Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 13 de octubre de 2017

Arcontes


En su lecho de muerte, el hombre contemplaba angustiado a su esposa, mientras ella trataba de contener las lágrimas, sin saber cómo aliviarle. Él ya no sentía dolor en la herida. O no sólo allí. La infección, y con ella el dolor agudo, se había extendido tanto que le oprimía casi en cualquier otra parte de su cuerpo mucho más que en el muñón. Cerró los ojos, como si al dejar de contemplar el mundo éste pudiera desaparecer y él lograra adquirir por fin un poco de paz. No le quedaba mucho. No le gustaba la idea de morir, pero su vida no había sido ningún camino de rosas y pensaba que, si existía un Dios al que dirigirse, pronto podría echarle en cara que le hubiera hecho sufrir tanto. Podría preguntarle qué sentido había tenido todo aquello: tanta hambre, tantos golpes, tantas humillaciones, tanto miedo, tanta incertidumbre, tantos esfuerzos vanos, tanta falta de amor. 

¿Qué se llevaría él de todo eso? ¿Para qué había servido la experiencia de su vida?

Había nacido y crecido pobre, en una familia de escasos recursos que vivía en una población olvidada de todos y donde podía disfrutar de pocas alegrías. Durante muchos años, su único horizonte había sido la labor en el campo. Siempre a rebufo de lo que el tiempo, caprichoso, quisiera hacer con los que se dejaban los lomos en la labranza. Incluso en los mejores años de cosecha, todo el trabajo de la temporada podía perderse de un día para otro por culpa de una inesperada visita del granizo o las lluvias torrenciales. A veces tenía que encargarse de los animales. No podía encariñarse con ninguno de ellos. Incluso en los años buenos para el ganado era bastante común que apareciera una partida de bandoleros o un recaudador de impuestos agobiado por sus superiores ante las necesidades siempre inagotables de la administración y dispuesto a requisar los animales que hiciera falta para cuadrar sus cuentas.

Mucho trabajo, poca comida, demasiados accidentes y enfermedades, nulas perspectivas de que el día a día cambiara en la comunidad...

Hasta que un día un hermano de su padre llegó de visita, con su uniforme colorido, sus armas impresionantes, su bolsa medio llena de dinero y sus palabras repletas de viajes y aventuras. Quiso irse con él casi de inmediato. Si alguien de la familia había logrado escapar de aquel pozo en el que llevaba toda la vida encerrado, él también podía hacerlo. Cuando le expresó su deseo a su padre, éste se negó en rotundo a quedarse sin dos brazos más en los trabajos de la granja y le dio una paliza. Por eso se escapó, siguiendo a su tío sin que éste se diera cuenta, cuando éste terminó su permiso y regresó con su ejército.

Se enroló sin pedir permiso a nadie y sin que tampoco le hicieran demasiadas preguntas: el imperio era grande y todos los hombres eran bienvenidos. Fue trasladado lejos de su tierra. En las filas militares encontró mejor atención y alimentación, además de formación, pero también aprendió lecciones duras acerca del rango y las exigencias para los soldados. Entró en guerra no mucho después y su bautismo de fuego fue muy común: terminó bañado en sangre ajena y orina propia, con los nervios destrozados, temblores en las manos, un horror inmenso en el alma y un enorme sentimiento de culpabilidad.

A partir de ahí, su vida no mejoró mucho más. De país en país, de guerra en guerra, de saqueo en saqueo. Mejoró como soldado y aprendió a matar cada vez más, cada vez mejor, hasta que llegó a ejercer su profesión sin sentir culpabilidad por ella, como si fuera el matarife que en su pueblo se dedicaba a degollar los cochinos. Aunque dejaron de impresionarle los muertos, el pozo que se abrió en su propio interior nunca volvió a cerrarse y por eso no le gustaba quedarse solo pues inevitablemente miraba hacia el agujero y contemplaba con espanto la posibilidad de caer en su interior. 

Tuvo amigos o, mejor dicho, camaradas. Al final, en una guerra terminas luchando no por tu bandera ni por tu rey, sino por los que están contigo, codo con codo, frente al enemigo. Por los que están empapados de barro y muertos de miedo como tú, aguardando la carga de los que están en frente. Por los que te echarán una mano si resbalas o te hieren, como tú harías con ellos. Por los que comparten tus raciones, tu munición, tu gloria y tu derrota.

Conoció a muchas mujeres, algunas apenas durante unas horas y contra su voluntad durante los permisos de saqueo de las ciudades enemigas, pero jamás encontró el amor con ninguna. Terminó por casarse con una de las barraganas que seguían al ejército. No era especialmente hermosa, ni por fuera ni por dentro, pero decidieron unirse en matrimonio porque congeniaban bien, tenían el mismo sentido del humor pleno de escepticismo y sarcasmos y se hacían mutua compañía especialmente en los días más duros de las campañas. 

Y su vida fue la del cereal, triturado una y otra vez por el molino de la existencia.

Hasta que aquella bala de cañón le arrancó la mayor parte de su pierna izquierda. Permaneció en el suelo lo que le pareció un tiempo muy largo, un período indefinido durante la mayor parte del cual perdió la conciencia, aunque no debió de estar mucho rato porque se habría desangrado y lograron rescatarle de primera línea. Le habría dolido menos si hubiera muerto entonces. La herida se le infectó y los días siguientes fueron terribles.

Con la frente brillante por el sudor y presa de fuertes temblores, abrió los ojos y miró a su esposa una última vez. "Qué vida más absurda, nada tiene sentido", pensó para sí una vez más, antes de maldecir a Dios. Cuando estuviera delante de Él, si es que realmente existía, le iba a decir cuatro cosas, hasta quedarse a gusto. De todas formas, con todos los crímenes que había cometido en las guerras del imperio ya estaba más que condenado al infierno, así que no temía contrariarle.

Finalmente expiró.




.......



- ¿Qué tal la experiencia? -preguntó el arconte manipulador, mientras terminaba de reanimar al arconte viajero de almas.

- ¡Fabuloso! ¡Me ha encantado! -contestó el viajero, todavía aturdido, luchando por recuperar su conciencia completa.

- ¿Es la primera vez que viaja a la Tierra? -se interesó el manipulador, masajeando al viajero tras ayudarle a incorporarse y quedar sentado.

- Sí, me habían hablado muy bien de esta experiencia pero no estaba muy convencido..., hasta ahora. No tiene nada que ver con los plácidos recorridos por mundos más desarrollados que llevo probando toda la vida. Se me hacían muy aburridos ya.

- Aquí es todo mucho más material.

- ¡Sí, deliciosamente primitivo! He experimentado un montón de cosas: el dolor, el sexo, el odio, la amistad, la rabia..., todo tipo de apetitos. ¡Hasta he tenido miedo! ¿Se da cuenta? ¡Miedo! Me siento completamente revitalizado.

- Los homo sapiens son muy animalescos todavía, muy poco desarrollados. Siempre se nos escapan algunos, es inevitable, pero en general se puede trabajar con casi todos. Y se les puede extraer casi el 100 por 100 del jugo de su experiencia. Si le gusta el miedo en especial, puedo recomendarle varios viajes concretos a otras épocas y lugares de la Tierra.

- Sí, por favor. 

- Bien -dijo el manipulador dando por terminado el masaje-, pues vístase y, cuando termine, venga a verme y reservamos una fecha para insertarle de nuevo. 










viernes, 6 de octubre de 2017

Soy un 'kuros'

 Sí, ya sé que mis lectores más acérrimos (no son muchos pero sí muy fieles: muchas gracias) me han echado de menos en esta bitácora. Sí, ya sé que McNamara ha hecho mutis por el foro y no se ha dignado hacer acto de presencia por aquí (ni siquiera estaba en el apartamento del campus, cuando he regresado esta semana de mi última estancia en Walhalla). Sí, ya sé que tres meses parecen muchos para estar por ahí de vacaciones rascándose (aparentemente) la barriga. Pero... En realidad, de vacaciones han tenido poco, demasiado poco. No voy a airear mis penas por aquí. Sólo repetiré algo que creo que he dicho una docena de veces y es que no termino de entender a la gente que dice que su vida es aburrida. O sí: si alguien tiene la osadía de decirme algo parecido, suelo preguntarle si está muerto. A veces se me ofenden mucho cuando digo eso pero es que no se me ocurre cómo alguien puede aburrirse en esta vida con lo entretenida que es. 

Como cada vez dispongo de menos tiempo, especialmente para mis cosas, he dedicado buena parte de lo que me queda a uno de mis vicios favoritos: leer. Estas últimas semanas he leído algunos textos curiosos, otros apenas entretenidos y algunos francamente desechables. Entre todos ellos, me he encontrado con una sorpresa deliciosa: el libro del filósofo británico Peter Kingsley titulado En los oscuros lugares del saber.


Confieso que lo conocía desde hace tiempo pero nunca le había hecho ni caso. De hecho fue editado por Atalanta nada menos que en 2006. Su peculiar portada en tonos azules con la efigie de un kuros dotado de su característica y mefistofélica sonrisa arcaica es muy llamativa y había visto el libro en varias de mis innumerables visitas a esos antros de perdición que para mí son las librerías (las califico así porque cada vez que entro en una salgo con varios textos bajo el brazo y luego MacNamara me llama la atención, y con razón, porque no caben en el apartamento donde vivimos). Sin embargo, nunca llegué a interesarme por el libro. Quizá porque este tipo de esculturas nunca me han gustado demasiado y la portada me echaba para atrás, quizá porque intenté hojearlo un par de veces pero no hubo manera de hacerlo pues la editorial lo ponía a la venta enfundado en un fino plástico que hacía imposible echarle un vistazo a gusto, quizá porque acababa de comprar algún otro texto ese mismo día y no quería castigar más mi economía, quizá porque... 

No, en realidad, no me interesé por él porque no era el momento de interesarme por él. Es lo que suele suceder siempre: todo llega cuando uno está dispuesto para recibirlo. No antes.

Un compañero de clase en la Universidad de Dios me lo recomendó encarecidamente justo antes del verano. "Acabo de leerlo y me ha gustado mucho. Léelo, estoy seguro de que te va a encantar", me dijo totalmente convencido. Y, según recibí su consejo, ni siquiera me tomé la molestia de acercarme físicamente a una librería. Lo encargué vía Internet y lo compré. No es que yo haga mucho caso a lo primero que me dice un amigo..., es que en este caso estoy hablando de un compañero especialmente querido, al que admiro a título personal, y que lleva más tiempo que yo de alumno en este centro universitario tan especial, aunque ambos coincidimos en la actualidad en el mismo curso (ya he contado en otras ocasiones lo complicado que resulta progresar en la carrera de Dios). Confío por completo en su criterio porque le conozco muy bien y él, a mí. Somos muy parecidos. Así que adquirí el ensayo de Kingsley y me lo llevé a Walhalla para leerlo con tranquilidad.


Lo primero que me llamó la atención al abrir el libro fue la encuadernación interior, con un par de esfinges en los mismos tonos azules abriendo camino hacia el texto, como si fueran las guardianas de un templo de papel. Y, nada más comenzar la lectura, en su segundo párrafo, el autor desvela sin ambages que su obra "trata, sobre todo, del engaño: del engaño absoluto del mundo en que vivimos, así como de lo que hay detrás". Un comienzo prometedor, pensé, antes de encontrarme con la siguiente declaración de intenciones: "Esta vida de los sentidos no puede satisfacernos, aunque el mundo entero nos diga lo contrario. Su propósito nunca fue satisfacernos. La verdad es sencilla, de una hermosa sencillez: si queremos crecer, convertirnos en verdaderos hombres y mujeres, tenemos que enfrentarnos a la muerte antes de morir. Tenemos que descubrir lo que es para poder escabullirnos entre bastidores y desaparecer." ¡Caramba! Kingsley hablaba como un alumno de la Universidad de Dios. Y, un poco más adelante, defendiendo esa acertada idea de que los europeos que aspiran a seguir un camino espiritual no necesitamos peregrinar al Tíbet ni consumir peyote ni dibujar mandalas orientales ni someternos a ninguna otra cháchara ajena, "lo que no se nos ha dicho es que, en las mismas raíces de la civilización occidental reside una tradición espiritual confeccionada por unos místicos que paradójicamente eran intensamente prácticos. Tan prácticos que hace miles de años sembraron las semillas de la cultura occidental y dieron forma a la estructura del mundo en que vivimos".
  
Después de esto, el amigo Kingsley me tenía ya en el bote. Me leí el libro de un tirón y, como otros textos que he recomendado en el blog, me limitaré ahora a reproducir algunos fragmentos que me han gustado sobremanera. Ha sido una selección difícil porque querría haber incluido unos cuantos más. Sin embargo, me he forzado a refrenar mis ansias porque, si no, al final tendría que incluir aquí prácticamente un pdf del libro entero y eso no tiene ninguna gracia. Si un autor ha escrito algo interesante, o lo ha filmado, o lo ha grabado, o lo ha reproducido de la manera que sea, debe ser recompensado por ello a través de la compra de su obra. Así que, sin más, aquí van estas píldoras extraordinarias:

* "En general, lo que no tenemos delante de los ojos es más real que lo que vemos. Eso es así en todos los niveles de la existencia. Pero la ausencia es demasiado difícil de soportar de manera que en nuestra desesperación inventamos cosas para echarlas de menos (...) el mundo nos llena de sucedáneos e intenta convencernos de que nada falta, pero nada tiene la capacidad de llenar el vacío que sentimos en nuestro interior, de manera que tenemos que ir sustituyendo y modificando lo que inventamos mientras nuestro vacío proyecta su sombra sobre nuestra vida..."

* "Parménides, conocido como 'el padre de la filosofía', escribió un poema (...) la última parte del poema empieza con las palabras de la diosa: 'ahora voy a engañarte' y a continuación pasa a describir en detalle el mundo en el que creemos vivir..."

* "Para la sabiduría, es una combinación perfecta ocultarse en la muerte. Todo el mundo huye de la muerte, de manera que todo el mundo huye de la sabiduría, excepto quienes están dispuestos a pagar el precio e ir contra la corriente (...) morir antes de morir exige un valor tremendo. Nuestros anhelos pocas veces son gran cosa, apenas consisten en ir de un deseo a otro, nos dispersamos por todas partes buscando una cosa u otra, satisfacer nuestros deseos sin satisfacernos a nosotros mismos. Y nunca podemos estar satisfechos..." 

*"'Kuros' es una palabra antigua, más incluso que la lengua griega (...) no se refiere sólo a un joven, a alguien menor de treinta años, sino al héroe, al hombre de cualquier edad que todavía veía la vida como un desafío. Al que se enfrentaba a ella con todo su vigor y pasión, que todavía no se había retirado para ceder el paso a sus hijos. La palabra indicaba la calidad del hombre, no su edad. Y estaba también estrictamente relacionada con la iniciación, pues el 'kuros' se encuentra en la frontera entre lo humano y lo divino, tiene acceso a ambos mundos, ambos lo aman y reconocen. Sólo como 'kuros' pueden superar los iniciados la prueba del viaje al más allá (...) Descender a los infiernos cuando se está muerto es una cosa. Ir allí mientras se está vivo, preparado y consciente, y aprender de la experiencia, es otra bien distinta."

* "El éxtasis de Apolo era distinto del éxtasis de Dionisos. No tenía nada de desenfrenado o inquietante. Era intensamente privado, personal. Y tenía lugar en una inmovilidad tal que podía no advertirse o podía tomarse por otra cosa (...) uno de los nombres que se daba a esos sacerdotes de Apolo era 'caminantes celestes' (...) Una de las señales que marcaba el punto de entrada a otro mundo es que se oye una profunda vibración producida por un sonido de flauta, silbato o siseo, como el de la serpiente (...) los textos místicos griegos explican que este siseo o sabido, este sonido del silencio, es el sonido de la creación. Es el ruido que hacen las estrellas y los planetas mientras giran en sus órbitas (...) un himno órfico da incluso al Sol el título de 'syriktes', el flautista..."

* "Tiene mérito: hemos conseguido crear la ilusión de que somos más sabios que las gentes de tiempos anteriores (...) El hecho es que estas cosas tienen una manera asombrosa de protegerse. E incluso lo que en algunos momentos podría parecer obvio, al siguiente no lo es en absoluto. Eso es exactamente lo que sucede cuando uno se vincula con una realidad que, como la de los héroes, pertenece a otro mundo."

* "Un 'fata' -en árabe- o 'javanmard' -en persa- es un 'hombre joven' igual que el griego 'kuros' y con el mismo significado de hombre de cualquier edad que ha ido más allá del tiempo y el espacio en un viaje iniciático en el que ha llegado al corazón de la realidad, donde había encontrado lo que nunca envejece ni muere. Entre los sufíes y otros místicos, especialmente en Persia, se decía que estos 'hombres jóvenes' siempre existen en algún lugar de la tierra, sin vinculación a país o religión concretos, por una sencilla razón: porque el mundo en el que vivimos no podría sobrevivir sin ellos. Sólo a través de ellos el hilo que une a la humanidad con la realidad permanece intacto (...) se expresaban en acertijos porque no estaban interesados en dar respuestas fáciles o teóricas. Su objetivo era hacer que uno percibiera dentro de sí mismo aquello sobre lo que otros podrían limitarse a pensar o hacer. Tenían la capacidad de transformar a la gente, de conducirla a través de un proceso de muerte y renacimiento hasta lo que está más allá de la condición humana, de llevar a los huérfanos de regreso a la familia a la que siempre habían pertenecido..."



¿Acaso no bastan estos prometedores párrafos para llamar la atención sobre el pedagógico contenido del libro de Kingsley? Si yo hubiera leído uno sólo de ellos cuando el texto se editó por vez primera, lo más probable es que no hubiera esperado tantos años a leerlo: me lo habría comprado en aquel momento. Pero ya digo: las cosas vienen como vienen.

Aún me gustaría añadir un párrafo más, para terminar, de En los oscuros lugares del saber porque creo que encaja a la perfección con el tiempo en el que vivimos y rearma moralmente a los que llevamos tanto tiempo luchando contra la tiranía ejercida por las hordas del buenismo y lo políticamente correcto. Y es ese fragmento en el que el filósofo británico desmiente la falsedad según la cual es necesario rendirse sin condiciones (como un frágil judeocristiano frente a los hambrientos leones del coliseo) ante culturas y tradiciones foráneas, así como respetar la opinión ajena aunque ésta sea venenosa, malvada y criminal. Kingsley recuerda que los miembros de las antiguas Escuelas de los Misterios, como los pitagóricos (y seguramente como el propio Parménides), "luchaban si era necesario defender su vida, sus leyes y sus tradiciones: contra las tribus locales y también contra la amenaza ateniense (...) La historia del armamento en Occidente se desarrolló gracias a ellos. Inventaron distintos tipos de artillería basados en los principios de la armonía y el equilibrio que se convirtieron en la forma habitual de esas armas durante casi dos mil años. Para ellos, hasta la guerra era una gran armonía que ejecutaba el comandante de artillería y se oía en las cuerdas de la catapulta. En lo que a ellos respectaba, la armonía no era ningún ideal celestial. Y no tenía nada que ver con las ideas sentimentales de dulzura y paz". Eran, en consecuencia, guerreros integrales. En lo físico también, aunque principalmente en lo espiritual.

Saludos. Aquí comienza un nuevo curso en la Universidad de Dios.






viernes, 30 de junio de 2017

Fin de curso

En cierta ocasión, el escritor y guionista británico Alan Moore comentó en una entrevista que él no creía en las teorías de la conspiración porque no eran necesarias para explicar todas las cosas malas, y también las raras, que suceden en el mundo. Bastaba, a su juicio, con la estupidez humana: el vicio supremo que estaría en la base de prácticamente todas las barbaridades que ha cometido -y sigue cometiendo a día de hoy- el homo sapiens con un empeño digno de mejor causa, como reza el tópico. Es una opinión curiosa y desde luego discutible, viniendo de un autor que ha reconocido practicar, entre sus actividades privadas, magia ceremonial y cuya obra incluye algunas de las piezas fundamentales del cómic contemporáneo como Watchmen -un gran tebeo illuminati, muy bien contado- o V de Vendetta -esa descripción del futuro que es cada vez más presente-, sólo por citar las dos más conocidas y, por cierto, imprescindibles para todos los lectores de esta bitácora.

Cuando uno lleva tanto tiempo estudiando en la Universidad de Dios, y encima con un compañero de piso como MacNamara, no puede sino sonreír cuando alguien le mira por encima del hombro mientras le reprocha que "creas en todas esas tonterías de sociedades secretas y gobiernos ocultos, sacadas de una novela de Dan Brown, como si fueras un adolescente o un tipo inculto y sin estudios". En realidad sucede al revés: es Brown -y otros muchos autores que escriben novelas sobre este tema- quien extrae algunos apuntes de la realidad para escribir luego las tramas de sus ficciones que, a menudo, no lo son tanto. Y también resulta interesante este otro punto: precisamente los mayores teóricos de la conspiración con los que he tenido ocasión de hablar durante estos años y los que más sabían sobre el tema -incluyendo a MacNamara, por supuesto- no eran frikis supersticiosos y enloquecidos del estilo del Jerry Fletcher interpretado por Mel Gibson en Conspiracy Theory, sino gente muy bien educada, con los pies en el suelo, con conocimientos, posición social y contactos y, de puertas para afuera, desinteresados por todas estas cosas aunque en privado fueran más apasionados que mi gato conspiranoico.

Según estos expertos, uno de los principales objetivos de los Amos, pasaría por reducir sensiblemente la población mundial para poder "guiarla" mejor y evitar, de paso, que un número excesivo de personas terminara destruyendo los recursos naturales del planeta. Como no habrían sido capaces de conseguirlo, digamos, por las buenas -creación de todo tipo de anticonceptivos, promoción gigantesca del aborto, control de la natalidad limitando incluso por ley el número de hijos permitidos, etc.- ahora estarían en camino de hacerlo por las malas a través de diversos métodos -desatando una nueva guerra mundial, creando una epidemia masiva, desarrollando armas climáticas que generaran colosales catástrofes incluyendo la ruina de la agricultura para provocar grandes hambrunas, etc.- y encima lo habrían anunciado de distintas formas para jactarse de ello. Una de ellas, bien conocida entre los aficionados a la conspiranoia, mereció su propia entrada en este blog ya durante sus comienzos, allá por febrero de 2010, y se refería a las misteriosas Piedras Guía de Georgia en EE.UU., que nadie sabe -públicamente- quién edificó.

Se trata de varias losas de granito colocadas en forma de aspa en las que aparece grabada, en ocho idiomas diferentes entre los que se incluye el español, una serie de normas pro globalización y gobierno mundial que se supone deben conducir al homo sapiens hacia una nueva era de prosperidad basada en la razón. El primero de los "mandamientos" allí inscritos reclama "mantener la humanidad por debajo de los 500 millones en perpetuo equilibrio con la naturaleza" y el último también hace referencia  a la misma advirtiendo que el hombre no puede ser un "cancro" o cáncer para el planeta, al que es necesario "dejarle espacio". Confieso que la primera vez que tuve noticia de la existencia de este peculiar monumento me inquieté pensando en el sacrificio masivo, el gran holocausto, que supondría inmolar sobre el altar de la "razón" a la mayor parte de la humanidad. Según los últimos datos facilitados por la ONU, en este momento existen unos 7.350 millones de homo sapiens sobre la Tierra así que, para reducir esta cantidad a los 500 exigidos por las piedras de Georgia, ¡haría falta asesinar, como mínimo, a 6.850 millones de personas!

Confieso también que, a día de hoy, me doy cada vez más miedo a mí mismo porque empiezo a estar de acuerdo con la necesidad de reducir el personal que se pasea por el planeta (aunque no eliminándolo físicamente, como es lógico), viendo cómo anda el mundo a todos los niveles... Porque nadie medianamente informado puede negar que vivimos una verdadera decadencia global, disfrazada de "era dorada" gracias a los avances científicos y tecnológicos. Como no puede negar que, por mucho que esto pueda escandalizar a la gente desinformada, existen demasiadas supuestas personas que en realidad no son tales, sino animales disfrazados de personas (capaces de maltratar, violar, asesinar y saquear sin ningún problema) o, peor, robots con esa misma apariencia pero completamente muertos por dentro. La sociedad está desequilibrada y tambaleante, por completo atemorizada y muy confusa respecto a lo que debe hacer. Sin salir de España, la hipocresía y la corrupción que campan a sus anchas en los partidos de derecha mantienen un duro pulso con el odio y la incompetencia que rezuman los partidos de izquierda, mientras unos y otros alientan la irresponsabilidad, el hedonismo y la destrucción moral de la ciudadanía en general con un sistema que demasiado a menudo prima la injusticia, el oportunismo y la ausencia de valores personales y comunitarios. Eso sí, todo muy bien cubierto por bellas palabras, gestos de magnanimidad y concentraciones sentidas. Ojo, esto no está pasando sólo aquí, sino a nivel europeo (lo de los últimos años ha sido, sencillamente, escandaloso, aunque no se pueda contar en voz alta en la Europa de la "libertad" de prensa) y, aún más allá, a nivel mundial.

Cada vez que alguien expone este tipo de razonamientos, siempre surge un ingenuo que justifica la situación: "sí, pero a pesar de todo vivimos mucho mejor que en cualquier otra época de la antigüedad, con comida para todos, asistencia sanitaria, seguridad social y otros avances por los cuales prefiero mil veces vivir ahora que en la época de los faraones, los césares o los templarios". ¿De verdad las mejoras materiales compensan la esterilidad espiritual? ¿La comodidad física es preferible a la riqueza interna? ¿El sedentarismo y la esclavitud de la pantalla valen más que el descubrimiento personal del mundo? Sugiero a estos ingenuos que recuerden bien sus argumentos el día de su muerte y que traten de emplearlos consigo mismos cuando tengan que juzgar lo que hicieron durante su existencia y echen la vista atrás. Homero lo explicó en su Ilíada cuando relató cómo Aquiles hubo de escoger entre una vida corta pero luminosa, que le proporcionaría gloria y reputación, y otra larga y pacífica pero anodina, mediocre y, a la postre, inútil. Sabemos cuál eligió y, durante mucho tiempo, su ejemplo inspiró a generaciones. Hoy, la mayoría de chavales ni sabe quién fue Aquiles ni, mucho menos, Homero: su inspiración está en un jugador de fútbol, un personaje de un programa de telebasura o un youtuber...


¿Qué se puede hacer ante el desolador panorama del Kaly Yuga que se despliega a nuestro alrededor? Se lo he preguntado muchas veces a MacNamara -y a otras personas de cierto peso- y siempre he obtenido la misma respuesta: nada. Nada a nivel global, ni siquiera a nivel nacional o local... Sin embargo, sí podemos hacer todo, a nivel personal. Epícteto, nuestro profesor de Filosofía en la Universidad de Dios, lo dejó escrito hace mucho tiempo y nos lo repite de manera periódica en clase: sólo se puede controlar lo que de uno directamente depende y, por tanto, sólo de ello debemos preocuparnos. Así que ahí está nuestro único objetivo a la hora de trabajar: nosotros mismos. No es egoísmo. Es que, simplemente, nos está vetado hacer absolutamente nada por nadie. La tarea es individual. Por ello, debemos escoger el camino de Aquiles y "vivir peligrosamente" puesto que, como decía mi querido Hölderlin, "donde impera el peligro, crece también lo que nos salva". La tarea es, pues, mejorarnos a nosotros mismos cada día, alimentar nuestro fuego interior, autoconstruirnos con fuerza y dedicación, limpiar nuestros vicios e imperfecciones, pulir nuestras virtudes, tallarnos y limpiarnos una y otra vez sin desfallecer, crecer en todos los sentidos y campos posibles. Emular aquel conocido poema de Kipling: If... (Si...) Y todo ello, despreciando el miedo a la muerte o a cualquier otro tipo de catástrofe, la incertidumbre política o económica, las chucherías del entretenimiento fútil, los anzuelos del sistema para nuestro narcisismo o nuestra envidia..., así como el resto de imaginativas trampas que encontraremos por el camino.

"¿Y qué? Aunque consiguieras convertirte en un superhombre moral y espiritual, aunque tú te salvaras de manera individual, ¿de qué le serviría eso al mundo?", reprocha una de las muchas personas desesperanzadas que nos rodean..., sin darse cuenta de que la Historia de nuestra civilización, la de todas las culturas que han existido desde que la Humanidad comenzó su aventura, nunca ha estado protagonizada por pueblos, ni por países, ni siquiera por imperios, sino por individualidades. Han sido hombres y mujeres concretos, con nombres y apellidos, los que con sus decisiones y acciones particulares han movido los acontecimientos históricos generales afectando a miles, cientos de miles, a millones de personas cuyas vidas hubieran sido muy diferentes si esos seres únicos, cada uno de ellos, no hubiera intervenido en el devenir de sus respectivas sociedades en un momento dado. Nadie puede dar lo que no tiene en sí mismo.

Por tanto, prohibido caer en el desánimo, por impactante que sea el desfile de monstruos al que nuestra época nos obliga a asistir. Si hay algo que he aprendido, a lo largo de tantas vidas ya, es que, a pesar de las apariencias, todo tiene un sentido. Incluso las piezas más extravagantes, crueles, dolorosas o incomprensibles de nuestra vida terminan encajando de alguna forma en el rompecabezas final. Todo tiene, en el fondo, un porqué, una razón de ser, aunque en este momento exacto de nuestra existencia seamos incapaces de verlo o desentrañarlo.

Y a seguir trabajando, cada uno en lo suyo. En lo que a mí respecta, regreso a mi Valhalla natal tras el cierre de un nuevo curso, como todos los años por estas fechas, para descansar un poco (que me lo tengo merecido, por cierto) así que éste es el último artículo de la temporada en Fácil para nosotros. A no ser que a Mac Namara se le ocurra pasarse por aquí durante los próximos meses para dejar su huella con algún texto sorpresa, no habrá novedades hasta el próximo mes de octubre. No obstante, dejo a mis pacientes lectores con dos novedades para que se entretengan hasta entonces. La primera es mi último ensayo, Errores militares (recentísimamente publicado por Redbook Ediciones dentro de su colección de Historia Bélica), que constituye mi tercer libro dedicado a la Segunda Guerra Mundial en los últimos cuatro años. Contiene, como los anteriores, una serie de informaciones que, honestamente, creo que serán útiles para los interesados por este asunto ya que no aparecen en la mayoría de los libros de este género. 

La segunda novedad es mi nueva novela, la cuarta ya, que publicaré -dentro de pocos días- con el título de Tuerto (en Alberto Santos Editores). Es la primera incursión dentro del ciclo de fantasía heroica bautizado como Crónicas del Dios Demente que, en principio está compuesto por tres libros y que, estoy convencido, va a sorprender a más de uno. Llevo varios años trabajando en el desarrollo de este universo. Hablaremos de ella más adelante. Y de otros libros que espero aparecerán también en próximas fechas... 

La verdad es que 2017 va a ser uno de mis mejores años de publicación. Ahora falta por ver qué respuesta tienen los textos entre los lectores. Pero de eso me preocuparé cuando regrese de Valhalla. Ahora sólo deseo olvidarme de las tontas preocupaciones humanas y regresar a los salones de Wotan, para reencontrarme con las walkirias, decapitar cabezas de gigantes y ducharme con cerveza e hidromiel... 

¡Salud!













viernes, 23 de junio de 2017

Cuánto siempre te amé, Sol refulgente...

La adoración al Sol es uno de los denominadores comunes en la experiencia religiosa de los pueblos de la antigüedad. Era alabado en el momento del alba, se le mencionaba de manera expresa en diversos rituales, se le lloraba en los eclipses, era un vehículo específico de los dioses (o un dios en sí mismo), se festejaba de manera especial su poderío en el solsticio de verano, se le defendía durante la fragilidad del solsticio de inviernos, se le cantaba en público o en privado... Tal vez el homenaje más famoso sea el del Himno a Atón compuesto por Akhenaton hace unos 3.400 años: "...Disco viviente, que das comienzo a la vida, /al alzarte sobre el horizonte en el este/llenas todos los países con tu perfección./Eres hermoso, grande, brillante, alto por encima de tu Universo..."  En el sur de España, tenemos un símbolo también muy popular y directamente relacionado con él, en la zona de Almería: el indalo, en el que un hombre saluda al Sol naciente (no es un arco iris, no), con un diseño parecido al de Algiz, la poderosa runa de invocación a la protección divina que llega desde lo alto. Aunque hoy suele achacarse esta adoración exclusivamente al reconocimiento de la luz y el calor que provee nuestra estrella favorita, sin la cual no sería posible la vida en este planeta, cuando uno lee los escasos textos que conservamos de nuestros ancestros se percata de que los hierofantes se dirigían no al disco físico (o no sólo), sino más bien al espíritu solar contenido dentro del ardiente globo del cielo. 

Hoy sabemos, por cierto, que el Sol no es en realidad una especie de antorcha ardiendo allá en el cielo. No son llamas de fuego lo que irradia, sino explosiones de energía provocadas por la interacción entre los electrones y los protones de las nubes de gas de hidrógeno que, en su mayor porcentaje, lo componen. Los científicos creen que los estallidos en su núcleo interno poseen una potencia de hasta 90.000 millones de megatones por segundo, que se dice pronto, con temperaturas de millones de grados. La superficie solar, su "piel", está más fría, por decirlo así, con unos 5.700 grados centígrados. Las descargas energéticas producen lo que conocemos como llamaradas solares, que suben hacia el espacio y calientan la atmósfera sobre su superficie hasta unos 20.000 grados, antes de desvanecerse en el frío estelar.  En
abril de 2016, una llamarada espectacular en la zona conocida como Región Activa 2529 dejó una "pequeña" mancha sobre el astro rey, equivalente al tamaño de cinco veces la Tierra. Era de tal tamaño que se podía ver a simple vista sin necesidad de telescopio, aunque el Observatorio de Dinámicas Solares de la NASA, que siempre tiene un ojo encima de nuestra estrella, obtuvo unas imágenes claras del fenómeno. La Agencia Espacial Norteamericana determinó que, a pesar de todo, la gigantesca llamarada no era, en verdad, tan grande, pues apenas alcanzó una décima parte de las más intensas.

Supongo que a nuestros antepasados les había gustado disponer del conocimiento físico que hoy día tenemos de nuestra estrella y, desde luego, les habría encantado poder contemplar las fabulosas imágenes que nos han proporcionado nuestros satélites, pero sospecho que ellos tenían acceso a otro tipo de sapiencia que mucha gente consideraría hoy ciencia ficción. Por ejemplo, ¿y si el Sol no fuera un simple globo de gas ardiente? ¿Y si fuera un ser vivo? ¿Y si, además, fuera consciente de sí mismo y de cuanto le rodea? ¿No sería, así, un verdadero dios como creían nuestros antepasados, aunque no interviniera directamente sobre los asuntos humanos? Un dios como cualquiera de nosotros lo es para un puñado de insectos, a los que podemos elegir destruir o dejar vivir a nuestro capricho.

Estoy viendo ya desde aquí la nariz arrugada del 90 % no ya de los científicos que tenemos en la sala sino de los lectores no habituales que han recalado por esta bitácora sin darse cuenta de dónde se metían. Todas estas personas consideran nuestra estrella como un simple objeto físico, del que no cabe plantearse que pueda estar animado como nosotros. Y mucho menos, que contenga un espíritu en su interior (muchos no admiten que el ser humano pueda tener esa parte espiritual..., como para considerar la posibilidad de que un globo de gas caliente pudiera tenerla). Esto es porque se apoyan exclusivamente en la visión científica de las cosas. Es una versión fría, descriptiva, que se limita a inventariar una serie de datos fácil y comúnmente mensurables: "una bola esférica de plasma", "dotada de un movimiento convectivo interno", "estrella tipo G", "tipo de luminosidad V", etc.  Pero eso es como definir al ser humano y limitarse a decir que es un "homo sapiens perteneciente a la orden de los primates", "dotado de capacidades mentales y sociales", "capaz de transmitir conceptos abstractos y usar estructuras lingüísticas complejas", etc.

Particularmente, esa descripción puntual me parece muy del estilo de un  robot, no de un ser humano real, que a ese inventario limitado a lo corpóreo añadiría poesía, filosofía, emociones o -huid, esbirros del materialismo- incluso un alma. Insisto: ¿y si el Sol fuera en realidad un ser vivo, aunque no lo hayamos reconocido como tal, al menos hoy día? (otro día plantearé: ¿y si también lo fueran los planetas?) 

Hace unos seis meses el geólogo Robert Schoch, doctor y profesor de la universidad de Boston y tan popular como polémico por sus libros en los que explora la idea -que comparto- de que la civilización humana se desarrolló bastante antes de lo que hoy se acepta de manera oficial, publicó un curioso artículo en el que hablaba sobre el comportamiento del Sol y donde vertió varias ideas llamativas. Me quedo con las dos principales, a mi juicio. La primera idea incluye un necesario recordatorio de que el comportamiento del Señor de nuestro Sistema Solar es "errático desde una perspectiva humana moderna" incapaz de comprender (aunque sólo sea por falta de datos) sus ciclos y apunta que su estado durante los últimos 8.000 años ha sido "relativamente estable" incluso con períodos de "quietud", uno de los cuales derivó en lo que ahora llamamos "la pequeña edad de hielo" que duró más de tres siglos, hasta la segunda mitad del XIX-. Sin embargo, Schoch añade que, en la actualidad, el Sol "pasa por un período volátil con importantes altibajos en actividad" y "muestra los mismos signos de variabilidad extrema y desequilibrios que ocurrieron al final de la última edad del hielo" por lo que "podemos experimentar una importante erupción solar en un futuro muy próximo". De hecho, ya en julio de 2012 hubo una erupción "significativa" que no llegó a golpear la tierra "por poco". Algo que podría haber "destruido o comprometido gran parte de nuestra moderna tecnología e infraestgructura electrónica y eléctrica". De esto ya hemos hablado otras veces por aquí.

Por cierto, este científico recuerda que el comportamiento solar guarda una relación "íntima" con los cambios climáticos en la tierra, que a su vez afectan a la vida, incluyendo la humana. Con ello está sugiriendo lo que bastantes colegas suyos sospechan pero no se atreven a decir en voz alta, porque la teoría oficial ahora mismo y a la que resulta complicado contradecir sin desatar una gran bronca (y de paso quedarse sin fondos para la investigación) es que el cambio climático que se supone estamos viviendo es culpa del ser humano: es decir, que no, que no lo hemos provocado nosotros, según Schoch. Sí, polucionamos una barbaridad; sí, derrochamos otra barbaridad; sí, maltratamos al planeta una tercera barbaridad..., pero pensar que el homo sapiens tiene una capacidad real para influir en algo tan colosal como es la marcha de todo un ecosistema planetario es excesivo. Particularmente, siempre me ha parecido una muestra de la inmensa soberbia de la especie humana, que se cree más importante de lo que es. Y también he pensado que, antes de que lleguemos a hacer daño de verdad a la Tierra, ésta se encargará de destruirnos, como nos cuentan todos los mitos y leyendas que sucedió ya en el caso de civilizaciones anteriores a la nuestra. Ojo, esto no significa que dé un cheque en blanco para seguir polucionando, derrochando y maltratando alegre e irresponsablemente al planeta. Todo lo contrario. Si aspiramos a no seguir el mismo destino de los dinosaurios, hay que actuar ya, y hacerlo en serio. Trabajar en favor de la Naturaleza, no en su contra.

La segunda idea es aún más interesante para lo que hoy nos ocupa, porque Schoch habla del trabajo de su esposa, Catherine Ulissey, quien desarrolló una labor de observaciones solares diarias y descubrió un patrón sorprendente. Y es que las manchas solares muy activas "extrañamente disminuyen su actividad y producen llamaradas solares más pequeñas, e incluso parecen quedar temporalmente inactivas y finalizar su actividad, cuando tienen delante a la Tierra". Una vez que el Sol rota sobre sí mismo mientras la Tierra continúa su camino y las manchas dejan de estar frente a frente ante nuestro planeta "las mismas comienzan a encenderse de nuevo y aumentan su actividad drásticamente". Por increíble que parezca, "es como si el Sol fuera consciente de la presencia de la Tierra y tratara de evitar vomitar una erupción de gran calibre directamente sobre nosotros"Schoch lo compara con una persona que va a estornudar pero es capaz de contenerse el tiempo suficiente para darse la vuelta y evitar el estornudo sobre otra persona.

El profesor de Boston cita también el trabajo del físico neoyorquino Gregory Matloff, según el cual no ya nuestra estrella sino todas ellas en general se desplazan de una manera incoherente en torno a la galaxia pues "no parecen moverse de la manera que dicen las teorías estándares, como predicen las formulaciones basadas en la teoría de la gravedad de Newton". Sí, giran alrededor del centro galáctico pero se supone que las que están más cerca deberían hacerlo más veloces que las que están lejos (igual que sucede con los planetas: Mercurio tarda 88 días en completar uno de sus años u órbitas alrededor del Sol mientras que Plutón tarda 247 años y 256 días, por ejemplo). Pero... "éste no resulta ser el caso (...) es como si todas las estrellas estuvieran montadas en una enorme rueda giratoria". Por ello, Schoch sigue la especulación planteada por su esposa y se plantea que "otra explicación que también podría dar cuenta del comportamiento anómalo de las estrellas (...) es que son conscientes y se mueven de acuerdo a su propia voluntad".

Cita la definición de Matloff, que se refiere a una entidad consciente como "una que es capaz de volición" con la "suficiente conciencia de sí misma como para decidir realizar, o no, una acción seleccionada". Así, una estrella consciente podría "decidir alterar su movimiento para participar en la gran danza estelar cuando órbita el centro de sus galaxia" aunque precisa que, si así fuera, las estrellas no necesitarían "tener una conciencia de nivel humano o divino" sino disponer simplemente de un simple instinto de agrupamiento, "similar a un cardumen de peces que nadan juntos o a una multitud de aves que vuelan juntas". Entonces, estos cuerpos celestes serían capaces de cambiar sus trayectorias a placer, mediante la descarga de material. En el caso de las estrellas jóvenes, el proceso se haría de manera "intensa" para poder "ajustar su trayectoria" y, en el de las maduras, no sería preciso tanta potencia y podría bastar con la emisión de lo que conocemos como "viento solar" o partículas eléctricamente cargadas, que serían suficiente para cambiar su rumbo. La voluntad propia les permitiría tomar otras decisiones, como la de evitar lanzarnos llamaradas solares. Claro que, si el Sol puede hacer eso, también puede decidir en un momento dado achicharrar a la Tierra con una llamarada que termine una edad de hielo o..., destruya una humanidad corrupta.

La descalificación de esta hipótesis, aduciendo que una estrella no puede ser un ser consciente por el hecho de que no es un organismo biológico, constituye, a su juicio, un error pues los organismos biológicos no tienen por qué limitarse a ser "criaturas celulares basadas en el carbono" como los humanos. A día de hoy, investigadores de vanguardia como Sir Roger Penrose de la Universidad de Oxford o el norteamericano Stuart Hameroff de la de Arizona sostienen que la conciencia puede surgir incluso a nivel cuántico y, desde luego, no circunscrita a una definición tan estrecha como la que solemos usar. Schoch resume: la conciencia "puede ser inherente a la manifestación de la materia y existir en todas partes del universo" mientras que nosotros "podemos tener dificultades para reconocer la consciencia en otras formas de la materia". Incluso defendía la definición de posible inmortalidad de la que hablaba Ulissey para quien, cuando un humano muere, el hidrógeno que contiene en su cuerpo es "liberado" y parte de él escapa hacia el espacio con la información que potencialmente puede contener. Bajo la fuerza de la gravedad, ese hidrógeno es comprimido y puede terminar, junto al hidrógeno de muchas otras personas, dando origen a una estrella. De esta manera, un humano -en realidad, un montón de humanos juntos- podría renacer bajo la forma de estrella.

Lo he señalado varias veces pero no puedo evitar repetirme: resulta harto curioso cómo los científicos contemporáneos más abiertos de mente están manejando teorías y llegando a conclusiones cuyos conceptos ya eran comunes en las viejas Escuelas de Misterios. La Tradición siempre ha dicho que una estrella es el revestimiento físico en el que encarna un ser humano que ya es tan consciente de sí mismo, tan bello y poderoso y está tan desarrollado espiritualmente que, literalmente, "no cabe" en un simple cuerpo de homo sapiens y necesita adquirir otro que pueda contenerle y dentro del cual pueda seguir trabajando en el mundo material...

José de Espronceda, el más grande de nuestros poetas del Romanticismo -que falleció por cierto poco antes de que finalizara la pequeña edad de hielo- escribió un Himno al Sol en el que reconocía: "Cuánto siempre te amé, Sol refulgente./ Con qué sencillo anhelo,/ siendo niño inocente,/ seguirte ansiaba en el tendido cielo /y extático te veía /y en contemplar tu luz me embebecía (...) augusto soberano (...) alma y vida del mundo, /tu disco en paz majestuoso envía/ plácido ardor fecundo/ y te elevas triunfante,/ corona de los orbes centelleante." 

Feliz Noche de San Juan.






viernes, 16 de junio de 2017

Televicio

Malas noticias para los chavales que piensen que han terminado de estudiar cuando acaban la carrera: esto nunca se acaba. Sobre todo en nuestros días, en los que la tecnología no es que avance, sino que va pilotando un Ferrari, y uno se ve obligado a reciclarse una y otra vez, constantemente, si no quiere acabar empleado en uno de esos oficios fáciles pero que, por eso mismo, el día de mañana -más pronto que tarde- estarán ocupados por robots y, por tanto, ya ni siquiera ésos estarán disponibles. Estoy hablando ahora de la formación técnica, puramente laboral, no de la Bildung que protagonizó artículos anteriores. Como soy el ejemplo que tengo más cerca de mí mismo, lo cuento: el título de licenciado en Ciencias de la Información que está por ahí en alguna parte del apartamento (si es que Mac Namara no ha decidido eliminarlo sin consultar, en la última "renovación" que hizo de libros y documentos a su juicio sobrantes) está expedido en noviembre de 1986, o sea que hace 31 años que se supone que debería haber dejado de preocuparme por exámenes y estudios diversos... Pues no señor. Desde entonces he terminado no se cuántas decenas de cursos sobre diferentes materias, la gran mayoría relacionados con mi trabajo, donde es preciso actualizarse casi cada día.

Uno de esos cursos incluía la edición de televisión y en él aprendías a preparar una noticia paso por paso: desde la grabación (qué ángulo y qué encuadre utilizar con la cámara, cómo controlar la luz, hacia dónde debe mirar el entrevistado, cuándo usar imagen fija y cuándo no, etc.) hasta el montaje final (con sintonías y todo lo que hiciera falta). Siempre atento con objeto de descubrir todos los trucos posibles de la manipulación informativa (no para emplearlos, obviamente, sino para reconocerlos y no caer en ellos cuando me encontrara en el lado de la audiencia), recuerdo que lo que más me llamó la atención fue cómo, dependiendo del montaje con el que fuera elaborada, la misma noticia podía tener un impacto muy diferente. De hecho, una de las informaciones con la que trabajamos fue un reportaje sobre un tema social, relacionado con la atención en las farmacias. Nada especialmente complicado. Vimos la misma noticia en las versiones elaboradas por TVE, Antena 3 y Telecinco (en aquella época no había otros informativos de importancia en las televisiones españolas..., aunque la situación no ha cambiado gran cosa en ese sentido) y, aunque los textos eran muy similares, la impresión final que te quedaba en cada caso era muy distinta debido al montaje de imagen y sonido.

 Fue una comprobación más en un asunto que, para entonces, ya tenía testado por otras vías. Esto es, que se puede manipular a las personas sutil y eficazmente sin necesidad de emplear la palabra (no es lo mismo un titular que diga "Los sindicatos piden mejoras al gobierno" que otro que diga "Los sindicatos exigen mejoras al gobierno" y sólo cambia una palabra), sólo con una presentación de las imágenes orientada al fin perseguido (no es lo mismo presentar la imagen de un sindicalista solo que arropado por otros, en una imagen picada que le minimiza que en un contrapicado que le convierte en un gigante, con menos luz para darle un toque siniestro que en la calle a pleno sol, con una canción protesta de fondo para reforzar su mensaje que con una sintonía triste para inspirar desconfianza en sus palabras, etc.). La manipulación de la imagen y el sonido, sin tocar para nada un texto que puede ser incluso aséptico, resulta, además, especialmente eficiente pues muchos ingenuos creen que sólo las palabras son peligrosas y, aunque ponen todo tipo de alertas en sus oídos, tienden a creerse lo que entra por sus ojos.

Sin embargo, el 90 % de los estímulos que recibe a diario una persona media en nuestra sociedad actual accede al cerebro a través de la vista, precisamente. De ahí que los directivos de las grandes empresas tecnológicas estén como locos por invertir y desarrollar todo tipo de dispositivos visuales -y el software adecuado para ellos-. La nomofobia nos ofrece a diario un delirante espectáculo en nuestras calles, donde podemos ver a multitud de personas que van caminando (¡incluso conduciendo, he visto a más de un descerebrado!) mientras al mismo tiempo no levantan la vista de su smartphones, como si fueran zombies, presos de una brillante pantalla llena de tuits, guasaps, minijuegos, telegrams y otros múltiples anzuelos de la atención. Pero esa situación va a parecer una tontería cuando demos el próximo salto en la realidad virtual. Ese salto no quiere decir que vayamos a ir todos andando por la calle con unas aparatosas gafas como las que existen ahora sino que ese wearable mejorará lo suficiente como para reducir su tamaño al de unas lentillas.

Una vez que llevemos esas lentillas -y más cuando se complete el disfraz con el añadido de un traje "inteligente" de aspecto similar al de neopreno de submarinista, como los que se están ensayando en los últimos años- la inmersión en otra realidad o, mejor dicho, en un mundo aún más ilusorio que éste en el que vivimos hoy día, será fácil y absorbente. Mucho más que algunos de los adictivos videojuegos que tanto enganchan a una creciente comunidad de usuarios... Y caeremos aún más abajo en el pozo, aunque nuestras autoridades proclamen que nunca antes la especie humana había conseguido alcanzar tan altas cotas de tecnología e innovación. Será así porque simplemente renunciaremos a lo que llamamos ahora mismo vida real, en la que estaremos sólo el tiempo imprescindible, antes de sumirnos, en cuanto podamos, en el sopor de nuestras fantasías favoritas que desfilarán ante nuestros ojos -y por tanto ante nuestra mente hasta constituir la única percepción que nos interese- y con las cuales actuaremos a través de los estímulos de nuestro traje "inteligente". Ya tenemos guantes para experimentar en ese inexistente mundo paralelo y, el resto, llegará a no mucho tardar.

La esclavitud será a partir de entonces el estado común del ser humano. No es que hoy el homo sapiens no sea ya un esclavo de facto, pero aún posee una posibilidad de dejar de serlo -aunque, cada día que pasa, esa posibilidad se reduce más y más- ya que todavía puede rebelarse y empezar a usar su propio cerebro para pensar. Puede hacerlo. Mas el día en el que dedique todo su tiempo libre a sumergirse en los mundos paralelos de la realidad virtual, perderá esa opción. Y será muy difícil que la recupere. ¿Exageraciones? Pongamos un ejemplo: un tipo que vive en un espacio reducido en una ciudad ruidosa, contaminada e insegura, en un empleo que no le satisface especialmente y con unas relaciones personales francamente mejorables, llega a casa cansado de trabajar y harto de su sociedad. Hoy, ese tipo pone la televisión y se tumba en el sofá. Pero puede no ponerla o aburrirse con lo que le ofrecen en los canales y cambiar de actividad. Mañana, no se lo pensará tanto. En cuanto llegue a casa, se enfundará el traje y las lentillas y se irá de viaje a las Seychelles a tumbarse en la playa, visitará a una estrella famosa de la televisión para acostarse con ella o se irá a esquiar a los Alpes franceses o hará cualquier otra actividad que le apetezca..., sin salir de casa, sin hacerla de verdad aunque los estímulos que esté recibiendo le convenzan de que todo es real. Gracias a la realidad virtual. Teniendo una hermosa fantasía para pasar el tiempo, ¿quién quiere enfrentarse al desagradable mundo real?

Ésa es una de las advertencias que contiene la película Matrix, donde hay una escena aterradora en la que el traidor, harto de enfrentarse a la realidad, decide vender a sus amigos a los "malos" a cambio de la promesa de que le respeten la vida y le reintegren en el mundo ilusorio, pues no puede soportar durante más tiempo la verdad y las hamburguesas "de mentira" son más sabrosas que la sopa de vitaminas del mundo real. Es aterradora porque esto sucede también fuera de la pantalla. Un elevadísimo porcentaje de las personas que vociferan y exigen conocer la verdad no están en absoluto interesadas en conocerla, por mucho que se engañen a sí mismas gritando consignas con rima y haciendo como que se indignan.

Mientras llega ese momento de esclavitud vía lentillas/traje, se hace lo que se puede con una de las más poderosas armas de control social jamás inventadas: el televisor. ¿Cómo es posible que esa pantalla se haya convertido en el centro de la casa, en el sancta sanctorum en torno al cual se reúne la familia un día sí y otro también, en actitud de adoradora atención? Sobre todo cuando hay tantas personas que se quejan de la escasa calidad de la programación en casi todos los canales, así como de las obvias manipulaciones políticas de unos y de otros... La razón que se aduce normalmente para justificar esa facilidad con la que la tele nos llama la atención es el hecho de que lo que vemos ante nosotros no es una simple sucesión de imágenes como en el cine, sino que estamos ante un brillante y continuado parpadeo de píxeles, que nos hipnotizan de la misma manera que el balanceo de un péndulo o el sonido de un metrónomo, debido a su carácter rítmico. Pero...

Aunque la noticia no ha trascendido en exceso y, de hecho, no la he visto publicada en ningún gran medio de información español, hace al menos dos años se filtró la existencia de cierta patente registrada en los Estados Unidos con el número US6506148B2, de acuerdo con la cual se puede alterar el estado de ánimo y la resonancia sensorial de un individuo o un grupo de personas a través de la pantalla del televisor. Ojo, la patente es de entonces. El modus operandi y los efectos descritos en ella de conocerán seguramente desde hace mucho más tiempo. Se trata de manipular "frecuencias de impulsos de entre ½ Hz y hasta 2,4 Hz” sobre las imágenes proyectadas, de manera que se crea un estado de "incredulidad suspendida sin previo aviso". Esto se produce gracias a los campos electromagnéticos generados por las propias pantallas, con lo que "es posible manipular el sistema nervioso de un sujeto mediante la emisión de estas imágenes" que pueden ser "incrustadas en el contenido mismo del programa o bien superpuestas por la modulación del flujo de video, ya sea como señal de radiofrecuencia o como señal de video" con ayuda de un "programa informático sencillo" y un equipo que define como "rudimentario, teniendo en cuenta los actuales estándares de tecnología".


La patente, cuyo texto original en inglés puede encontrarse en Internet, no explica qué tipo de manipulaciones se puede ejecutar con los usuarios, pero no hace falta pensar demasiado para llegar a la conclusión de que si alguien es capaz de afectar mentalmente, en secreto y sin permiso, los cerebros ajenos no va a ser para inculcar sentimientos de amor, bondad y belleza. Todo esto está relacionado, aunque no directamente, con el tema de la información subliminal aunque es un paso más allá.  Y, por cierto, no basta con apagar la televisión. Este registro dice bien claro que se puede usar "un aparato de televisión o una pantalla de computadora" y, más adelante, añade también que "teléfonos celulares y tabletas". En el momento de trabajar en este artículo yo podría estar sufriendo esta invasión mental sin enterarme y lo mismo cualquiera de mis lectores una vez accedan al mismo. Porque la manipulación del sistema nervioso a través de frecuencias no es detectable por la persona que la está sufriendo.

¿Qué efectos tiene todo esto? A lo largo de los últimos decenios hemos visto un incremento espectacular del uso de violencia, sexo, terror, corrupción y otros delicados vicios en la llamada "caja tonta".  Tanto en las producciones de Hollywood que llegan tarde o temprano a la pequeña pantalla, como en las que se ruedan directamente para ella. Si alguien recuerda las antiguas películas de gangsters de los años 40', cuando uno de los personajes tiroteaba a otro hasta la muerte, a menudo no se veía el crimen en sí, sino a un tipo disparando y, en una escena posterior, al fallecido. Poco a poco fuimos viendo escenas cada vez más "liberales" y "atrevidas", con la víctima cayendo primero de espaldas junto a su asesino, más tarde con la sangre brotando de la herida, desplomándose de forma llamativa... Hoy, se nos muestra el proceso del asesinato con todo lujo de detalles, con la piel reventando, fragmentos de hueso volando, sangre salpicándolo todo, gritos desgarradores, gestos de dolor en primer plano... De hecho, algunas secuencias son tan violentas que cuesta imaginar que se trata de actores fingiendo y, en algunos casos, han corrido todo tipo de rumores sobre si lo que estamos viendo en una película es real o no. No hace mucho se reavivó la polémica por la tristemente famosa escena de la violación con mantequilla incluida de El último tango en París, en la que Bernardo Bertolucci y Marlon Brando engañaron a la actriz María Schneider quien no sabía lo que iba a rodar y nunca pudo superar el trauma que ello le causó.

Este paulatino incremento de las imágenes de brutalidad, sexo, explosiones y agresividad gratuita en las programaciones televisivas no sólo han conseguido elevar la insensibilidad del público -al que ahora una "simple" historia de amor  y, ya no digamos, de crecimiento personal, le puede aburrir enormemente- sino que se convierten en vehículo perfecto para esconder imágenes y mensajes subliminales que van directos al inconsciente del espectador con todo tipo de mandatos mientras nuestra atención está deslumbrada y prisionera del puñetazo visual. Si se combina todo con el efecto de la manipulación vía electromagnetismo, ¿qué tenemos? La capacidad de manipular inclulcando en la mente ajena absolutamente todo lo que se les ocurra a quienes controlan esta tecnología. Y cuando digo todo, es todo. Por 
poner un simple ejemplo, quizás ahí radique parte de la explicación de por qué en tan poco tiempo tan alto porcentaje de la sociedad catalana ha empezado a creerse las delirantes invenciones históricas del independentismo catalán, para quien desde Cervantes hasta Santa Teresa de Ávila fueron parte del "glorioso" pasado catalán robado por los "pérfidos" españoles, mientras obvia que los verdaderos ladrones de su sociedad -y de sus mentes- han sido algunos de los políticos precisamente nacionalistas catalanes que han dirigido su comunidad autónoma durante muchos años...

La buena noticia es que todavía podemos defendernos contra la manipulación mental. ¿Cómo? Informándonos sobre ello y cuanto más, mejor. Internet está llena de basura pero también de documentos muy útiles, que son auténticas joyas informativas, a las que resulta muy difícil acceder a través de un medio no digital. También es preciso desconectarse del discurso oficial de que sólo los medios de información "serios" son fiables. Hace unos días hemos visto el making off de una manipulación muy habitual en nuestros días: un reportaje falso preparado por la CNN en Londres, a raíz de uno de los últimos atentados protagonizado por  otro "caso aislado"  de musulmán "loco". La popular cadena de televisión norteamericana organizó una pequeña manifestación de musulmanes contraria a este ataque, ante la falta de manifestaciones reales. Para que no cunda la islamofobia, decían... En realidad, para que la gente corriente continúe dormida y bien dormida, como hasta ahora. Eso sí: el problema son las fake news de medios independientes en Internet...



Por supuesto, lo más importante es volverse hacia el interior, mirar dentro de uno, donde se halla la verdadera realidad. A través de la introspección, la concentración y la meditación se puede ampliar la propia conciencia y, por tanto, encontrar más fragmentos de verdad que a través de todos nuestros cinco sentidos corporales juntos.