Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

miércoles, 30 de enero de 2013

Cliodinámica

El segundo y, probablemente, el más conocido de los siete principios elaborados y proclamados por Hermes, mi tutor en la Universidad de Dios, es el de Correspondencia. Aquello tan popular de "lo de arriba es igual a lo de abajo y no hay nada nuevo bajo el Sol". Muchos filósofos han recogido esta idea y la han actualizado o adaptado a su época de alguna manera, como el Viejo Fritz cuando se refería a la ley del Eterno Retorno. Y la verdad es que cuando uno mira a su alrededor todo parece igual a todo. Hace un rato, por ejemplo, me entretenía estudiando este mapa publicado por la revista Desperta Ferro, que resume los conflictos de Oriente Medio durante la Edad del Bronce con las rivalidades entre Egipto, Hatti, Mitani, Asiria y el resto de protagonistas político/greográficos de la región... Y me preguntaba qué diferencias hay con los problemas que hoy enfrentan a Israel, Siria, Iraq, Turquía y demás actores modernos. Sí, es cierto que en la actualidad existen armas más poderosas, que pueden matar mucha más gente en menos tiempo, pero en aquella época no existían las cortapisas morales impuestas por la opinión pública para evitar el exterminio masivo en caso de victoria. Vaya una cosa por la otra a la hora de contar víctimas.

Hoy, los científicos quieren apuntarse al carro de las predicciones aunque cambiándole el nombre por el de prospectivas o proyecciones en el tiempo, partiendo de la base de analizar lo que ocurrió en el pasado para tratar de adivinar lo que ocurrirá en el futuro. Es la aplicación de aquella frase tan resultona de "el pueblo que olvida su pasado está condenado a repetirlo"...
 Y es que sigue anidando en muchos homo sapiens ese ansioso morbo por conocer lo que les deparará el futuro como si fuera posible controlarlo, aun en el caso de que realmente estuviera a su alcance llegar a saber lo que las Nornas han predeterminado a la hora de hilar su destino o cortar directamente los hilos que les animan. Por ello han creado lo que llaman Cliodinámica, definida con gran pompa y circunstancia como un "enfoque interdisciplinario que se relaciona con la modelación matemática de los procesos históricosociales a largo plazo". Los procesos a los que se refiere son, en general, las bases de datos sobre el mundo antiguo, incluyendo todo tipo de cifras relacionadas con la demografía y el desarrollo de civilizaciones. A los homo sapiens les encanta lucirse con palabras muy elaboradas... Sería más fácil acudir a la etimología: Clío es el nombre de la musa de la Historia (una de mis favoritas, por cierto), así que Cliodinámica no significa otra que cosa que el estudio y comprensión de la Dinámica de la Historia, si bien desde un enfoque especialmente matemático.

La Historia es fascinante, una de mis materias de estudio preferidas porque, en contra de lo que sigue creyendo tanto iluso, la mayoría de las cosas que cuentan los libros en los que se analizan e interpretan los llamados "hechos históricos" no son ciertas o, al menos, no son completamente ciertas. Y eso incluye las cifras. Un simple ejemplo: con todo lo épico y honorable que fue el episodio de las Termópilas, los historiadores griegos convencieron al mundo durante siglos de que sólo 300 espartanos contuvieron durante tres días a un millón de persas (el gran Heródoto habla de más de dos millones de persas). 
Sin entrar en valoraciones personales (en aquella vida me lo pasé en grande combatiendo junto al rudo Leónidas), las investigaciones y cálculos contemporáneos parecen demostrar que no sólo no hubo tantos persas sueltos (en la actualidad se calcula que el ejército de Jerjes no superaba las 300.000 personas, aunque esto ya es una cifra considerable) sino que además otros griegos, hoy ocultos por la fama de los espartanos, perecieron allí con idéntico valor (al menos 700 tespios y tebanos, además de algunos cientos más de soldados griegos sin origen definido). Como éste, hay muchos más ejemplos pese a los cuales el academicismo oficial tiene tendencia a creer lo que escribieron los historiadores de épocas precedentes como si fueran dogma y verdad histórica por el simple hecho de que sus publicaciones recibieron el visto bueno de las autoridades de su época.

Olvidan la consabida ley no escrita según la cual son los vencedores los que redactan lo ocurrido (a menudo porque son los únicos que han quedado vivos para poder contarlo...) y además lo hacen teñidos por sus propias impresiones y preferencias. Por ello tantos tratados históricos se convierten en una mera sucesión propagandística de nombramientos de líderes, exploraciones de tierras desconocidas y batallas ganadas o perdidas que, aparte de constituir una lista más o menos aburrida de hechos deformados, carece de una explicación de fondo, de un hilo conductor mediante el cual vincularse con otras listas, por no hablar de una confirmación pura y dura de los hechos, a fin de crear una continuidad histórica real. Son islas perdidas en medio de un océano, sin aparente conexión unas con otras. Cuando era pequeño
(en esta reencarnación) mirábamos con pavor cómo a nuestros predecesores en las clases superiores les obligaban a aprender de memoria listas tan áridas y absurdas como la de los reyes godos, temiendo que luego nos tocaría a nosotros... Y sin embargo cuando, mucho más tarde, pude estudiar a nivel particular la epopeya de los godos, los Gotts o pueblo de los Dioses, descubrí una historia fascinante que explicaba aquella época y que seguramente ninguno de nuestros profesores había llegado a conocer. A ellos sólo se les exigía que nosotros nos aprendiéramos la lista, sin más (por cierto, resulta significativo que diversas generaciones de escolares temieran enfrentar la lista de los reyes godos y luego se aprendieran motu proprio, sin ningún tipo de problema, las de los superhéroes de Marvel o de DC, los Pokemon, los Gormiti o cualesquiera otros personajillos de ficción de moda).

Así pues, la Cliodinámica es, en el fondo, un intento de dar un sentido al ingente volumen de datos más o menos ordenado que los académicos han impuesto a la sociedad en función de lo que se supone que ha ocurrido, aunque empleando especialmente los cálculos matemáticos. En concreto, utiliza cuatro patrones principales: la población de un país, su estructura social, la fuerza de la que dispone su Estado y la estabilidad o inestabilidad política de un momento determinado. Cada una de estas variables tiene su propio nivel de estudio en función de los factores que les afectan. Y todo de acuerdo con la información facilitada por los historiadores de cada época. No me resisto a recordar de nuevo al científico ruso Anatoly Fomenko, ya comentado en esta bitácora en alguna ocasión, quien descubrió que varios cientos de años que figuran en el registro histórico oficial en realidad jamás llegaron a existir... No deja de ser curioso que uno de los defensores de esta nueva ciencia sea precisamente otro ruso, aun de pasaporte norteamericano: el biólogo Peter Turchin, quien ha publicado no ha mucho en la revista Nature en calidad de experto en "Población Biológica y Cliodinámica" (entre paréntesis, me pregunto si existe algún tipo de población que no sea biológica..., hay que ver lo que les gusta a algunos la nomenclatura rimbombante).


Turchin afirma llevar más de quince años trabajando con estas técnicas y obteniendo buenos resultados en distintos campos y objetivos. Entre ellos, en el estudio de tendencias demográficas, previsiones de evolución económica y predicción de posibles epidemias de violencia en los Estados Unidos. En su artículo para Nature explicaba que cuando a lo largo de cincuenta años se detecta un mínimo de tres picos de inestabilidad política grave, ello no puede considerarse como una simple coincidencia sino como una advertencia clara del inminente estallido de un conflicto, que puede ser bélico o quizá revolucionario, de gran violencia social. En ese sentido, ha augurado que, como mucho para el próximo año 2020, EE.UU. se verá abocado a una guerra (a la que previsiblemente se viera arrastrada el resto del mundo, al menos occidental, por aquello de los "fuertes e inalienables vínculos entre las dos orillas del Atlántico" y demás terminología característica de alianzas como la de la OTAN) o bien a un gravísimo estallido de rebelión ciudadana contra el orden establecido (justificado en la creciente y, según parece, imparable corrupción política, en el evidente deterioro económico-financiero y la ausencia de perspectivas de futuro para millones de personas acosadas por el paro, la pobreza y la exclusión social).

Sin embargo, esta previsión en principio alarmante no lo es tanto si consideramos que, en realidad, jamás hemos dejado de vivir en guerra (y de la guerra: éste es uno de los mayores negocios económicos del planeta). Es más, la historia del homo sapiens no es otra cosa que la historia de sus guerras. Y éstas son iguales a sí mismas, siempre lo han sido, sin excepción, por más que recordemos las últimas como las peores (igual que siempre pensamos erróneamente que este último invierno hizo más frío que el anterior). Los genocidios y las masacres de la Segunda Guerra Mundial no son, cualitativamente, diferentes de las desarrolladas en cualquier otro escenario bélico en cualquier otra época. La crueldad de la última Guerra Civil Española no es superior a la de otras guerras civiles en la piel de toro o en otras naciones. Ambos conflictos sólo han sido más publicitados que otros y, además, son los últimos en nuestra memoria: por eso nos parecen tan grandes. Sobre todo en un continente como el europeo donde, en los países "desarrollados" la violencia ha quedado reducida a formas residuales (terrorismo) o sutiles (violencia mental ejercida a través de la propaganda y la manipulación de los medios para el control pacífico de la población). Pero, ¿qué sabe (y peor: qué le importa)
el ciudadano europeo medio acerca del genocidio africano de la llamada "primera guerra mundial de África" en torno a la paradójicamente llamada República Democrática del Congo, con unos tres millones de muertos y un número indeterminado pero mucho mayor de afectados? ¿Qué sabe de los trescientos mil muertos y el millón de desplazados en el también africano territorio del Sahel? ¿Qué, de los entre dos y tres millones de muertos en la antigua Kampuchea Democrática, hoy Camboya, a manos del movimiento comunista de los jemeres rojos? Son sólo tres ejemplos de muchos que podrían citarse, de guerras terribles que se han sucedido en los últimos cuarenta años y sobre los que la opinión pública occidental ha pasado de puntillas, adormilada y debilitada por su masturbatoria utopía de la "sociedad del bienestar" y el hipnótico poder de la pseudodemocracia imperante.

Habrá guerra en 2020, como la ha habido todos los años de la historia del homo sapiens sobre el planeta. Que esa guerra se desarrolle en territorio norteamericano o europeo será exclusivamente una cuestión de circunstancias... Y, que las armas que se utilicen sean más o menos letales para la supervivencia de nuestra civilización, cuestión de oportunidades. Nada raro hay en ello. Lo raro, para nosotros, es el período que hemos vivido en los últimos decenios de relativa tranquilidad dentro de las fronteras occidentales. Hemos llegado a creer que eso es lo normal, pero la experiencia histórica (y no hace falta ser cliodinámico para eso) nos enseña que todo se repite, invariable, metódica, implacablemente. Sólo es cuestión de tiempo. Turchin cita a Arnold J. Toynbee cuando decía aquello de "La Historia no es una maldita cosa tras otra". No, todo tiene un sentido, pero hace falta saber leerlo, sobre todo cuando el texto que se nos facilita está fragmentado y desordenado. 



 

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