida es Volkswagen. El coche-para-el-pueblo, que es lo que significa este nombre en alemán, nació en la época del Tercer Reich por orden directa de Adolf Hitler, que mandó organizar un concurso público destinado a empresarios del automóvil para construir un vehículo que debía reunir tres condiciones: ser fiable, sencillo y barato. El objetivo era que el mayor número posible de ciudadanos alemanes pudiera adquirir uno de estos coches para moverse a su aire y así impulsar la industria y el empleo nacionales, además de proyectar una expansión internacional y competir con anglosajones y franceses. Ferdinand Porsche ganó ese concurso y diseñó el famoso Escarabajo, cuyos planos originales fueron modificados por el propio Führer quien modernizó los faros y le dio un aire más deportivo aplicando una varilla lateral. La idea era edificar toda una ciudad al lado de la macrofábrica encargada de la construcción de los coches para alojar allí a sus trabajadores y sus familias. Del apoyo popular de que gozó este proyecto da idea la concentración de más de 70.000 personas en la ceremonia de inauguración en la que Hitler pudo probar personalmente uno de estos vehículos descapotables conducido por el mismo Porsche a finales de mayo de 1938, como se aprecia en la foto adjunta. Pero..., vino la guerra y el sueño de los ciudadanos motorizados se fue al traste. O, mejor dicho, se retrasó hasta después del conflicto porque lo cierto es que el Escarabajo se convirtió en el coche de moda a partir de los años 50 y, con el tiempo, en un auténtico icono de la industria automovilística, especialmente de la alemana, que adquirió así fama de calidad, seguridad y eficiencia.

Durante decenios, Volkswagen fue sinónimo de buen hacer, una marca de confianza donde las hubiera. Sin embargo, y al igual que sucedió con Disney, los nuevos tiempos trajeron nuevos gestores para los que lo importante dejó de ser el producto en sí y, todavía menos, la satisfacción de los compradores..., para pasar a ser el beneficio económico y poco más. Y así estalló en septiembre de 2015 el llamado "dieselgate", cuando funcionarios de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos descubrieron que los directivos de la empresa automovilística habían dado el visto bueno a la instalación de un software ilegal en algunos de sus vehículos diesel -más de 11 millones vendidos durante seis años, nada menos- para ocultar que sus emisiones del contaminante NOx -óxido de nitrógeno- superaban ampliamente lo permitido por las autoridades medioambientales: hasta 40 veces más que la cantidad legal. Con el tiempo, se ha sabido que el entonces presidente -tuvo que dimitir a raíz de este escándalo- de Volkswagen, Martin Winterkorn, y el director ejecutivo de la empresa en EE.UU., Michael Horn, conocían la investigación a la que estaba siendo sometida la compañía desde al menos mayo de 2014. Este escándalo generó pérdidas millonarias en concepto de multas, indemnizaciones y pérdidas bursátiles, además de, aún peor, en prestigio. Un duro golpe para una marca tan segura de sí misma que, hasta poco antes de que se conociera este fraude, se permitía hacer unas campañas publicitarias con el eslógan: ¿Te gusta conducir? en las que no aparecían imágenes de sus coches, porque no hacía falta... Se suponía que eran tan extraordinarios que no hacía falta enseñarlos en la publicidad. "Codicia y ambición" son, textualmente según una de las demandas colectivas por fraude, incumplimiento de contrato, publicidad engañosa y competencia desleal presentadas contra la marca en la localidad norteamericana de San Francisco, los factores que condujeron al "crimen corporativo más descarado de la historia". 

Pero resulta que hay más. Estos días hemos conocido que poco después de que estallara el escándalo del trucaje de los motores diesel, en otoño de 2015, uno de los directivos de Volkswagen condujo personalmente uno de los coches de la marca al laboratorio del Lovelace Biomedical de la localidad norteamericana de Albuquerque. Allí se utilizarían diez monos, que serían directamente expuestos a los gases del vehículo, para demostrar que sus efectos no eran tan nocivos como se suponía. Siendo este acción bastante denigrante, por decirlo con cierta fineza -entre otras cosas, porque existen ya numerosos estudios que demuestran los problemas derivados del NO2 sin necesidad de seguir gaseando primates alegremente-, uno de los diarios más importantes de Alemania, el Süddeutsche Zeitung, ha revelado que un experimento similar se llevó a cabo en Europa, bajo la supervisión de la Asociación Europea de Estudios sobre la Salud y el Medio Ambiente en el Transporte -una entidad creada por Volkswagen, al alimón con Daimler y BMW-. La diferencia es que en este segundo caso se utilizaron mono sapiens. O sea, seres humanos. 25 en concreto fueron sometidos a la inhalación de NO2 durante varias horas en distintas concentraciones en un laboratorio de la Clínica Universitaria de Aachen. Es un hecho confirmado por Thomas Kraus, director de esta asociación europea, quien añadió que el estudio se publicó en 2016 aunque se consideró que el resultado no podía extrapolarse a toda la población porque el aire tiene más contaminantes que el dióxido de nitrógeno...

Lógicamente, medio gobierno alemán se echó encima de los responsables de Volkswagen, algunos de los cuales han intentado saltar del barco antes de que se hunda. Es el caso del austríaco Hans Dieter Pötsch, presidente del llamado Consejo de Vigilancia de la marca (en la foto aquí al lado), que se apresuraba a declarar que en nombre del conjunto del susodicho consejo "me distancio con total determinación de este tipo de prácticas", porque estos experimentos "no son de ningún modo comprensibles". Una reacción absolutamente infantil. De hecho, como la de ese niño mayor que vigila a su hermano pequeño y, cuando éste rompe un plato y la madre viene a pedir explicaciones, contesta que no ha tenido nada que ver y que le parece muy mal lo que ha hecho su hermano. Se distancia de unas práctica incomprensibles, dice, pero no las impidió..., si es que estaba cumpliendo su labor, que era vigilar, porque también es posible que estuviera mirando para otro lado... 

Como suele suceder en estos casos, todo se ha resuelto con un "pedimos disculpas" y un "tomaremos las medidas para que no vuelva a pasar" -hasta que vuelva a pasar claro-. No creo que el tema vaya mucho más allá ni que caigan demasiadas cabezas, pese a todo. Como decía al principio de este artículo, el número de personas dormidas es muy superior al de despiertas y, a pesar del alboroto que se ha montado durante unos días con estos ignominiosos experimentos, es cuestión de muy poco tiempo que caigan en el olvido absoluto, sepultados por la avalancha de nuevos escándalos -siempre hay más de uno esperando en la recámara, cuando el anterior ha cumplido su función- y por nuevas campañas de publicidad de la marca -a la fuerza, menos soberbias que las anteriores- (entre paréntesis, me pregunto si realmente VW es la única gran empresa automovilística que ha falseado esos parámetros o hay otras que están haciendo lo mismo y no se sabe -o no se quiere saber, por determinados intereses- si lo están haciendo).

Una muestra del nivel de sueño que alcanza la sociedad fue la lectura de comentarios de lectores en los diarios digitales que publicaron la noticia de los experimentos con gases, monos y monos sapiens, con el tópico: "ya se sabe, los alemanes y los gaseamientos, lo llevan en el ADN..." y otras estupideces semejantes, animadas además por el origen de Volkswagen, ya explicado un poco más arriba, Pero la verdad es que los experimentos con seres humanos no son patrimonio de los regímenes autoritarios (por cierto, cuántas barbaridades "médicas" se llevaron a cabo en la URSS en la misma época en la que Alemania se llenaba de "doctores locos" de bata blanca y cuánta información no se ha publicado todavía sobre ello..., porque ya sabemos que el comunismo es un sistema político seráfico que no ha sido "bien llevado a la práctica real" como dicen algunas oscuras luminarias que se tienen por grandes líderes políticos contemporáneos). Ni siquiera son un recuerdo lejano de los años 30 en el siglo XX. Ni mucho menos.

En otra parte hemos hablado de los más de 5.500 ciudadanos guatemaltecos, incluyendo niños muy pequeños y también soldados, con los que experimentó Estados Unidos entre 1946 y 1948 -sin que ellos lo supieran- sometiéndoles a distintos tratamientos e incluso infectándolos directamente para ver cómo progresaban las enfermedades en ellos. O del experimento de Tuskegee (Alabama), en el que el Servicio Público de Salud norteamericano trató al menos a 600 trabajadores del campo negros, suministrándoles placebos durante su infección de gonorrea, para estudiar cómo progresaba la enfermedad. Algo hemos hablado también de los chemtrails, ese fenómeno tan real que puede ser comprobado por uno mismo simplemente levantando la vista al cielo, pese a que oficialmente no existen. Pero hay mucho más.

Por ejemplo, en 1997 se reveló que Suecia -ese país tan moderno- había esterilizado a 230.000 personas entre 1935 y 1996 por "razones de higiene social y racial", con su consentimiento o sin él, según la comisión investigadora del caso. Y todo legalmente, con normas aprobadas por unanimidad en el Riksdag o parlamento sueco. "Claro, es que los suecos son primos hermanos de los alemanes y por tanto les va esto de esterilizar a la gente que no les gusta", se oye una vocecita al fondo de la sala. Pero..., mala suerte para el consumidor de tópicos porque en los últimos años varias investigaciones periodísticas han destapado que algo parecido ocurrió también en Francia, Suiza, Dinamarca, Finlandia, Austria, Canadá y (otra vez por aquí) Estados Unidos. Otros países democráticos y desarrollados no esterilizaron a nadie a esta escala, pero no por ello dejaron de experimentar ilegalmente con su propia población: ésa que se supone tenían que proteger. Por ejemplo, más de un millón de ciudadanos británicos sirvieron de cobayas -no pocos murieron o sufrieron graves secuelas- en operaciones secretas impulsadas por el gobierno y el ejército del Reino Unido (más de 750 operaciones entre 1953 y 1964, según una investigación de la universidad de Kent, aunque un informe oficial publicado en 2015 hablaba de un centenar más de pruebas que habrían durado al menos hasta 1979), oficialmente para evaluar lo que sucedería en caso de ataques químicos o biológicos sobre su territorio. 

Entre esas acciones figura desde el desparrame de 4.700 kilogramos de zinc y sulfuro de cadmio desde aviones y otros vehículos en zonas como las áreas residenciales de varias ciudades hasta la dispersión en el metro de Londres de la bacteria Bacillus globigii (en la foto se ve la cajita en la que se transportó al metro las esporas de este agente contaminante) pasando por la administración de todo tipo de sustancias peligrosas -ántrax, gas sarín, ácido lisérgico, mescalina, fosgeno...- a más de 21.000 militares a los que se les dijo que estaban participando en ensayos de medicamentos y se les dio una pequeña recompensa económica "por las molestias". Una de las coberturas utilizadas por los científicos locos británicos para justificar sus actividades si es que alguien preguntaba demasiado era explicar que lo que hacían formaba parte de "proyectos de investigación sobre el clima y la contaminación atmosférica". Vaya, vaya... 

Sue Ellison es una portavoz de Porton Down, la considerada como instalación militar secreta más importante del Reino Unido y donde se prepararon muchos de esos experimentos antes citados en los que el gobierno británico usó a sus propios ciudadanos como conejillos de indias (hoy sabemos que experimentaban con seres humanos al menos desde 1917). Al conocerse recientemente sus peculiares actividades, argumentó que informes "independientes" realizados por científicos "eminentes" habían demostrado que nunca hubo peligro para la salud pública en sus experimentos. Una opinión que obviamente no comparten los familiares y amigos de algunas de sus presuntas víctimas, que exigen una investigación pública que probablemente no  llegará nunca. Pero más interesante fue su respuesta cuando le preguntaron si ese tipo de pruebas aún se están llevando a cabo. Contestó: "No es nuestra política hablar sobre las investigaciones en curso". 

Ahora, seguid haciendo películas sobre lo malos que eran algunos en los años 30, seguid con los ojos cerrados respecto a lo que han hecho los buenos en la misma época -y posteriormente- durante muchos más años en el tiempo. Y no tratéis de imaginar lo que estarán haciendo en este mismo momento con nosotros.