Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Sangre negra

Uno de los primeros recuerdos que conservo de cuando era pequeñito y tenía poquita voz (como diría la Gran Matriarca Ojos de Hielo) y empezaba a interesarme por el entorno de este planeta -al que habían vuelto a enviarme por enésima vez debido a ciertas travesuras juveniles cometidas mucho tiempo atrás en el sistema de Aldebarán- es un libro de los que antes se llamaban "de Ciencias Naturales" en el que leí la primera explicación acerca del origen del petróleo. En el libro había varias ilustraciones que representaban el mismo lugar en distintas épocas históricas. E incluso prehistóricas, porque el primer dibujo mostraba a varios dinosaurios en una de esas selvas lujuriosas y pantanosas con las que se asocian sistemáticamente en el imaginario popular. El siguiente mostraba a los mismos dinosaurios muertos, hundiéndose en el pantano. Los demás explicaban que, a medida que los cuerpos de las grandes bestias se iban descomponiendo, se convertían en petróleo. El último dibujo mostraba una inmensa mancha negra, una bolsa de crudo, ubicada bajo tierra porque el antaño selvático y pantanoso paisaje había sido cubierto por sucesivas capas de sedimento y en la capa de la superficie había gente caminando y alguna casa con dos o tres árboles.

"Caramba", recuerdo que pensé para mí, "cuántos dinosaurios tuvo que haber en la antigüedad para que ahora podamos usar tanto petróleo, con la cantidad de coches que hay en el mundo." Esto pensaba, con total inocencia, en una época en la que había muchos menos coches que hoy y se usaba mucho menos petróleo que hoy. Y no sólo para convertirlo en gasolina o gasóleo sino en un montón de productos (asfalto, aceites lubricantes, gases licuados como el butano..., y plásticos, muchos plásticos) que la mayoría de la gente no se para a pensar que tienen el mismo origen que ese líquido oscuro, viscoso y maloliente por el que tantas guerras se ha librado y tanta sangre se ha derramado en los últimos ciento y pico años.

Hoy las definiciones científicas del petróleo son bastante más amplias que la de aquella vieja lectura y ya no se achaca el origen del petróleo exclusivamente a los restos de los dinosaurios. Está oficialmente descrito como un líquido bituminoso de origen natural compuesto a partir de distintas sustancias orgánicas (o sea, no sólo de sesos de Tiranosaurio desechos, como me imaginaba siendo niño) en una mezcla compleja cuyos procesos químicos de transformación no están del todo claros. Las reservas que podemos explotar son las más próximas a la superficie: grandes cantidades de crudo contenidas dentro de "trampas geológicas", como inmensos lagos subterráneos que contienen este preciado elemento para el desarrollo de nuestra actual civilización. Sin embargo, en realidad el origen del crudo está por aclarar, como tantas otras verdades que se toman como tal por defecto, debido a que una mayoría de técnicos están de acuerdo en la definición aunque no exista una confirmación inapelable al respecto. Pero, ¿y si el llamado oro negro no es exactamente lo que nos dicen?

Por cierto, el mismo libro donde aparecían los dibujos de dinosaurios-transmutados-en-petróleo también incluía una siniestra profecía acerca de las reservas disponibles. Según su advertencia, para el año 2.000 se habrían consumido por completo o estarían en vías de agotamiento sin solución y el mundo se enfrentaría a una crisis sin precedentes ante la necesidad de seguir consumiendo energía, cada vez en mayores cantidades -ahí si acertó-, y la imposibilidad de disponer de más crudo. O se encontraba alguna energía alternativa con rapidez o nos esperaba un futuro apocalíptico. Cuando leí esto por vez primera faltaban unos 30 años para terminar el milenio. Luego lo he vuelto a leer muchas más veces, pero los sucesivos profetas han ido chutando el balón hacia delante (es curioso, pero ha pasado algo parecido con la "conquista" de Marte: dijeron que los astronautas llegarían al Planeta Rojo antes del 2000 y luego lo han ido retrasando, con planes cada vez "mejor diseñados" pero que lo único que han hecho ha sido ir retrasando la fecha "probable" diez o veinte años más adelante, sin que el viaje termine de llegar). Hace unos días, por ejemplo, un experto como tantos otros decía que, como mucho, teníamos reservas hasta 2.050 y que seguramente ya habíamos pasado el peak oil (pico petrolero), un concepto que se ha puesto muy de moda en los últimos años y que hace referencia al punto de máxima extracción a precios competitivos. Se supone que, una vez superado ese pico, la curva de consumo petrolero comenzará a descender porque cada vez habrá menos bolsas petroleras que explotar y será más difícil y menos rentable hacerlo, por su profundidad o por su calidad o por ambas cosas.

Bueno, el caso es que, a día de hoy, viernes 8 de diciembre de 2017, el precio del barril de petróleo de las dos variedades de referencia en Occidente está en torno a los 60 dólares -a 62,58 el Brent al cierre del mercado de Londres y a 57,07 el WTI al cierre del de Nueva York-, en una tendencia alcista que según los que dicen saber de estas cosas es preocupante. ¡Eh! ¿Ya nadie se acuerda de que hace tres años el precio del barril superaba con holgura los 100 dólares? En julio de 2008 ¡llegó a los 145 dólares por barril! En aquella época, se dijo que ese precio se debía a "tensiones internacionales" (que es uno de esos argumentos que los oscuros analistas internacionales utilizan para todo, igual que, cuando los arqueólogos encuentran un objeto de una antigua civilización que no cuadra mucho con lo que se sabe de ella, suelen recurrir a la explicación de "seguramente es una pieza ceremonial") y algunos citaron los problemas en Nigeria o Paquistán, el mayor consumo de energía en China e India o la debilidad del dólar. 

Hoy día hay bastantes más problemas que los de Nigeria o Paquistán (otro día hablamos de cómo se están poniendo las cosas en Oriente Medio, por ejemplo), China e India consumen más todavía que hace un decenio y el dólar tiene menos credibilidad como moneda que nunca (menos en las películas de atracos de Hollywood, donde nunca veremos complejas operaciones para conseguir enormes botines en euros, yenes o incluso bitcoins). Y además han pasado diez años. A pesar de eso, un bien que se supone es tan escaso y está en vías de agotamiento como es el petróleo no sólo no tiene un precio más elevado sino que es algo más de un 50 % más barato. ¿Qué está sucediendo aquí?

Las explicaciones más comunes hablan de una combinación de tecnología y otras energías. En cuanto a la primera, hoy disponemos de tecnologías muy superiores a las utilizadas durante todo el siglo XX que nos permiten, primero, localizar antes y mejor las grandes bolsas de reservas petroleras (y aumentar así las previsiones de las susodichas reservas); segundo, extraer y transportar de forma más rápida y eficiente el crudo de esas bolsas; tercero, optimizar la rentabilidad de ese producto a la hora de refinarlo y utilizarlo con distintos objetivos. En cuanto a la segunda, en estos últimos años no sólo han mejorado las expectativas de la industria petrolera sino de otras industrias energéticas que pueden competir ya en muchos casos con éxito: desde la electricidad, cada vez más presente en todas partes, hasta (¡por fin!) las renovables, que han crecido en Europa en los últimos años (y podrían haber crecido mucho más si los mismos gobiernos europeos que dicen ser tan ecologistas no estuvieran integrados por algunos personajes dispuestos a venderse a los intereses de las grandes multinacionales y boicotearan su desarrollo, porque las renovables podrían poner mucha energía barata al alcance de todo el mundo, lo cual no interesa a quienes controlan los mercados internacionales). 

Hay en la actualidad distintas investigaciones en marcha para conseguir energías limpias y baratas, constantemente saboteadas para no salir adelante porque conseguirían que la energía dejara de ser un arma para controlar el planeta. Por ejemplo, el motor de agua. La fórmula del agua es H20 porque cada molécula del líquido elemento contiene dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno. ¿Hay algo más sencillo que diseñar un motor que descomponga esos átomos y permita usar el hidrógeno como combustible y expulsar el oxígeno como residuo (de manera que, además, se conseguiría aire más limpio cuanto más se utilizara)? De hecho, no; como han demostrado distintos inventores que a lo largo de los últimos años han desarrollado esta idea e incluso la han llegado a presentar públicamente, pero ninguno ha conseguido que la industria la llevara a la práctica en la vida real. Particularmente, conozco el caso de un señor de Madrid que, al menos hasta hace muy poco, seguía utilizando su propio coche (que había utilizado como prototipo) con un motor de agua, sin consumir absolutamente ninguna gasolina. No podía alcanzar velocidades de Fórmula 1, pero para ir a 80 ó 90 kilómetros por hora ya le daba. Este hombre vendió su idea registrada a una conocida marca petrolera que le pagó mucho dinero..., para guardarla en un cajón, donde continúa bajo llave.

Hay también diversos estudios para conseguir petróleo sintético. La mayor parte del combustible que utilizó Alemania durante la Segunda Guerra Mundial era sintético, conseguido a partir de carbón hidrogenado. Y entre los experimentos en marcha en los últimos años tenemos, precisamente en España, el llamado petróleo azul, a base de algas y dióxido de carbono.

Pero vayamos un paso más allá: ¿y si el petróleo no fuera una energía fósil? ¿Y si no estuviera compuesto realmente de materia orgánica? ¿Y si fuera un recurso, no inagotable (porque nada lo es en el mundo material) sino mucho más grande de lo que nos imaginamos? En 2o14, un geólogo y periodista finlandés llamado Konstantin Ranks habló de esta posibilidad, a partir de los estudios de varios científicos americanos y rusos. De ellos sacaba la conclusión de que existe una capa de agua sobrecalentada y vapor bajo la corteza terrestre, que contendría más líquido que todos los océanos y mares en la superficie de la Tierra y que explicaría tanto el movimiento de las placas tectónicas como el de las erupciones volcánicas. La versión formal que hoy se maneja sobre lo que hay en el interior del planeta no contempla algo similar, pero ya hemos comentado por aquí en más de una ocasión acerca de lo poco que se sabe (decir que sabemos poco es decir que sabemos algo) sobre la composición del interior de la Tierra, que sigue siendo, a pesar de las teorías formales en boga, un misterio. 

Ranks se basaba en las trazas de ringwoodita (un mineral de nombre exótico, descubierto por primera vez en 1969 dentro de un meteorito -el Tenham- y que puede encontrarse vinculado con otros minerales como el vidrio de silicato de magnesio; de hecho, se trata de un nesosilicato como el topacio o el circón, del grupo del olivino) descubiertas por unos científicos canadienses de la universidad de Alberta en un diamante encontrado en Brasil en 2008. El diamante procedía del interior de un volcán brasileño y, según los  investigadores, había sido generado a una profundidad original de 643 kilómetros. Aún así, los restos de ringwoodita del diamante contenían una cantidad llamativa de agua. ¿Cómo era posible? Un trabajo publicado en 2014 Science por el equipo del geólogo e investigador Gonzalo Preto, con personal de las universidades de Northwestern y Nuevo México, llegaba a la conclusión de que el manto terrestre poseía enormes cantidades de este material y que éste resultaba imprescindible para el ciclo del agua en la Tierra. En su opinión, actúa como una especie de esponja para contener agua en forma química, lo que unido al hecho de que es muy abundante en los meteoritos, le entronca con la teoría, que ha venido cobrando fuerza en los últimos años, de que el agua llegó a nuestro planeta a bordo de estos mensajeros del espacio.

Científicos del Instituto Siberiano de Geología y Mineralogía encontraron también huellas de petróleo, no sólo de ringwoodita, en varios diamantes. Sumando ambos hechos, Ranks llegaba a la conclusión de que el verdadero origen del petróleo es..., inorgánico.  Se formaría a partir de procesos químicos naturales que se producen a altísimas temperaturas y presiones en el interior del planeta. Y lo haría constantemente, para aflorar poco a poco hacia las regiones superiores, más próximas a la superficie terrestre. Esta visión del crudo es muy diferente de la que tenemos actualmente: un producto almacenado en cantidades concretas y embolsadas en puntos determinados que, una vez consumido, quedaría agotado. En opinión de Ranks, estaríamos ante un recurso inagotable, siempre que fuera gestionado con cabeza, sin sobreexplotación ni derroche.

¿Y si el petróleo fuera la sangre de la Tierra?










viernes, 1 de diciembre de 2017

Gudaris en Guadalcanal

No deja de asombrarme que el homo sapiens común considere la Historia como una materia aburrida y que sólo sea capaz de acercarse a ella a través de ficciones más o menos elaboradas en forma de novelas de aventuras o, más corrientemente, de películas y teleseries donde el escenario histórico sirve de mera ambientación a una relación romántica y/o pasional con los consabidos clichés del folletín adaptados a cada época. ¡Pero si hay pocas cosas más apasionantes que el estudio de la vida de nuestros antepasados, que en el fondo  (y en la forma, para los que somos inmortales) es también la nuestra! Y, por cierto, también hay pocas cosas más divertidas que desmontar los cuentos que sobre ellos nos inventamos...

Un ejemplo, entre otros muchos. Hace pocos años, una gran mayoría de medios de comunicación españoles -especialmente, los vascos- se hicieron eco de una curiosa historia que contenía el libro Los españoles en la Guerra del Pacífico sobre la presencia española en este frente durante la Segunda Guerra Mundial. No era nueva, pero se puso otra vez de moda al ser rescatada por este texto, según el cual, el ejército de EE.UU. empleó el euskera junto a varios idiomas de nativos norteamericanos para cifrar sus mensajes en la zona y evitar así que los japoneses pudieran entenderlos en caso de interceptarlos. Los especialistas en la materia (por ejemplo los del Instituto Smithsonian) ya habían documentado desde hacía tiempo que las tropas yankees emplearon las muy minoritarias lenguas (en el caso de algún dialecto, apenas se utilizaba entonces en un puñado de aldeas) de comanches, kiowas, pawnees, hopis o cherokees, entre otras tribus indias, como verdaderos códigos secretos para transmitir informaciones militares secretas por radio. 

Quizás el caso más conocido sea el del idioma navajo, empleado por los marines para la perfecta encriptación de sus mensajes por dos razones principales. En primer lugar, casi nadie lo habla (y en aquella época, aún menos porque a pocas personas les interesaba conservar la herencia cultural nativa, tradicionalmente despreciada y ninguneada en los Estados Unidos, aunque hoy está muy de moda) y, en segundo, como este idioma carece lógicamente de términos contemporáneos para definir el armamento moderno, fue necesario crear un código dentro del código: un metalenguaje. Por ejemplo, un torpedo se describía como "pez con cáscara" y una bomba teledirigida como "huevo volador". Así, los nipones se enfrentaban a un triple reto: primero, interceptar el mensaje. Segundo, traducirlo del navajo. Tercero, averiguar qué diablos significaban exactamente los términos utilizados. Fracasaron en el empeño y, de hecho, las transmisiones les funcionaron tan bien a los militares norteamericanos que, de apenas una treintena de navajos reclutados en mayo de 1942 por el ejército de los Estados Unidos, se pasó a los al menos 400 que estaban en activo al final de la guerra.

 En medio de este panorama, ¿qué pintaba el euskera? ¿Tan incultos eran los militares norteamericanos que pensaban estar ante otro idioma indio?

Por supuesto que no. Según el relato divulgado por la edición mexicana de Euzko Deya (una publicación originalmente vasca y mantenida en América por el gobierno autonómico vasco, entonces en el exilio tras la última guerra civil española), la posibilidad de emplear el euskera como código incomprensible para los japoneses habría surgido gracias al capitán estadounidense Frank D. Carranza, nacido en México pero, aquí está la gracia, de padres vizcaínos. En la misma fecha en la que se estaba reclutando a los navajos (y a otros nativos) para enviarlos al Pacífico, Carranza estaba junto al general Leberfeld, en el cuartel general de la flota norteamericana instalado en San Francisco. Llegaron entonces a la base en torno a medio centenar de jóvenes reclutas procedentes de Idaho, Nevada, Montana, Oregón y la propia California que eran, como él mismo, hijos de vascos emigrados y con conocimientos de pastoreo. Según esta publicación, casi todos "hablaban un mal castellano, un inglés regular y un buen vascuence". Fue entonces cuando a Carranza se le encendió la bombilla y decidió que el euskera podía ser tan bueno o mejor que los idiomas indios para burlar las escuchas japonesas.

Formado y entrenado el equipo a sugerencia del capitán, que tomó a su mando al también capitán Nemesio Aguirre y a los tenientes Fernández Bacaicoa y Juanana, los nuevos responsables de comunicaciones probaron su idioma en distintos ensayos. Finalmente, empezaron a usarlo en serio durante los viajes de los convoyes de carga que navegaban por el Pacífico, de acuerdo a una plantilla en la que se empleaban diversas lenguas: al euskera le tocó los lunes y viernes, mientras que el martes y el jueves era el turno del oswego, el miércoles  se usaba el iroqués, el jueves se hablaba en lakota o sioux y el sábado se empleaba un código especial que no fue revelado. El éxito de esta iniciativa llevó a plantear el empleo del euskera durante la batalla de Guadalcanal y el primer mensaje que se radió durante esta campaña vital para el resultado final del conflicto en este frente fue, el 1 de agosto de 1942: "Egon, arretaz X egunari" que en euskera significa "Atención al día X" en referencia al 7 de agosto, cuando comenzó la ofensiva con el desembarco de los marines en Guadalcanal, Tulagi y Florida, al sur de las islas Salomón.

A partir de ahí, los euskoamericanos transmitieron mucha información ante la desesperación de los nipones, con el propio Carranza desplegado en el asalto. Algunas de las órdenes transmitidas fueron recogidas en la publicación, como por ejemplo "Sagarra eragintza zazpi" ("La Operación Manzana -el desembarco de los marines- empezará a las siete"),"Gabaumba gudari-talde asko 100.000" ("Las tropas japonesas suman 100.000 soldados") y "Hondartzak aurretatu" ("Es imprescindible remontar las playas").

El propio Carranza confirmó la historia, ya teniente coronel, durante una visita a Vitoria en 1952, camino de la ciudad germana de Wiesbaden donde estaban instaladas parte de las tropas de ocupación yankees que desde el final de la Segunda Guerra Mundial mantiene el país de las barras y estrellas en Europa bajo distintas fórmulas de legalidad. El diario Deia, heredero en cierta forma del Euzko Deya, publicó más tarde, en abril de 1979, que el perspicaz Carranza sobrevivió "sin un rasguño" a la batalla de Guadalcanal y posteriormente fue trasladado a Europa, donde combatió también a las tropas alemanas pero..., "acaba de morir atropellado por un coche a la salida de su casa en la Quinta Avenida neoyorquina". Un final a lo Lawrence de Arabia, vaya.

¿No es una historia emocionante? En realidad, lo sería..., si fuera verdad. Existieron los soldados norteamericanos de origen nativo que utilizaron sus idiomas en Guadalcanal y en todo el Pacífico. Existieron los japoneses desesperados por no saber interpretarlos. Existieron algunos militares alistados de orígenes vascos en 1942 aunque ninguno trabajó en comunicaciones. Existió el Euzko Deya y existe el Deia. Lo que no existió fue el batallón especial de transmisores en euskera: ni Carranza, ni Aguirre, ni Fernandez Bacaicoa, ni Juanana, ni ninguno de los demás participó jamás en una unidad de este tipo. Entre otras cosas porque ninguno de ellos existió jamás. Todos son inventados y nadie sabe muy bien por qué, aunque visto desde la distancia todo indica que estamos ante la típica operación de desinformación con fines desconocidos en las que la OSS, posteriormente 
conocida como CIA, siempre ha sido una maestra. Dos investigadores (precisamente vascos), Pedro J. Oiarzabal y Guillermo Tabernilla, han demostrado la falsedad de este cuento en una investigación publicada por la revista digital Saibigain. Ambos examinaron todos los documentos habidos y por haber en los archivos de los servicios de inteligencia y otros de Estados Unidos, el Reino Unido e incluso en la documentación oficial del País Vasco y su conclusión fue que no existía absolutamente ninguna fuente real, primaria, que confirmara esta "hazaña bélica" de la que se viene hablando desde hace más de sesenta años como si de verdad fuera real. En la que mucha gente sigue creyendo ahora mismo y probablemente seguirá haciéndolo en el futuro, hasta que poco a poco se imponga la verdad, si es que se impone más allá de los estudiosos y los eruditos en la materia. Eso de destruir mitos nunca ha sido un oficio popular.

 ¿No es apasionante el tema histórico? O, mejor dicho, de las mentiras históricas. Estoy recordando ahora que hace ya unos cuantos años, creo que en los inicios de esta bitácora, cité por vez primera los interesantes trabajos del matemático ucraniano Anatoli Fomenko, reconvertido en historiador por una de esas casualidades de la vida que tienen aspecto de ser más bien causalidades inspiradas por vaya usted a saber qué circunstancias concretas. Su fascinante hipótesis, la recuerdo para los recién llegados, es que no vivimos en la época en la que pensamos vivir. Es decir, ahora mismo no estamos en diciembre de 2017 sino de un año muy anterior del calendario porque a éste le faltan, literalmente, varios siglos, según sus investigaciones. El fragmento de tiempo inexistente más largo que detectó este científico fue entre el 614 y el 911 d.C.: casi tres siglos que, no es que alguien los haya robado de un día para otro sino que, simplemente, no existieron en la realidad, pese a lo que diga la versión oficialmente aceptada (por lo demás, cualquier lector habitual por aquí conoce el respeto que le tenemos en ésta, nuestra dimensión paralela particular, a las versiones oficialmente aceptadas). Aunque en cierto momento de sus trabajos se plantea si en realidad lo que nos falta no son tres siglos sino casi mil años, entre el siglo I y el X. Puede parecer una barbaridad, pero Fomenko no habla por hablar. Trabajó durante muchos años, de forma harto minuciosa, escarbando en más de 1.500 fuentes diferentes y publicó varios gruesos volúmenes en los que, entre otras cosas, demostraba la absoluta imposibilidad de fechar con precisión ni un solo acontecimiento histórico anterior al siglo XI d.C., un hecho verdaderamente impactante.

Ni qué decir tiene que tanto él como sus discípulos, que desde su primera publicación han proseguido su labor (silenciada sistemáticamente en Occidente) son ignorados o, en el mejor de los casos, desprestigiados con el uso de esa expresión tan en boga ahora mismo según la cual lo que hacen es "practicar una pseudociencia para engañar a la gente". Aunque, si uno se pone a diseccionar la acusación, lo cierto es que no queda muy claro con qué propósito querrían engañarla porque el hombre, que ya es un anciano, no se ha hecho precisamente millonario con esta tesis. Y, si era fama lo que buscaba, hay que decir que muy poca gente le conoce por sus tesis históricas sino más bien por sus labores matemáticas, más que reconocidas, hasta el punto de que le supusieron recoger diferentes premios (como el de la Sociedad de Matemática de Moscú en 1974 y el estatal de la Federación Rusa en 1996) y ocupar desde 1994 uno de los puestos de miembro numerario de la Academia de Ciencias de Rusia. ¿De verdad es creíble que un matemático de trayectoria reconocida y prestigiosa se dedique a las pseudociencias?

Pero me temo que no es la lógica lo que prima aquí, sino el miedo, si es que no existen otros intereses ocultos detrás de la negativa siquiera a plantearse la posibilidad de esta tesis ante "el volumen de trabajos previos de la comunidad de historiadores", "la fuerza de las pruebas arqueológicas" o "la existencia de evidencias de otras civilizaciones no europeas". Porque, ¿y si tuviera razón? ¿Y si Fomenko hubiera encontrado la fórmula de desmontar la versión oficial? 

Los tres argumentos que se oponen a la tesis del ucraniano carecen de la fuerza real con la que se les quiere dotar. En cuanto al primero, ¿cuántos historiadores han hecho una investigación histórica digna de ese nombre, en lugar de limitarse a copiar o, mejor dicho, documentarse, en los textos de sus predecesores para llegar a sus propias conclusiones sin saber en verdad si estaban equivocados o no? (ejemplo: el famoso error de Dionisio el Exiguo a la hora de datar el año cero se descubrió hace pocos años, pero nadie se atrevió a dudar de sus cálculos durante siglos). En cuanto al segundo, ¿cuántos objetos podemos datar con verdadera precisión? (ejemplo: el famoso escándalo artificial en torno a la supuesta "medievalidad" de la "falsificada" Sábana Santa, cuando existen multitud de investigaciones con conclusiones definitivas de que, sí, este lienzo se remonta realmente a la época de Jesús -otra cosa es que envolviera o no su cuerpo-). En cuanto al tercero, ¿de verdad pensamos que no puede haber errores, manipulaciones o directamente falsificaciones en las evidencias de civilizaciones ajenas a Europa, cuando no somos capaces de eliminar estos problemas al cien por cien en las del Viejo Continente? (ejemplo: las famosas momias de gentes caucásicas, rubias y pelirrojas en la zona china de Sinkiang, con todos los enigmas que plantea su existencia, cuyos restos fueron ocultados por las autoridades asiáticas hasta que unos estudiosos europeos las dieron a conocer).

El caso es que últimamente estamos viendo otras voces discrepantes respecto a la versión autorizada, en distintos países. Por ejemplo, uno de los historiadores germanos que dudan de la versión oficial (y por tanto han sido criticados a placer, sobre todo en Internet) es Herbert Illig. Como su colega ucraniano, Illig cree que faltan esos cerca de 300 años, de forma que, en lugar de en 2017, estaríamos viviendo en 1720, ¡en el auténtico siglo XVIII! Necesito un poco de 
rapé... Se basa entre otras cosas en el cálculo del tiempo a partir de los anillos de los troncos de los árboles y del planteamiento de varias cuestiones de índole 
lógica como por ejemplo, ¿por qué tenemos tantos restos arqueológicos romanos, griegos y egipcios de la antigüedad pero no hay textos, pinturas, esculturas o construcciones dañables en las épocas "desaparecidas"? Otra pregunta curiosa en este sentido: ¿por qué hay noticias de contactos entre Canarias y Europa o África desde la época de los fenicios hasta el siglo III d.C., pero no desde este último siglo al XIII? ¿Acaso el archipiélago de las islas afortunadas estuvo casi mil años aislado? Un historiador británico especializado en arqueología, Peter James, habla también de la pérdida de 300 años, pero entre la Edad del Bronce y la histórica, entre 1.175 a.C. y 850 A.C. Otro tunecino, Youssef Sedi, ha demostrado la existencia de un idioma árabe escrito "bastante homogéneo" en inscripciones halladas en Siria, Arabia, Yemen, la zona mesopotámica..., desde la época helénica hasta el III d.C. pero no hay forma de encontrar documentos escritos desde ese último siglo hasta el IX d.C.: ¿se olvidó todo el mundo de escribir durante ese período? Podríamos seguir con la lista, pero es cada vez más larga y este artículo ya es bastante extenso.

Seguro que si le pregunto a Mac Namara me daría una (o varias) explicaciones conspiranoicas para explicar todo esto pero, sinceramente, creo que no hace falta. Sólo es una cuestión de lógica: la forma que tenemos de medir el tiempo hoy día es muy moderna. Eso de que seamos capaces de decir que son las 22:50 del 1 de diciembre de 2017 es un brindis al sol, porque nuestro calendario contemporáneo es, como quien dice, de antes de ayer y no hay forma humana de saber si esta fecha en la que decimos vivir es cierta. A lo largo de los siglos casi nadie ha tenido conciencia de en qué momento estaba viviendo porque le daba exactamente igual. La gente era consciente de vivir en el año 12 del reinado de tal monarca, o en el 562 de la fundación de su ciudad, pero poco más. Sabía si era más o menos mediodía o si el crepúsculo estaba próximo, pero ignoraba la hora exacta. Contaba las semanas porque había un día festivo en el que se suponía que la religión le permitía no trabajar. Contaba los meses porque el ciclo lunar era el menstrual y porque necesitaba saber la época del año en que vivía para ajustarse a las labores del campo, no por otra razón. A nadie le preocupaba en absoluto la fecha o la hora exactas. Sólo un puñado de estudiosos, sabios y científicos a lo largo de toda la Historia han intentado organizar el tiempo humano, pero adaptándolo a su momento particular, sin vocación real de continuidad a lo largo de los siglos o los milenios. 

Esa obsesión que hoy tenemos por marcar cada instante no existió hasta muy recientemente. En el fondo, me da la impresión de que es la mejor prueba de la decadencia y desmoronamiento definitivo a corto plazo de nuestra sociedad. A nuestros antepasados sólo les interesaba un tiempo, el de la inmortalidad, mientras nosotros vivimos obsesionados por registrar cada segundo, como si intuyéramos que ya nos quedan pocos...









viernes, 24 de noviembre de 2017

El riesgo de las mentiras

Mi tutor en la Universidad de Dios, el Gran Thoth, es uno de los tipos más sabios que he conocido (tal vez sea el más sabio de todos..., y mira que he conocido gente). Esta noche he estado con él un rato largo y la verdad es que tiene una capacidad extraordinaria para enseñar porque combina sus increíbles conocimientos con el buen humor y un trato siempre agradable. No le veo mucho, la verdad, porque está muy ocupado con multitud de proyectos personales, por no citar a los otros alumnos: ¡qué más quisiera yo que ser el único que disfruta de sus excepcionales tutorías! Por eso, cuando tengo la oportunidad de escucharle abro lo más posible mis oídos, mis ojos, mi cerebro y hasta los poros de mi piel, porque sus consejos y reflexiones son oro. 

Una de las sentencias más antiguas que recuerdo haberle oído entre todas las que llevo acumuladas en los años que he dedicado a cursar la carrera de Dios, me llamó especialmente la atención la primera vez que la dijo. Entonces, creo que incluso la descalifiqué dentro de mí porque no me parecía muy realista, pero el tiempo me ha demostrado qué equivocado estaba yo y cuánta razón tenía él. Me dijo: "cuanto más grande y más increíble sea la mentira que le cuentes a los 'homo sapiens', más dispuestos estarán a creerte".

En un primer momento, pensé que me estaba tomando el pelo y, en un segundo momento, que estaba empezando a chochear por culpa de la edad (si yo soy inmortal, no me quiero imaginar los eones que habrá visto pasar el Gran Thoth a lo largo de su existencia), pero no: ni una cosa ni otra. Mi tutor tenía toda la razón y prácticamente a diario lo confirmo en el mundo en el que vivimos, donde las fuerzas que aparentemente lo gobiernan nos presentan una descripción de la realidad que diverge (a menudo incluso está invertida por completo) respecto a lo que está sucediendo de verdad. Y esto uno sólo puede comprobarlo cuando tiene acceso a ciertos canales alternativos de información, inaccesibles para la mayoría de la población. 

 Estamos rodeados de mentiras de todos los tamaños: pequeñas (de ésas que, según creen los ingenuos, "no duelen" ni son importantes por su carácter "piadoso" -¿a qué alma retorcida se le habrá ocurrido por primera vez emplear semejante adjetivo para describir una mentira?-), de tamaño intermedio (son de distintos calibres, desde las "justificadas" hasta las "especiales" o las  habituales del día a día) o simplemente inmensas (éstas son las que emplean de manera indiscriminada los dirigentes políticos, económicos, sociales o religiosos de todos los países -por no mencionar a los Amos...-).

En mi opinión, las peores entre todas ellas, ya que son las más peligrosas, son las mentiras diarias: ésas que hemos ido incorporando de forma sistemática a nuestra vida con distintas excusas. El abanico es amplio. Entre las más conocidas, tenemos algunas clásicas como el "voy ahora mismo" que le decimos a quien requiere nuestra presencia por algún motivo (y que usamos como una especie de comodín para ganar tiempo porque, en lugar de ir como hemos anunciado, continuamos inmersos en otra actividad que nos interesa más -¿no hubiera sido más sencillo contestar que en ese momento estamos ocupados?-). O, también, el "todo me va fenomenal" (que nos sirve de cobertura para no explicar los problemas en los que andamos metidos, por temor a que nos juzguen -aunque a nosotros nos encanta juzgar-). O el "no sé por qué me pasa esto precisamente a mí" (a pesar de que, si hay algo cierto, es que absolutamente todo lo que nos sucede es el efecto de una causa que pusimos en movimiento en algún momento..., aunque ese momento haya sido hace tanto tiempo y en lugar tan lejano que, cuando por fin se manifiesta su efecto, seamos incapaces de relacionar ambos puntos).

Ya oigo algunas protestas diciendo: "qué barbaridad, no es para tanto..., igual las grandes mentiras de los líderes políticos o económicos sí son peligrosas, pero esas otras mentirijillas que estás comentando son tonterías, no tienen mayor efecto". Y ahí está precisamente la amenaza. Cualquiera de nosotros se pondría en guardia si de repente entrara un león en el salón de su casa, aunque ese animal no le haría absolutamente nada si no tiene hambre y nadie le molesta, pero ¿y si fuera un mosquito? ¿Un simple, diminuto y tonto mosquito..., portador de una enfermedad mortal de la cual nos infectará en cuanto tenga oportunidad de posarse sobre nuestra piel y chuparnos la sangre?

El peligro de esas mentiras en apariencia inocentes radica en que, de tanto repetirlas, terminamos por mecanizarlas y al final las asumimos como si fueran realidades, aunque sepamos que no lo son. Con todo lo que eso significa. Ya no estamos hablando de engañar a otras personas sino del autoengaño respecto a nosotros mismos. Así, dibujamos un mapa de algo que no existe sabiendo que aquella información es falsa..., y luego pretendemos guiarnos por ese mapa como si fuera fiable. Como es lógico, a la primera oportunidad acabamos despeñándonos, porque lo que aparece allí representado poco o nada tiene que ver con el territorio real. El Gran Thoth también me habló de eso: "la verdad pertenece al mundo de la realidad mientras que la mentira es del de la fantasía; ambas son excluyentes entre sí por lo que, donde una reina, la otra no existe". 

Y así sucede que, mientras más espacio de nuestra existencia dediquemos a la mentira, más tiempo pasaremos en el mundo de fantasía, de lo inexistente..., motivo por el cual nuestros proyectos tendrán menos posibilidad de realizarse, nuestras relaciones tendrán más oportunidades de irse a pique y nuestra vida será progresivamente menos valiosa. De pronto, nos encontraremos con que tenemos ya 70 u 80 años de edad, nuestro tiempo se acaba y, si alguien nos pregunta por curiosidad, sólo podemos mostrarle una existencia estúpida a nuestras espaldas, con la intensa sensación de que nada ha valido la pena, que somos unos fracasados y que igual hubiera dado nacer o no (a continuación llegan los listillos a vendernos que todo fue culpa de una ideología política o religiosa o económica o..., en lugar de culpa nuestra; pero ésa es otra historia).

Me parece que en alguna parte de esta bitácora escribí en cierta ocasión acerca de una persona que tuvo poder (laboral) sobre mí durante años y me hizo la vida un poco imposible. Es uno de los casos prácticos más impresionantes que conozco en relación con todo esto. Contaré el final de la historia, porque ahora ya la conozco. Retomando el asunto, estamos hablando de un individuo profundamente mentiroso, capaz de jurarte algo por lo más sagrado en una reunión personal y, diez minutos más tarde, en otra reunión distinta y con otras personas delante, jurar justo lo contrario, sin inmutarse lo más mínimo. Algo que no tendría demasiada importancia si se tratara de sus cosas personales, pero que la tenía, y mucha, puea actuaba igual para todo el trabajo diario desarrollado bajo su mando en plaza. La mentira era su forma de ocultar su incompetencia y otros defectos personales que protegía a toda costa para salvaguardar su posición social y laboral. Le funcionó durante muchos años pero, con el tiempo, se volvió en su contra por residir preferentemente en su mundo de la fantasía antes que en el de la realidad. 

Al principio, su incoherencia me descolocó por completo: siempre había pensado que uno puede llevarse bien o mal con su jefe pero ¿bien/mal a la vez? Sobre todo, cuando te has mostrado leal a esa persona y has sacrificado tiempo, esfuerzo y tantas otras cosas por apoyarle..., y luego en lugar de agradecértelo te apuñala repetidas veces por la espalda mientras te jura y te perjura que no es su mano la que está clavando el cuchillo, aunque tú la veas pegada a su brazo. Así que no tardé mucho tiempo en dejarme llevar por la rabia, por la forma en la que trataba tan mal a todo el mundo (y no sólo a mí, lo que por cierto fue una sorpresa para mi propio egocentrismo). Mentía una y otra vez, sin ningún decoro, con total impunidad y muy poca vergüenza, sin importarle los perjuicios que nos causaba y sin temer las consecuencias de sus actos, entre otras cosas porque se apoyaba en ciertos poderosos padrinos

Al fin, comprendí que él mismo no era consciente de lo que estaba haciendo (con los demás, pero también consigo mismo) porque las mentiras que contaba  también se las inyectaba en su propio cerebro. Y lo hacía con tanta fuerza para disimular su postura delante de otras personas que al final terminaba por creérselas. También entendí que su presencia malsana en mi vida se debía a que estaba actuando como mi pinche tirano, que diría don Juan Matus (a estas alturas de la película no voy a explicar qué significa pinche tirano: el que no se haya leído los libros de Castaneda, que son de Primer Curso de la Universidad de Dios, ya puede empezar a recuperar el tiempo perdido). En esas circunstancias, la única solución fue cambiar de aires.

Eso hice, aunque resultó un poco más complicado de lo previsto. Una vez fuera del alcance de las garras de este peculiar personaje, los dioses me permitieron seguir estudiando sus evoluciones. Vi con todo detalle, pero ahora ya desde fuera de la jaula de las fieras, cómo seguía comportándose igual y haciendo la vida imposible a mis antiguos compañeros. Lo hizo hasta el último de sus días. Como espectador en lugar de víctima, pude apreciar con claridad el proceso completo por el cual
este tipo se hundía cada vez más profundamente en su nebuloso universo paralelo, donde los asideros reales brillaban por su ausencia porque nada era tan real como él pretendía. Era como ese Hitler de El Hundimiento de Olivier Hirchsbiegel, en la famosa escena final del búnker tantas veces parodiada en redes sociales, donde pretende utilizar unas divisiones que ya no existen más que sobre un mapa engañoso. Observé cómo, al mismo tiempo que perjudicaba a otros, se dañaba a sí mismo hasta tal punto que su existencia fue deshilachándose y depreciándose. Al final, vivía sumergido en un auténtico Hades construido a su medida en el que todo le salía mal: desprestigiado profesionalmente, fracasado en lo familiar, abandonado por sus amistades sentimentales... De pronto, todas las causas que había ido sembrando a lo largo de su vida le presentaron al cobro los correspondientes efectos y se vio desbordado. Lo pasó tan mal que la mayor parte de la rabia que sentía hacia él se transmutó en compasión. 

En su debacle, un día desapareció. Se jubiló y se marchó de la empresa, de mala manera. No se despidió de mí (lo que por cierto agradecí). No he vuelto a verle ni deseo volver a hacerlo, aunque hoy puedo decir que espero sinceramente que en el tiempo que le quede de vida -si sigue vivo- despierte un poco, al menos lo suficiente para darse cuenta de lo que ha hecho consigo mismo. Tal vez así tenga la oportunidad de intentar compensar su errática existencia de elefante en una tienda de porcelanas. No creo que pueda arreglar toda la loza que rompió, pero podría tomar conciencia de ello y hacerse el correspondiente propósito de enmienda. Y empezar a reducir su deuda cuanto antes. Por su propio bien.

En definitivas cuentas, creo que nadie, nunca, de ninguna otra forma, podría haberme explicado más ni mejor los efectos terribles que la mentira puede llegar a tener sobre el homo sapiens, cómo puede destruirle poco a poco, desde dentro de sí mismo y, lo peor, sin que éste se dé cuenta de lo que le está pasando. No es sólo una cuestión de ética o de moral, aun siendo éste uno de los aspectos más importantes de la reflexión, sino de salud, simplemente.

 Adquirí un temor reverencial contra la mentira, una creciente inquietud por descubrirla no ya alrededor de mi persona sino en mi propio interior, para poder librarme de ella cuanto antes y no correr nunca el riesgo de padecer el proceso de autodestrucción de mi antiguo torturador. Comprendí otras cosas sobre la marcha: por ejemplo, por qué uno de los principales títulos del Diablo es el de Príncipe de las Mentiras o por qué los héroes de las leyendas de la Antigüedad o los caballeros del rey Arturo eran incapaces de mentir, pues conocían el riesgo de ser destruidos. Y qué decir del Demiurgo, ese monstruo que rige el mundo haciéndose pasar por divinidad creadora y bondadosa, cuando su máximo poder, como bien sabían los antiguos gnósticos, consiste no en crear sino en imitar la creación, en engañarnos y mentirnos para poder sojuzgarnos mejor.

Y, una vez más, vino a mi mente la vital importancia de aquella imborrable frase del templo de Apolo en Delfos: γνῶθι σεαυτόν (gnóthi seautón, en griego antiguo). O, lo que es lo mismo, Conócete a ti mismo.














viernes, 17 de noviembre de 2017

Periodismos

El Periodismo vive una crisis severísima desde que Internet se instaló en nuestras vidas y encima lo hizo acompañado de un teléfono "inteligente". De pronto, cualquier ciudadano tiene la posibilidad de, mágicamente, convertirse a sí mismo en periodista, publicando lo que quiera no ya en sus blogs y en sus redes sociales sino lanzando sus propios newsletters o boletines e incluso sus -limitados- diarios regulares (hay aplicaciones muy interesantes por ahí), con los contenidos que le interesan y con el sesgo que más le guste a nivel particular. Es decir, sin tener necesariamente en cuenta la realidad de las cosas; más bien al contrario. 

Pese a lo que pudiera esperarse en un primer momento, este "periodismo ciudadano" o, más bien, estos escritos de opinión personal que pretenden pasar por información verídica y que ha sido incluso elogiado de manera extravagante por algunos profesionales ha tenido un espectacular crecimiento en la red. Hasta tal punto, que ha afectado de forma muy seria al consumo de medios de comunicación tradicionales porque se ha instalado un estado de ánimo que se hace preguntas del estilo "¿quién necesita a los medios de comunicación cuando la propia sociedad es capaz de informarse a sí misma?" 

Los que defienden semejante planteamiento podrían hacer la prueba de reconstruirlo sustituyendo a sus protagonistas por los de otras profesiones y se darían cuenta del infantilismo que lleva aparejado. Por ejemplo, "¿quién necesita médicos y hospitales cuando tenemos madres y abuelas en nuestras casas que nos dan las medicinas que necesitamos en un momento dado?" o "¿quién necesita agricultores y ganaderos cuando puedo cultivar lo que me dé la gana en mi huerto urbano e incluso tener alguna que otra gallina en el patio de mi casa?" 

Parece bastante obvio que, salvo que uno viva en un rancho lejos de todo y de todos al estilo del Viejo Oeste, donde no tenga más remedio que ser autosuficiente (un estilo de vida que, por cierto, siempre he envidiado), a lo largo de nuestra existencia vamos a necesitar algún que otro médico y hospital para tratarnos de las dolencias más variadas y de algún que otro agricultor y ganadero, con su red de distribución y comercialización incluida, para tener comida en nuestro plato.

El manejo de la información no es una tarea sencilla, aunque así se lo parezca a tantos aficionados a hablar de lo que no saben (por cierto, uno de los deportes favoritos de los españoles, aunque después de tantos viajes por el mundo empiezo a pensar que, en realidad, es patrimonio cultural de todos los homo sapiens) y su mal uso trae consigo problemas importantes. No hace mucho tuve ocasión de hablar con uno de los principales responsables de la lucha contra 
incendios en la Comunidad Autónoma de Madrid y me explicó las grandes preocupaciones y contratiempos que aportan las redes sociales a la hora de enfrentarse a una de estas catástrofes, precisamente por culpa del "periodismo ciudadano" que, entre otras cosas, aporta falsas alertas e información incompleta y contraproducente, aunque a veces sea fruto de la buena intención. Mas las buenas intenciones suelen empedrar el camino del infierno, como ya sabemos, y al final dificultan una tarea eficaz y sobre todo rápida a la hora de controlar las llamas. Este problema no es únicamente madrileño, ni siquiera español. Al lado reproduzco un mensaje anónimo de WhatsApp que se hizo muy popular en Chile en enero de este año con motivo de los incendios que asolaron este país iberoamericano y que terminaba con una frase que lo dice todo: "Será verdad?"

Es cierto que ser un periodista licenciado no es sinónimo fiable de profesionalidad y objetividad. Sin embargo, la vocación -por un lado- y la formación -por otro lado-, además de la experiencia en medios de comunicación considerados como tales (y una serie de imprescindibles características personales como la curiosidad, la tenacidad, la facilidad de expresión, una mente de verdad abierta a todas las posibilidades...), moldean mínimamente a la persona y le capacitan para desarrollar esta labor. Tampoco se puede negar que la objetividad pura y dura no existe, pero un periodista capacitado al menos desarrollará cierta tendencia hacia ella, cosa que un "periodista ciudadano" despreciará de forma olímpica, en el afán de defender en exclusiva sus ideas. "Yo sé lo que está pasando de verdad y lo voy a contar porque todos éstos no lo hacen" es su frase de cabecera (y mira quién escribe esto: un conspiranoico declarado). 

Hay que tener en cuenta que una de las más importantes razones por las que hoy día proliferan los "periodistas" ciudadanos es la creciente desconfianza popular hacia los grandes medios de comunicación. Es una desconfianza justificada y, cuando uno trabaja el tiempo suficiente en ellos, comprende bien por qué. Creo que he citado en alguna ocasión en esta bitácora a John Swinton, quien fuera redactor jefe nada menos que del The New York Times, el periódico que para muchos sigue siendo una especie de "palabra-de-Dios" (y no entiendo por qué ya que, como todos los medios de comunicación, es capaz de publicar las historias más prestigiosas e interesantes pero también las mayores barbaridades y tergiversaciones; en el caso de España, sus corresponsales y, sobre todo, sus editorialistas han demostrado sus limitaciones en más de una ocasión al hablar de nuestro país). No me importa traer a colación una vez más el famoso discurso de Swinton durante la cena organizada en su honor por sus compañeros con motivo de su jubilación. Es más, voy a publicarlo entero a continuación, aunque no es un secreto para nadie. Se conoce desde 1880, cuando lo pronunció, pero es perfectamente aplicable al año en curso. Sucedió que uno de sus colegas, entusiasmado y corporativista, propuso un brindis por la libertad de prensa. Y él contestó lo siguiente:

"- No existe lo que se llama prensa independiente, a no ser que hablemos de un periódico en alguna pequeña población rural. Vosotros lo sabéis. Yo lo sé. No hay una sola persona entre vosotros que se atreva a expresar por escrito su honrada opinión porque, si lo hicierais, sabéis perfectamente que no sería nunca publicada. A mí me pagan 150 dólares semanales para que no publique mi honrada opinión en el diario en el que he trabajado tantos años. Muchos de vosotros recibís un salario parecido por un trabajo similar. Si alguno de vosotros estuviera lo bastante loco como para escribir su honrada opinión se encontraría en la calle, buscando un empleo. Cualquier empleo, siempre que no fuera de periodista. El trabajo de periodista en Nueva York consiste en destruir la verdad, mentir claramente, pervertir, envilecer, arrojarse a los pies de Mammon (ese diosecillo del Mal del que también hemos hablado alguna vez en este blog), vender a su propia estirpe y a su patria, con tal de asegurarse el pan cotidiano. Vosotros lo sabéis, yo lo sé. Así que, ¿a qué viene esa estupidez de brindar a la salud de la prensa independiente? Somos herramientas y esclavos de hombres extraordinariamente ricos que permanecen entre bastidores. Somos sus marionetas, sus títeres: ellos tiran de los hilos y nosotros bailamos al son que ellos quieren. Nuestros talentos, nuestras posibilidades, nuestras vidas..., son propiedad de otros hombres. Somos prostitutos intelectuales."

Reconozco que para los menos informados resulta bastante duro pensar que las cosas no han cambiado mucho en los últimos 140 años. Sobre todo, para muchos periodistas que no llevan el tiempo suficiente trabajando en esta profesión como para descubrir cómo se mueven las cosas, más allá de cómo parecen moverse. 

En la época de Swinton, la mayoría de sus colegas era perfectamente consciente de lo que él contaba. En la actualidad, no. Hoy no hace falta disponer de tantos vigilantes pendientes de que se hable sólo-de-lo-que-hay-que-hablar como a finales del siglo XIX. No es necesario tener tantos censores en nómina por la sencilla razón de que en su defecto se aplica una autocensura brutal (inculcada a través de una educación permanente dirigida de forma peculiar) de cuya verdadera importancia no son conscientes muchos periodistas que creen actuar con libertad. A ello hay que sumar una suficiencia intelectual generalizada que dispara su egocentrismo haciéndoles creer que son más importantes de lo que realmente son. 

A lo largo de los últimos 35 años he conocido a muchos colegas de profesión que han confundido su rol. Conductores "estrellas" de programas audiovisuales que se expresan como auténticos predicadores (y no sólo de derechas; muy al contrario, proliferan más los de izquierdas), columnistas y tertulianos que siempre hablan con aplastante rotundidad y "de buena tinta" de casi cualquier cosa (aunque si rascas un poco en su conocimiento real, enseguida te percatas de que a menudo sólo están al corriente de aspectos superficiales), especialistas que llevan años cubriendo una materia concreta y se creen por ello más autorizados que las verdaderas autoridades en esa materia, becarios recién llegados a la profesión que se creen más capacitados que los que les llevan años y hasta decenios de delantera... 

Todos ellos han olvidado o, tal vez, se han ocultado a sí mismos, que el papel del periodista no es el de protagonista de la información, sino el de testigo directo de esa información. Un testigo privilegiado respecto al resto de la sociedad que, justamente por eso, soporta una carga importante de responsabilidad en su trabajo a la hora de trasladar al resto de los ciudadanos lo que han tenido ocasión de ver en primera fila. Un testigo que debe guardarse sus propias opiniones para no influir en la información con la que trabaja: debe ser el cauce que conduce el río desde la montaña hasta las poblaciones del valle, pero no el río mismo.

Para aquéllos que se frotan las manos en este momento diciendo "después de todo, me está dando la razón", tengo un mensaje breve pero contundente: que haya muchos periodistas cuyo trabajo final sea dudoso porque ejercen su oficio bajo presiones y manipulaciones no quiere decir que los "periodistas ciudadanos" puedan suplirles porque éstos últimos están sometidos a presiones y manipulaciones similares que les hacen igual de poco fiables o aún menos. 

Tomemos un ejemplo claro: Julian Assange. ¿Quién es Assange? "Un periodista perseguido por EE.UU. por publicar verdades que avergüenzan al gobierno norteamericano y que lucha por la libertad de prensa y la transparencia informativa" es una de las respuestas típicas que me han dado distintas personas al hacerles esta pregunta. Pero no es cierto que sea periodista. A pesar de que Wikipedia, esa especie de Biblia-sagrada-de-las-enciclopedias que es mucho menos fiable que cualquier enciclopedia clásica, le describe como "programador, ciberactivista, periodista y activista de Internet australiano", no existe constancia alguna de que Assange haya trabajado (ni estudiado) jamás como periodista. De este proclamado (no se sabe muy bien por quién) icono de la libertad informativa mundial sólo está claro que se ha dedicado a la programación informática (suele ser un buen refugio oficial para los hackers) y que fundó una web, WikiLeaks, a través de la cual ha publicado documentos secretos de algunos gobiernos e informes anónimos (que pueden ser suyos o no), con denuncias e informaciones diversas. Algunas de ellas parecen ciertas pero otras no, o al menos no han podido ser comprobadas. 

De hecho, para ser un supuesto "amante de la transparencia y la libertad de información" hay muy poca información disponible acerca de él. Aparte de su supuesto origen australiano, nadie parece saber a ciencia cierta dónde nació, ni cuándo, ni a qué se dedicaba su familia, ni qué estudió exactamente (se dice que estuvo en casi 40 escuelas y en media docena de universidades australianas, pero no tiene ningún título oficial de ninguna carrera), ni en cuántos países diferentes ha estado ya que parece ser lo que vulgarmente se conoce como "un culo de mal asiento", ni de qué ingresos ha vivido la mayor parte del tiempo. Por no haber, no hay ni siquiera un informe público sobre las cuentas de WikiLeaks: cuánto dinero maneja, de quién lo recibe y en qué lo gasta. Con un perfil de ese tipo, Assange igual podría ser un agente encubierto de algún servicio secreto. O de alguna organización, también secreta, no al servicio de ningún gobierno. 

Pues bien, este "periodista ciudadano" tan conocido y de historia personal tan significativamente oscura ha sido considerado (incluso a día de hoy lo sigue siendo entre las personas más ingenuas) una especie de gurú mucho más fiable que los periodistas capacitados, cuando a estas alturas está más que demostrado que, como todos los homo sapiens, también tiene un precio. Las investigaciones judiciales en marcha por el gran circo del independentismo catalán han permitido encontrar la factura que acredita parte de los pagos que el "honorable" Puigdemont y sus secuaces dedicaron al lobby encargado de apoyar internacionalmente su proceso de sedición. Un total de 2,3 millones de euros de los presupuestos de todos los ciudadanos catalanes (sólo durante 2017..., podemos echar cuentas de lo que llevan malversado los independentistas desde que Artur Mas decidió dar vía libre a este delirio) se destinaron a comprar la opinión de personajes conocidos para que apoyaran el proceso independentista. Entre esos famosillos figuraban Yoko Ono -esa conocida intelectual y no menos inspirada compositora musical- y..., vaya, vaya, el propio Assange.

Así que ahí tenemos al avispado investigador, el defensor de la transparencia informativa, el descubridor de los grandes secretos que ocultan los gobiernos, el luchador infatigable por la libertad..., que tan capacitado se ha creído para descalificar a España por su "insoportable opresión" a los "pobres catalanes" cobrando un montón de dinero para hablar sin saber de lo que habla. Por ejemplo, mostró su absoluta ignorancia respecto a uno de los medios online más populares en Cataluña y en el resto de España: El Mundo Today. Ésta es una de las webs más divertidas que puede encontrarse hoy en las redes españolas y, en cierto momento, quiso hacer una broma sobre la combatividad proindependentista de Assange con uno de sus tuits humorísticos. El "periodista" australiano saltó como un león confundiendo a El Mundo Today con el diario El Mundo y haciendo incluso su propio chiste malo al decir que era un diario "estúpido today (hoy), mañana, siempre". Incluso cuando otro usuario de Twitter le explicó más tarde que se equivocaba, Assange se refirió a El Mundo como un medio "ferozmente estúpido".

Leer a Assange en todo lo referido al tema catalán es deliciosamente desmitificador ante la sarta de tópicos (Inquisición incluida, of course, como no podía ser menos), mentiras e invenciones que ha utilizado este individuo mano a mano con los independentistas, sobre todo a través de Twitter. Véase el caso de este otro mensaje que se hizo también muy famoso, y en el que un señor que presume de conocer bien a España y a Cataluña es incapaz de referirse correctamente a uno de los personajes más populares de la Historia de ambas: el escudero de don Alonso Quijano, alias don Quijote. O sea, a Sancho Panza, al que calificó como ¡¡Pancho Sánchez!! (lo que por cierto tuvo como víctima indirecta al actual líder socialista Pedro Sánchez que durante los días siguientes a la publicación de este tuit tuvo que soportar numerosas alusiones a su nombre como Pancho en lugar de Pedro). El tuit, por cierto, muestra también el desconocimiento del independentista de turno, que se queja de "la clase de españoles que hemos tenido que enfrentar en los últimos 300 años"..., como si Cataluña no fuera parte de España no desde hace 3 siglos sino desde hace milenios, y así lo atestiguan los documentos de la ocupación romana. E incluso el famoso papiro de Artemidoro, geógrafo griego que vivió entre finales del siglo II a.C. y principios del I a.C., que explicaba que en su época ya se consideraba toda la península ibérica, Portugal incluida, como una unidad.

No quiero terminar este artículo sin apuntar un hecho importante. Dije antes que en 35 años he encontrado muchos periodistas confundidos. Pero quiero dejar constancia de que también he conocido a bastantes colegas que, aunque minoría, son perfectamente conscientes de quiénes son, a qué se dedican y cuáles son sus deberes profesionales. Gente que conoce el panorama y sabe las dificultades que conlleva este oficio cuando uno quiere practicarlo de verdad e informar correctamente a la sociedad. Héroes anónimos que luchan contra la autocensura y (cuando es necesario también) contra la censura pura y dura (que la hay, aunque sea soterrada, pero actúa de forma implacable para ciertos temas, más de lo que cualquier persona ajena al oficio podría imaginar) y que hacen lo posible y lo imposible por desarrollar esta profesión usando un concepto clave cuando hablamos de tratamiento de la información: honestidad. A menudo, estos periodistas de raza, que aún existen, no pueden publicar sus historias en los medios de comunicación donde trabajan, pero lo hacen a través de otros medios, como los libros de investigación o incluso los de ficción.

Un compañero de un diario económico me dijo hace algunos meses que, respecto a la profesión, se declaraba "pesimista a corto plazo y optimista a largo plazo". Estaba convencido de que aunque ahora las perspectivas sean muy malas (el Periodismo es, porcentualmente, el segundo sector más castigado en España por la última crisis económica -o, mejor dicho, financiera- después del de la construcción), con el tiempo la sociedad se hartará del caos informativo en el que vivimos hoy sumergidos y que es rentabilizado por todo tipo de oscuros intereses  (la manipulación informativa de los independentistas catalanes es un caso claro, maquillando imágenes de cargas policiales de los Mozos de Escuadra en años pasados para presentarlas como si hubieran sido hechas hace unos días por la Guardia Civil o la Policía Nacional, por poner un solo ejemplo). En su opinión, será la propia sociedad la que pida de nuevo el regreso de los profesionales. 

Veremos si es así. No estamos atravesando una crisis cualquiera, ni con el Periodismo ni con la civilización en general, sino una crisis mucho más grande, más de lo que parece y con consecuencias impredecibles... O ésa es al menos la opinión de Mac Namara, que últimamente siempre me habla de lo mismo, de que andamos metidos en un auténtico Kali Yuga que no está muy claro cuándo y, especialmente, cómo terminará.

Aunque, después de todo, cada cosa que empieza tiene un final..., y el final de una cosa implica siempre el comienzo de otra nueva.