Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 15 de mayo de 2015

Los "No-es-verdad-que..."

Es muy cierto que, en la mayoría de ocasiones, la realidad supera a la ficción, que las cosas no suelen ser lo que parecen y que existen multitud de tópicos vigentes que aceptamos porque sí, porque todo el mundo los acepta y "quiénes vamos a ser nosotros para cuestionarlos si los medios de comunicación nos dicen que son verdad de la buena". Qué gran error. Los mismos que ponen el grito en el cielo contra la superstición, el fanatismo y los abusos de la fe en los que incurren sistemáticamente las religiones del  mundo (todas ellas, no conozco ni una sola que se salve) son los mismos que defienden la superstición, el fanatismo y los abusos de las creencias políticas, o de las científicas, o de las económicas y las financieras, o de las sociales. 

O también de las históricas. Es muy sorprendente y a menudo desagradable la sensación que se le queda a uno en el cuerpo cuando lee novelas y relatos, e incluso supuestas obras serias de ensayo (por no citar el circo de las delirantes adaptaciones cinematográficas), sobre distintos períodos históricos que ha tenido la oportunidad de experimentar de primera mano por sus propios trabajos de investigación, sus viajes y sus entrevistas personales a verdaderos especialistas e incluso a antiguos protagonistas de los hechos, todavía vivos. Por lo general, la persona se encuentra con una versión deformada o muy deformada de la realidad en la que prima la ideología del autor del texto y su propio sistema de valores sobre el análisis objetivo de lo que sucedió efectivamente, de manera que lo que se nos presenta no es la verdad, ni tampoco la mentira, sino algo mucho peor: una mezcla de ambas que conduce, antes que después, a la incomprensión absoluta de los hechos. Un lector desinformado (lo somos todos porque, por más que queramos saber, siempre habrá muchas más cosas que ignoremos que las que hayamos podido examinar y entender) terminará la lectura sin saber por qué pasó lo que pasó. Y qué fue lo que pasó, de verdad.

Esa situación conduce así al desconocimiento de los hechos reales e inevitablemente al prejuicio y la ignorancia, que suelen ir unidos a la creación del tópico y la discordia. Ergo, al conflicto gratuito.

Para tratar de comprender qué sucedió, la única manera seria que tenemos de aproximarnos a los hechos es trasplantarnos mentalmente a la época de la que estamos hablando y empezar a pensar en la medida que podamos como lo hacían las gentes de aquel momento de acuerdo con su formación, con el Zeitgeist de su época..., aunque no nos guste su visión del mundo o no compartamos su cultura social. No hay personajes más ridículos que los que, estando inmersos en unas coordenadas x/y, son obligados por los autores a comportarse como si vivieran en las coordenadas w/z. Y tenemos multitud de ejemplos: los oficiales romanos de la época imperial simpatizantes de esclavos cristianos (porque entonces la esclavitud no estaba considerada como algo malo per se, siempre que uno no cayera víctima de las cadenas, y mucho menos si era un victorioso hijo de la Loba que dominaba el mundo), las valientes luchadoras por la libertad de la mujer que hacen frente al abuso de hombres en posición dominante en cualquier época posterior a la judeocristianización hasta principios del XX (porque las mujeres fueron absoluta y totalmente destruidas desde el punto de vista cultural por los herederos de
Saulo de Tarso que se asentaron en la misma Roma y no se atrevían a levantar la voz contra sus maridos, pero tampoco contra sus padres o hermanos..., sólo en los últimos decenios han empezado a recuperar su posición natural, de tú a tú con el hombre, justo a medida que comenzaba la descomposición de las iglesias fundadas falazmente en nombre de Jesús el Cristo, que por supuesto nada tiene que ver con ellas por mucho que usen su imagen y sus presuntas palabras. Y esto en Europa..., para qué hablar de otras culturas del mundo donde se les equipara literalmente con el ganado) o los educados y contemporizadores aventureros británicos que se enamoran de mujeres exóticas y hacen amistad con colaboradores asiáticos o africanos (porque si existe una cultura que ha practicado el racismo y la xenofobia, y sigue haciéndolo hoy día aunque de manera más oculta que hace un par de siglos, cuando era lo más "natural" del mundo, ha sido la anglosajona).

No recuerdo ahora si fue García Márquez u otro autor de la misma hornada de escritores iberoamericanos quien dijo aquello de que la memoria que uno tenía de su vida no solía tener nada que ver con lo que había sido de verdad, sino con lo que uno recordaba (o, mejor dicho, lo que quería recordar) que había sido. Estoy convencido de que, si a cualquiera de nosotros nos sentaran delante de una pantalla para ver una proyección resumida y objetiva de los hechos más importantes de nuestra existencia, nos llevaríamos más de una sorpresa al descubrir que no guardamos recuerdos de muchos de ellos y llegaríamos a negar que algunos hubieran sido en verdad protagonizados por nosotros, aduciendo que en la imagen estaban reinterpretados por algún desconocido Doppelgänger.

Desde el punto de vista histórico, hay una enorme montaña de hechos que damos por ciertos, cuando hoy sabemos a ciencia cierta que no lo fueron o que, al menos, no fueron tan "ciertos" como nos los cuentan. Pero siguen enseñándose como si fueran reales en las novelas, en las películas, en las escuelas, en los diarios... No es verdad que Colón viajara a América pensando que iba a la India y sin saber si el océano se acababa o no al otro lado del Atlántico (existen numerosas pruebas de que
 muchos antes que él habían viajado entre ambos continentes y que él sabía a dónde iba). No es verdad que Alemania perdiera la Primera Guerra Mundial (nunca se pegó un solo tiro en territorio germano y el ejército que liberó tras la rendición rusa en el este iba a ser decisivo en el frente del oeste, pero no se llegó a emplear porque se firmó el armisticio o empate técnico con el que finalizaron las hostilidades en 1918 y fue, un año después, cuando el diabólico Tratado de Versalles decidió, porque sí, que la perdedora era Alemania). No es verdad que la Inquisición española ejecutara a decenas de miles de brujas y herejes (tan sólo a ciento y pico personas..., una cifra bastante menor comparada con los varios miles de "pecadores" que fueron ajusticiados acusados de cargos idénticos por las autoridades religiosas del Reino Unido o Francia). No es verdad que Aníbal fuera un general negro, líder de una civilización negra cuya capital era Cartago (Aníbal era tan blanco como los generales romanos contra los que luchó y, al final, fue derrotado mientras que Cartago era una ciudad muy similar a Roma y de cultura netamente europea, por más que se asentara en la costa norte de África, en lo que hoy es Túnez). No es verdad que...  

Cada día descubrimos más "no-es-verdad-que...", a medida que los hechos que tanto importaron en un momento dado van quedando atrás y algunos investigadores con la mente abierta rescatan valiosas informaciones que, objetivamente analizadas, destruyen un mito tras otro. Por ejemplo, en los últimos meses se han hecho públicos varios datos que demuestran que no es verdad que los ingleses tuvieran ese dominio del mar que aseguran haber tenido desde la época de Felipe II (otro personaje histórico acosado por las difamaciones que lo presentan como un tipo recluido, archicatólico y fanático, cuando resulta que su corte acogió a cabalistas, magos, ocultistas y rosacruces de todo tipo y pelaje, que poseía la mayor biblioteca del mundo en su época dedicada al conocimiento oculto y que mandó construir uno de los edificios más esotéricos de la península ibérica: el Monasterio de El Escorial), cuando los famosos "elementos" destrozaron la Armada "invencible".

No hace falta citar aquí a Blas de Lezo, que causó a la armada británica la mayor (y más humillante) derrota de su historia durante el sitio de Cartagena de Indias en 1741, porque ya está contado en otro artículo de este blog. Y digo que no hace falta recordar su caso porque hace poco se publicó un libro muy esclarecedor sobre la potencia real de "los perros de la reina" Isabel I: Tercios de España: la infantería legendaria, firmado por Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca. Este texto aporta entre otras cosas un dato demoledor: entre 1540 y 1650, el poco más de un siglo durante el cual se produjo el mayor traslado de oro y plata desde el imperio americano hacia España, unos 11.000 barcos hicieron este viaje y de ellos se perdieron 519, pero la mayoría se hundieron por culpa de las tormentas u otros motivos considerados como "naturales" y sólo 107 fueron presa de ataques piratas. Eso significa que ni siquiera llega al 1 % el porcentaje de los barcos que fueron atacados con éxito por los piratas, corsarios y bucaneros de origen (la mayor parte de ellos) inglés, francés u holandés. O sea, que la carrera de los Francis Drake, John Hawkins y el resto de delincuentes de turno al servicio de los enemigos de España puede decirse que fue bastante más pobre de lo que suelen alardear incluso a día de hoy los historiadores británicos, en general maestros de la propaganda, en contraposición con los historiadores españoles, en general maestros del masoquismo. De hecho, un examen exhaustivo de sus "victorias" navales puede reducirse, salvo escasas excepciones, a fáciles ataques contra puertos indefensos del Caribe o contra barcos pesqueros o mercantes de poca monta.

Martínez Laínez y Sánchez de Toca explican que, tras ser tomados por sorpresa por los primeros ataques piratas, los españoles aprendieron pronto cómo defenderse de estos terroristas marinos. A pesar de que Hollywood insista en presentárnoslos como personas "libres", "valientes", "alegres" y, en general, buenas gentes dignas de admirar y de seguir su ejemplo, la inmensa mayoría de los piratas fueron unos criminales crueles y miserables, la hez social de la época, que atacaba de manera cobarde sólo cuando tenían ventaja para ganar y que, entre otras herencias, nos dejaron lo que hoy conocemos como "paraísos fiscales" en varios países de mentira ubicados en el Caribe. La fórmula que utilizó la armada española se basaba en dos ingredientes: un barco de guerra, el galeón, muy mejorado para proteger a los mercantes y un sistema de transporte, el convoy, que se convirtió en el modelo a seguir durante siglos hasta el punto de que los buques que cubrían el Atlántico entre Estados Unidos y el Reino Unido durante las dos guerras mundiales del siglo XX lo hicieron siguiendo el mismo método para protegerse de los ataques de los submarinos alemanes. Ambas medidas las puso en marcha el propio Felipe II, a partir de los planes diseñados por el capitán Menéndez de Avilés. El monarca también dio el visto bueno al plan de viaje de la llamada Flota de Indias dos veces al año. Partiendo de Sanlúcar de Barrameda y tras hacer escala en La Gomera, la escuadra cubría así el trayecto hasta las islas Dominica o Martinica que solía durar en torno a un mes.

Por cierto que también de la época de Felipe II es la fascinante historia de Juan del Águila, un capitán de los Tercios de Flandes que obtuvo espectaculares victorias, incluyendo un auténtico ataque relámpago en la zona de Cornualles donde con tan sólo tres compañías a su mando derrotó a todas las fuerzas inglesas de la zona, desmanteló dos de sus fuertes y saqueó varios pueblos. Su carrera es larga de contar aquí pero verdaderamente interesante. Si este hombre, en lugar de haber nacido en un pueblo de Ávila, lo hubiera hecho en uno del condado de York, de la zona de Burdeos, del estado de Montana o incluso en algún suburbio de Florencia, hoy existirían mil libros publicados sobre sus hazañas y aventuras, además de varias películas, una serie con personajes reales y otra con dibujos animados. Pero tuvo la mala fortuna de nacer español y hoy es completamente desconocido pese a su inteligencia y valentía.

El problema es que a la inmensa mayoría de los homo sapiens no les importa en absoluto nada de esto, porque consideran esos hechos como poco relevantes para su vida. Suelen serlo, en el particular nivel de su minúscula existencia cotidiana, pero al mismo tiempo resultan determinantes, en el nivel familiar y nacional: si ellos son así, si viven hoy de esa forma, es porque antes pasó todo lo que pasó y no otra cosa... Somos lo que nuestros ancestros han hecho de nosotros. De ahí viene el famoso y exacto refrán de que El pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla, lo que en el fondo viene a ser un resumen de toda la Historia del planeta, porque no hacemos más que encadenar guerras, conflictos y desastres que, examinados uno por uno y en sus condiciones iniciales, está visto que podrían haber sido evitados si la gente de cada momento hubiera conocido un poquito, sólo un poquito, del pasado de su pueblo.





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