Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Sangre negra

Uno de los primeros recuerdos que conservo de cuando era pequeñito y tenía poquita voz (como diría la Gran Matriarca Ojos de Hielo) y empezaba a interesarme por el entorno de este planeta -al que habían vuelto a enviarme por enésima vez debido a ciertas travesuras juveniles cometidas mucho tiempo atrás en el sistema de Aldebarán- es un libro de los que antes se llamaban "de Ciencias Naturales" en el que leí la primera explicación acerca del origen del petróleo. En el libro había varias ilustraciones que representaban el mismo lugar en distintas épocas históricas. E incluso prehistóricas, porque el primer dibujo mostraba a varios dinosaurios en una de esas selvas lujuriosas y pantanosas con las que se asocian sistemáticamente en el imaginario popular. El siguiente mostraba a los mismos dinosaurios muertos, hundiéndose en el pantano. Los demás explicaban que, a medida que los cuerpos de las grandes bestias se iban descomponiendo, se convertían en petróleo. El último dibujo mostraba una inmensa mancha negra, una bolsa de crudo, ubicada bajo tierra porque el antaño selvático y pantanoso paisaje había sido cubierto por sucesivas capas de sedimento y en la capa de la superficie había gente caminando y alguna casa con dos o tres árboles.

"Caramba", recuerdo que pensé para mí, "cuántos dinosaurios tuvo que haber en la antigüedad para que ahora podamos usar tanto petróleo, con la cantidad de coches que hay en el mundo." Esto pensaba, con total inocencia, en una época en la que había muchos menos coches que hoy y se usaba mucho menos petróleo que hoy. Y no sólo para convertirlo en gasolina o gasóleo sino en un montón de productos (asfalto, aceites lubricantes, gases licuados como el butano..., y plásticos, muchos plásticos) que la mayoría de la gente no se para a pensar que tienen el mismo origen que ese líquido oscuro, viscoso y maloliente por el que tantas guerras se ha librado y tanta sangre se ha derramado en los últimos ciento y pico años.

Hoy las definiciones científicas del petróleo son bastante más amplias que la de aquella vieja lectura y ya no se achaca el origen del petróleo exclusivamente a los restos de los dinosaurios. Está oficialmente descrito como un líquido bituminoso de origen natural compuesto a partir de distintas sustancias orgánicas (o sea, no sólo de sesos de Tiranosaurio desechos, como me imaginaba siendo niño) en una mezcla compleja cuyos procesos químicos de transformación no están del todo claros. Las reservas que podemos explotar son las más próximas a la superficie: grandes cantidades de crudo contenidas dentro de "trampas geológicas", como inmensos lagos subterráneos que contienen este preciado elemento para el desarrollo de nuestra actual civilización. Sin embargo, en realidad el origen del crudo está por aclarar, como tantas otras verdades que se toman como tal por defecto, debido a que una mayoría de técnicos están de acuerdo en la definición aunque no exista una confirmación inapelable al respecto. Pero, ¿y si el llamado oro negro no es exactamente lo que nos dicen?

Por cierto, el mismo libro donde aparecían los dibujos de dinosaurios-transmutados-en-petróleo también incluía una siniestra profecía acerca de las reservas disponibles. Según su advertencia, para el año 2.000 se habrían consumido por completo o estarían en vías de agotamiento sin solución y el mundo se enfrentaría a una crisis sin precedentes ante la necesidad de seguir consumiendo energía, cada vez en mayores cantidades -ahí si acertó-, y la imposibilidad de disponer de más crudo. O se encontraba alguna energía alternativa con rapidez o nos esperaba un futuro apocalíptico. Cuando leí esto por vez primera faltaban unos 30 años para terminar el milenio. Luego lo he vuelto a leer muchas más veces, pero los sucesivos profetas han ido chutando el balón hacia delante (es curioso, pero ha pasado algo parecido con la "conquista" de Marte: dijeron que los astronautas llegarían al Planeta Rojo antes del 2000 y luego lo han ido retrasando, con planes cada vez "mejor diseñados" pero que lo único que han hecho ha sido ir retrasando la fecha "probable" diez o veinte años más adelante, sin que el viaje termine de llegar). Hace unos días, por ejemplo, un experto como tantos otros decía que, como mucho, teníamos reservas hasta 2.050 y que seguramente ya habíamos pasado el peak oil (pico petrolero), un concepto que se ha puesto muy de moda en los últimos años y que hace referencia al punto de máxima extracción a precios competitivos. Se supone que, una vez superado ese pico, la curva de consumo petrolero comenzará a descender porque cada vez habrá menos bolsas petroleras que explotar y será más difícil y menos rentable hacerlo, por su profundidad o por su calidad o por ambas cosas.

Bueno, el caso es que, a día de hoy, viernes 8 de diciembre de 2017, el precio del barril de petróleo de las dos variedades de referencia en Occidente está en torno a los 60 dólares -a 62,58 el Brent al cierre del mercado de Londres y a 57,07 el WTI al cierre del de Nueva York-, en una tendencia alcista que según los que dicen saber de estas cosas es preocupante. ¡Eh! ¿Ya nadie se acuerda de que hace tres años el precio del barril superaba con holgura los 100 dólares? En julio de 2008 ¡llegó a los 145 dólares por barril! En aquella época, se dijo que ese precio se debía a "tensiones internacionales" (que es uno de esos argumentos que los oscuros analistas internacionales utilizan para todo, igual que, cuando los arqueólogos encuentran un objeto de una antigua civilización que no cuadra mucho con lo que se sabe de ella, suelen recurrir a la explicación de "seguramente es una pieza ceremonial") y algunos citaron los problemas en Nigeria o Paquistán, el mayor consumo de energía en China e India o la debilidad del dólar. 

Hoy día hay bastantes más problemas que los de Nigeria o Paquistán (otro día hablamos de cómo se están poniendo las cosas en Oriente Medio, por ejemplo), China e India consumen más todavía que hace un decenio y el dólar tiene menos credibilidad como moneda que nunca (menos en las películas de atracos de Hollywood, donde nunca veremos complejas operaciones para conseguir enormes botines en euros, yenes o incluso bitcoins). Y además han pasado diez años. A pesar de eso, un bien que se supone es tan escaso y está en vías de agotamiento como es el petróleo no sólo no tiene un precio más elevado sino que es algo más de un 50 % más barato. ¿Qué está sucediendo aquí?

Las explicaciones más comunes hablan de una combinación de tecnología y otras energías. En cuanto a la primera, hoy disponemos de tecnologías muy superiores a las utilizadas durante todo el siglo XX que nos permiten, primero, localizar antes y mejor las grandes bolsas de reservas petroleras (y aumentar así las previsiones de las susodichas reservas); segundo, extraer y transportar de forma más rápida y eficiente el crudo de esas bolsas; tercero, optimizar la rentabilidad de ese producto a la hora de refinarlo y utilizarlo con distintos objetivos. En cuanto a la segunda, en estos últimos años no sólo han mejorado las expectativas de la industria petrolera sino de otras industrias energéticas que pueden competir ya en muchos casos con éxito: desde la electricidad, cada vez más presente en todas partes, hasta (¡por fin!) las renovables, que han crecido en Europa en los últimos años (y podrían haber crecido mucho más si los mismos gobiernos europeos que dicen ser tan ecologistas no estuvieran integrados por algunos personajes dispuestos a venderse a los intereses de las grandes multinacionales y boicotearan su desarrollo, porque las renovables podrían poner mucha energía barata al alcance de todo el mundo, lo cual no interesa a quienes controlan los mercados internacionales). 

Hay en la actualidad distintas investigaciones en marcha para conseguir energías limpias y baratas, constantemente saboteadas para no salir adelante porque conseguirían que la energía dejara de ser un arma para controlar el planeta. Por ejemplo, el motor de agua. La fórmula del agua es H20 porque cada molécula del líquido elemento contiene dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno. ¿Hay algo más sencillo que diseñar un motor que descomponga esos átomos y permita usar el hidrógeno como combustible y expulsar el oxígeno como residuo (de manera que, además, se conseguiría aire más limpio cuanto más se utilizara)? De hecho, no; como han demostrado distintos inventores que a lo largo de los últimos años han desarrollado esta idea e incluso la han llegado a presentar públicamente, pero ninguno ha conseguido que la industria la llevara a la práctica en la vida real. Particularmente, conozco el caso de un señor de Madrid que, al menos hasta hace muy poco, seguía utilizando su propio coche (que había utilizado como prototipo) con un motor de agua, sin consumir absolutamente ninguna gasolina. No podía alcanzar velocidades de Fórmula 1, pero para ir a 80 ó 90 kilómetros por hora ya le daba. Este hombre vendió su idea registrada a una conocida marca petrolera que le pagó mucho dinero..., para guardarla en un cajón, donde continúa bajo llave.

Hay también diversos estudios para conseguir petróleo sintético. La mayor parte del combustible que utilizó Alemania durante la Segunda Guerra Mundial era sintético, conseguido a partir de carbón hidrogenado. Y entre los experimentos en marcha en los últimos años tenemos, precisamente en España, el llamado petróleo azul, a base de algas y dióxido de carbono.

Pero vayamos un paso más allá: ¿y si el petróleo no fuera una energía fósil? ¿Y si no estuviera compuesto realmente de materia orgánica? ¿Y si fuera un recurso, no inagotable (porque nada lo es en el mundo material) sino mucho más grande de lo que nos imaginamos? En 2o14, un geólogo y periodista finlandés llamado Konstantin Ranks habló de esta posibilidad, a partir de los estudios de varios científicos americanos y rusos. De ellos sacaba la conclusión de que existe una capa de agua sobrecalentada y vapor bajo la corteza terrestre, que contendría más líquido que todos los océanos y mares en la superficie de la Tierra y que explicaría tanto el movimiento de las placas tectónicas como el de las erupciones volcánicas. La versión formal que hoy se maneja sobre lo que hay en el interior del planeta no contempla algo similar, pero ya hemos comentado por aquí en más de una ocasión acerca de lo poco que se sabe (decir que sabemos poco es decir que sabemos algo) sobre la composición del interior de la Tierra, que sigue siendo, a pesar de las teorías formales en boga, un misterio. 

Ranks se basaba en las trazas de ringwoodita (un mineral de nombre exótico, descubierto por primera vez en 1969 dentro de un meteorito -el Tenham- y que puede encontrarse vinculado con otros minerales como el vidrio de silicato de magnesio; de hecho, se trata de un nesosilicato como el topacio o el circón, del grupo del olivino) descubiertas por unos científicos canadienses de la universidad de Alberta en un diamante encontrado en Brasil en 2008. El diamante procedía del interior de un volcán brasileño y, según los  investigadores, había sido generado a una profundidad original de 643 kilómetros. Aún así, los restos de ringwoodita del diamante contenían una cantidad llamativa de agua. ¿Cómo era posible? Un trabajo publicado en 2014 Science por el equipo del geólogo e investigador Gonzalo Preto, con personal de las universidades de Northwestern y Nuevo México, llegaba a la conclusión de que el manto terrestre poseía enormes cantidades de este material y que éste resultaba imprescindible para el ciclo del agua en la Tierra. En su opinión, actúa como una especie de esponja para contener agua en forma química, lo que unido al hecho de que es muy abundante en los meteoritos, le entronca con la teoría, que ha venido cobrando fuerza en los últimos años, de que el agua llegó a nuestro planeta a bordo de estos mensajeros del espacio.

Científicos del Instituto Siberiano de Geología y Mineralogía encontraron también huellas de petróleo, no sólo de ringwoodita, en varios diamantes. Sumando ambos hechos, Ranks llegaba a la conclusión de que el verdadero origen del petróleo es..., inorgánico.  Se formaría a partir de procesos químicos naturales que se producen a altísimas temperaturas y presiones en el interior del planeta. Y lo haría constantemente, para aflorar poco a poco hacia las regiones superiores, más próximas a la superficie terrestre. Esta visión del crudo es muy diferente de la que tenemos actualmente: un producto almacenado en cantidades concretas y embolsadas en puntos determinados que, una vez consumido, quedaría agotado. En opinión de Ranks, estaríamos ante un recurso inagotable, siempre que fuera gestionado con cabeza, sin sobreexplotación ni derroche.

¿Y si el petróleo fuera la sangre de la Tierra?










viernes, 1 de diciembre de 2017

Gudaris en Guadalcanal

No deja de asombrarme que el homo sapiens común considere la Historia como una materia aburrida y que sólo sea capaz de acercarse a ella a través de ficciones más o menos elaboradas en forma de novelas de aventuras o, más corrientemente, de películas y teleseries donde el escenario histórico sirve de mera ambientación a una relación romántica y/o pasional con los consabidos clichés del folletín adaptados a cada época. ¡Pero si hay pocas cosas más apasionantes que el estudio de la vida de nuestros antepasados, que en el fondo  (y en la forma, para los que somos inmortales) es también la nuestra! Y, por cierto, también hay pocas cosas más divertidas que desmontar los cuentos que sobre ellos nos inventamos...

Un ejemplo, entre otros muchos. Hace pocos años, una gran mayoría de medios de comunicación españoles -especialmente, los vascos- se hicieron eco de una curiosa historia que contenía el libro Los españoles en la Guerra del Pacífico sobre la presencia española en este frente durante la Segunda Guerra Mundial. No era nueva, pero se puso otra vez de moda al ser rescatada por este texto, según el cual, el ejército de EE.UU. empleó el euskera junto a varios idiomas de nativos norteamericanos para cifrar sus mensajes en la zona y evitar así que los japoneses pudieran entenderlos en caso de interceptarlos. Los especialistas en la materia (por ejemplo los del Instituto Smithsonian) ya habían documentado desde hacía tiempo que las tropas yankees emplearon las muy minoritarias lenguas (en el caso de algún dialecto, apenas se utilizaba entonces en un puñado de aldeas) de comanches, kiowas, pawnees, hopis o cherokees, entre otras tribus indias, como verdaderos códigos secretos para transmitir informaciones militares secretas por radio. 

Quizás el caso más conocido sea el del idioma navajo, empleado por los marines para la perfecta encriptación de sus mensajes por dos razones principales. En primer lugar, casi nadie lo habla (y en aquella época, aún menos porque a pocas personas les interesaba conservar la herencia cultural nativa, tradicionalmente despreciada y ninguneada en los Estados Unidos, aunque hoy está muy de moda) y, en segundo, como este idioma carece lógicamente de términos contemporáneos para definir el armamento moderno, fue necesario crear un código dentro del código: un metalenguaje. Por ejemplo, un torpedo se describía como "pez con cáscara" y una bomba teledirigida como "huevo volador". Así, los nipones se enfrentaban a un triple reto: primero, interceptar el mensaje. Segundo, traducirlo del navajo. Tercero, averiguar qué diablos significaban exactamente los términos utilizados. Fracasaron en el empeño y, de hecho, las transmisiones les funcionaron tan bien a los militares norteamericanos que, de apenas una treintena de navajos reclutados en mayo de 1942 por el ejército de los Estados Unidos, se pasó a los al menos 400 que estaban en activo al final de la guerra.

 En medio de este panorama, ¿qué pintaba el euskera? ¿Tan incultos eran los militares norteamericanos que pensaban estar ante otro idioma indio?

Por supuesto que no. Según el relato divulgado por la edición mexicana de Euzko Deya (una publicación originalmente vasca y mantenida en América por el gobierno autonómico vasco, entonces en el exilio tras la última guerra civil española), la posibilidad de emplear el euskera como código incomprensible para los japoneses habría surgido gracias al capitán estadounidense Frank D. Carranza, nacido en México pero, aquí está la gracia, de padres vizcaínos. En la misma fecha en la que se estaba reclutando a los navajos (y a otros nativos) para enviarlos al Pacífico, Carranza estaba junto al general Leberfeld, en el cuartel general de la flota norteamericana instalado en San Francisco. Llegaron entonces a la base en torno a medio centenar de jóvenes reclutas procedentes de Idaho, Nevada, Montana, Oregón y la propia California que eran, como él mismo, hijos de vascos emigrados y con conocimientos de pastoreo. Según esta publicación, casi todos "hablaban un mal castellano, un inglés regular y un buen vascuence". Fue entonces cuando a Carranza se le encendió la bombilla y decidió que el euskera podía ser tan bueno o mejor que los idiomas indios para burlar las escuchas japonesas.

Formado y entrenado el equipo a sugerencia del capitán, que tomó a su mando al también capitán Nemesio Aguirre y a los tenientes Fernández Bacaicoa y Juanana, los nuevos responsables de comunicaciones probaron su idioma en distintos ensayos. Finalmente, empezaron a usarlo en serio durante los viajes de los convoyes de carga que navegaban por el Pacífico, de acuerdo a una plantilla en la que se empleaban diversas lenguas: al euskera le tocó los lunes y viernes, mientras que el martes y el jueves era el turno del oswego, el miércoles  se usaba el iroqués, el jueves se hablaba en lakota o sioux y el sábado se empleaba un código especial que no fue revelado. El éxito de esta iniciativa llevó a plantear el empleo del euskera durante la batalla de Guadalcanal y el primer mensaje que se radió durante esta campaña vital para el resultado final del conflicto en este frente fue, el 1 de agosto de 1942: "Egon, arretaz X egunari" que en euskera significa "Atención al día X" en referencia al 7 de agosto, cuando comenzó la ofensiva con el desembarco de los marines en Guadalcanal, Tulagi y Florida, al sur de las islas Salomón.

A partir de ahí, los euskoamericanos transmitieron mucha información ante la desesperación de los nipones, con el propio Carranza desplegado en el asalto. Algunas de las órdenes transmitidas fueron recogidas en la publicación, como por ejemplo "Sagarra eragintza zazpi" ("La Operación Manzana -el desembarco de los marines- empezará a las siete"),"Gabaumba gudari-talde asko 100.000" ("Las tropas japonesas suman 100.000 soldados") y "Hondartzak aurretatu" ("Es imprescindible remontar las playas").

El propio Carranza confirmó la historia, ya teniente coronel, durante una visita a Vitoria en 1952, camino de la ciudad germana de Wiesbaden donde estaban instaladas parte de las tropas de ocupación yankees que desde el final de la Segunda Guerra Mundial mantiene el país de las barras y estrellas en Europa bajo distintas fórmulas de legalidad. El diario Deia, heredero en cierta forma del Euzko Deya, publicó más tarde, en abril de 1979, que el perspicaz Carranza sobrevivió "sin un rasguño" a la batalla de Guadalcanal y posteriormente fue trasladado a Europa, donde combatió también a las tropas alemanas pero..., "acaba de morir atropellado por un coche a la salida de su casa en la Quinta Avenida neoyorquina". Un final a lo Lawrence de Arabia, vaya.

¿No es una historia emocionante? En realidad, lo sería..., si fuera verdad. Existieron los soldados norteamericanos de origen nativo que utilizaron sus idiomas en Guadalcanal y en todo el Pacífico. Existieron los japoneses desesperados por no saber interpretarlos. Existieron algunos militares alistados de orígenes vascos en 1942 aunque ninguno trabajó en comunicaciones. Existió el Euzko Deya y existe el Deia. Lo que no existió fue el batallón especial de transmisores en euskera: ni Carranza, ni Aguirre, ni Fernandez Bacaicoa, ni Juanana, ni ninguno de los demás participó jamás en una unidad de este tipo. Entre otras cosas porque ninguno de ellos existió jamás. Todos son inventados y nadie sabe muy bien por qué, aunque visto desde la distancia todo indica que estamos ante la típica operación de desinformación con fines desconocidos en las que la OSS, posteriormente 
conocida como CIA, siempre ha sido una maestra. Dos investigadores (precisamente vascos), Pedro J. Oiarzabal y Guillermo Tabernilla, han demostrado la falsedad de este cuento en una investigación publicada por la revista digital Saibigain. Ambos examinaron todos los documentos habidos y por haber en los archivos de los servicios de inteligencia y otros de Estados Unidos, el Reino Unido e incluso en la documentación oficial del País Vasco y su conclusión fue que no existía absolutamente ninguna fuente real, primaria, que confirmara esta "hazaña bélica" de la que se viene hablando desde hace más de sesenta años como si de verdad fuera real. En la que mucha gente sigue creyendo ahora mismo y probablemente seguirá haciéndolo en el futuro, hasta que poco a poco se imponga la verdad, si es que se impone más allá de los estudiosos y los eruditos en la materia. Eso de destruir mitos nunca ha sido un oficio popular.

 ¿No es apasionante el tema histórico? O, mejor dicho, de las mentiras históricas. Estoy recordando ahora que hace ya unos cuantos años, creo que en los inicios de esta bitácora, cité por vez primera los interesantes trabajos del matemático ucraniano Anatoli Fomenko, reconvertido en historiador por una de esas casualidades de la vida que tienen aspecto de ser más bien causalidades inspiradas por vaya usted a saber qué circunstancias concretas. Su fascinante hipótesis, la recuerdo para los recién llegados, es que no vivimos en la época en la que pensamos vivir. Es decir, ahora mismo no estamos en diciembre de 2017 sino de un año muy anterior del calendario porque a éste le faltan, literalmente, varios siglos, según sus investigaciones. El fragmento de tiempo inexistente más largo que detectó este científico fue entre el 614 y el 911 d.C.: casi tres siglos que, no es que alguien los haya robado de un día para otro sino que, simplemente, no existieron en la realidad, pese a lo que diga la versión oficialmente aceptada (por lo demás, cualquier lector habitual por aquí conoce el respeto que le tenemos en ésta, nuestra dimensión paralela particular, a las versiones oficialmente aceptadas). Aunque en cierto momento de sus trabajos se plantea si en realidad lo que nos falta no son tres siglos sino casi mil años, entre el siglo I y el X. Puede parecer una barbaridad, pero Fomenko no habla por hablar. Trabajó durante muchos años, de forma harto minuciosa, escarbando en más de 1.500 fuentes diferentes y publicó varios gruesos volúmenes en los que, entre otras cosas, demostraba la absoluta imposibilidad de fechar con precisión ni un solo acontecimiento histórico anterior al siglo XI d.C., un hecho verdaderamente impactante.

Ni qué decir tiene que tanto él como sus discípulos, que desde su primera publicación han proseguido su labor (silenciada sistemáticamente en Occidente) son ignorados o, en el mejor de los casos, desprestigiados con el uso de esa expresión tan en boga ahora mismo según la cual lo que hacen es "practicar una pseudociencia para engañar a la gente". Aunque, si uno se pone a diseccionar la acusación, lo cierto es que no queda muy claro con qué propósito querrían engañarla porque el hombre, que ya es un anciano, no se ha hecho precisamente millonario con esta tesis. Y, si era fama lo que buscaba, hay que decir que muy poca gente le conoce por sus tesis históricas sino más bien por sus labores matemáticas, más que reconocidas, hasta el punto de que le supusieron recoger diferentes premios (como el de la Sociedad de Matemática de Moscú en 1974 y el estatal de la Federación Rusa en 1996) y ocupar desde 1994 uno de los puestos de miembro numerario de la Academia de Ciencias de Rusia. ¿De verdad es creíble que un matemático de trayectoria reconocida y prestigiosa se dedique a las pseudociencias?

Pero me temo que no es la lógica lo que prima aquí, sino el miedo, si es que no existen otros intereses ocultos detrás de la negativa siquiera a plantearse la posibilidad de esta tesis ante "el volumen de trabajos previos de la comunidad de historiadores", "la fuerza de las pruebas arqueológicas" o "la existencia de evidencias de otras civilizaciones no europeas". Porque, ¿y si tuviera razón? ¿Y si Fomenko hubiera encontrado la fórmula de desmontar la versión oficial? 

Los tres argumentos que se oponen a la tesis del ucraniano carecen de la fuerza real con la que se les quiere dotar. En cuanto al primero, ¿cuántos historiadores han hecho una investigación histórica digna de ese nombre, en lugar de limitarse a copiar o, mejor dicho, documentarse, en los textos de sus predecesores para llegar a sus propias conclusiones sin saber en verdad si estaban equivocados o no? (ejemplo: el famoso error de Dionisio el Exiguo a la hora de datar el año cero se descubrió hace pocos años, pero nadie se atrevió a dudar de sus cálculos durante siglos). En cuanto al segundo, ¿cuántos objetos podemos datar con verdadera precisión? (ejemplo: el famoso escándalo artificial en torno a la supuesta "medievalidad" de la "falsificada" Sábana Santa, cuando existen multitud de investigaciones con conclusiones definitivas de que, sí, este lienzo se remonta realmente a la época de Jesús -otra cosa es que envolviera o no su cuerpo-). En cuanto al tercero, ¿de verdad pensamos que no puede haber errores, manipulaciones o directamente falsificaciones en las evidencias de civilizaciones ajenas a Europa, cuando no somos capaces de eliminar estos problemas al cien por cien en las del Viejo Continente? (ejemplo: las famosas momias de gentes caucásicas, rubias y pelirrojas en la zona china de Sinkiang, con todos los enigmas que plantea su existencia, cuyos restos fueron ocultados por las autoridades asiáticas hasta que unos estudiosos europeos las dieron a conocer).

El caso es que últimamente estamos viendo otras voces discrepantes respecto a la versión autorizada, en distintos países. Por ejemplo, uno de los historiadores germanos que dudan de la versión oficial (y por tanto han sido criticados a placer, sobre todo en Internet) es Herbert Illig. Como su colega ucraniano, Illig cree que faltan esos cerca de 300 años, de forma que, en lugar de en 2017, estaríamos viviendo en 1720, ¡en el auténtico siglo XVIII! Necesito un poco de 
rapé... Se basa entre otras cosas en el cálculo del tiempo a partir de los anillos de los troncos de los árboles y del planteamiento de varias cuestiones de índole 
lógica como por ejemplo, ¿por qué tenemos tantos restos arqueológicos romanos, griegos y egipcios de la antigüedad pero no hay textos, pinturas, esculturas o construcciones dañables en las épocas "desaparecidas"? Otra pregunta curiosa en este sentido: ¿por qué hay noticias de contactos entre Canarias y Europa o África desde la época de los fenicios hasta el siglo III d.C., pero no desde este último siglo al XIII? ¿Acaso el archipiélago de las islas afortunadas estuvo casi mil años aislado? Un historiador británico especializado en arqueología, Peter James, habla también de la pérdida de 300 años, pero entre la Edad del Bronce y la histórica, entre 1.175 a.C. y 850 A.C. Otro tunecino, Youssef Sedi, ha demostrado la existencia de un idioma árabe escrito "bastante homogéneo" en inscripciones halladas en Siria, Arabia, Yemen, la zona mesopotámica..., desde la época helénica hasta el III d.C. pero no hay forma de encontrar documentos escritos desde ese último siglo hasta el IX d.C.: ¿se olvidó todo el mundo de escribir durante ese período? Podríamos seguir con la lista, pero es cada vez más larga y este artículo ya es bastante extenso.

Seguro que si le pregunto a Mac Namara me daría una (o varias) explicaciones conspiranoicas para explicar todo esto pero, sinceramente, creo que no hace falta. Sólo es una cuestión de lógica: la forma que tenemos de medir el tiempo hoy día es muy moderna. Eso de que seamos capaces de decir que son las 22:50 del 1 de diciembre de 2017 es un brindis al sol, porque nuestro calendario contemporáneo es, como quien dice, de antes de ayer y no hay forma humana de saber si esta fecha en la que decimos vivir es cierta. A lo largo de los siglos casi nadie ha tenido conciencia de en qué momento estaba viviendo porque le daba exactamente igual. La gente era consciente de vivir en el año 12 del reinado de tal monarca, o en el 562 de la fundación de su ciudad, pero poco más. Sabía si era más o menos mediodía o si el crepúsculo estaba próximo, pero ignoraba la hora exacta. Contaba las semanas porque había un día festivo en el que se suponía que la religión le permitía no trabajar. Contaba los meses porque el ciclo lunar era el menstrual y porque necesitaba saber la época del año en que vivía para ajustarse a las labores del campo, no por otra razón. A nadie le preocupaba en absoluto la fecha o la hora exactas. Sólo un puñado de estudiosos, sabios y científicos a lo largo de toda la Historia han intentado organizar el tiempo humano, pero adaptándolo a su momento particular, sin vocación real de continuidad a lo largo de los siglos o los milenios. 

Esa obsesión que hoy tenemos por marcar cada instante no existió hasta muy recientemente. En el fondo, me da la impresión de que es la mejor prueba de la decadencia y desmoronamiento definitivo a corto plazo de nuestra sociedad. A nuestros antepasados sólo les interesaba un tiempo, el de la inmortalidad, mientras nosotros vivimos obsesionados por registrar cada segundo, como si intuyéramos que ya nos quedan pocos...