Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

lunes, 11 de octubre de 2010

La fidelidad de la mujer (a un hombre viril)

Mi profe de Misticismo y Paradojas, el gran mulá Nasrudin, leyó atentamente mi comentario del viernes por la noche sobre el poder y las mujeres y lo ha empleado esta mañana (sin permiso, claro, pero para eso es maestro en la Universidad de Dios y sólo por ese hecho tiene el privilegio de citar, comentar y desguazar cualquier actividad de cualquiera de los alumnos públicamente o de atribuírsela a sí mismo: dice que nos viene bien para rebajar nuestra importancia personal) para señalar un ejemplo de hasta qué punto la Política es una actividad desagradable y traicionera, incluso para aquéllos que viven de ella autoengañándose (los menos) o engañando a los demás (casi todos) con la idea de que están trabajando para la comunidad.

Según él, ésta no es una circunstancia de ahora sino que la Política siempre ha funcionado igual de mal, pues el hombre corriente es fácilmente corruptible..., y sólo algún ingenuo que otro como Aristóteles pudo llegar a creer en algún momento de su vida que el ciudadano medio podría llegar a responsabilizarse de las cosas hechas y dichas en el gobierno de sus contemporáneos, como si fuera un hombre de verdad.

Para ilustrar sus opiniones (y para que no pareciera que no había preparado la clase y que se había limitado a utilizar mi comentario en el blog) Nasrudin puso el ejemplo del sultán al que sus consejeros alarmaron al contarle que existía un jeque tan sabio, justo y viril que era el hombre más respetado y admirado no sólo por su pueblo sino por los de los alrededores. Tanto, que en los grandes días de festividad pública llegaba a congregar a centenares de miles de fieles que acudían a su ciudad para vitorearle y rendirle homenaje. Los consejeros del sultán temían, y le traspasaron ese miedo a su superior, que el jeque se viera lo suficientemente poderoso como para rebelarse e intentar hacerse con el poder en el imperio otomano.

Para conjurar el peligro, el sultán marchó de visita oficial a las tierras donde vivía el jeque. Lo hizo acompañado de su guardia de feroces mamelucos con los cuales pretendía matar al jeque y a su familia, además de arrasar la ciudad donde vivían, si detectaba el más mínimo indicio de traición. Sin embargo, fue muy bien recibido y aplaudido cuando llegó a la localidad y el mismo jeque salió a postrarse a sus pies en señal de sumisión. Sin fiarse de esta aparente fidelidad, el sultán le comentó:

- Estarás contento... Según mis informes, tu buen gobierno te ha procurado fama y poder, hasta el punto de que cuentas con centenares de miles de partidarios, que estarían incluso dispuestos a dar su vida por ti.

El jeque, al que el poder material le importaba poca cosa ya que en realidad pertenecía a una orden sufí, se rió y le contestó:

- ¡Os han informado mal, señor! En realidad, tan sólo cuento con un partidario y medio.

- No puedo creerlo -respondió el sultán extrañado- ¿Podrías demostrármelo?

- Naturalmente. Mañana mismo serás testigo de que digo la verdad.

Entonces el jeque convocó para el día siguiente a todos sus fieles en un campo a las afueras de la ciudad bajo una pequeña colina, donde anunció que él se mostraría junto al sultán y recibirían una importante revelación. En lo alto de la colina, mandó levantar una tienda y en su interior introdujo varios corderos en secreto.

A la mañana siguiente, una inmensa muchedumbre se había congregado en el campo. El sultán, rodeado de sus mamelucos, echó mano de su cimitarra mientras reprochaba al jeque que le había dicho que sólo contaba con un partidario y medio cuando allí se amontonaban decenas de miles de personas. El jeque, sonriente, le tranquilizó con estas palabras:

- Verás que no miento. Diles ahora que he cometido un crimen de corrupción para mi beneficio personal y que has venido a ejecutarme en presencia de todos como castigo a mi pecado y como ejemplo para otros posibles pecadores. Diles también que moriré ahora mismo, aquí, si ninguno de mis fieles se sacrifica por mí.

El sultán siguió sus indicaciones y esta declaración causó el asombro, la tristeza y la decepción entre la multitud. Un silencio tenso se fue apoderando poco a poco de las gentes y, tras unos minutos de callada espera, al fin un hombre dio un paso al frente y, arrodillándose ante el sultán, declaró:

- Me cuesta mucho creer lo que dices, pero si es así, yo me sacrificaré por el jeque ya que él siempre me ha ayudado y me ha hecho el bien sin pedirme nada a cambio. Le debo todo cuanto soy y todo cuanto sé. Es justo que le pague entregando mi vida por la suya.

Los mamelucos se llevaron al hombre y le metieron en la tienda. Allí le indicaron que se mantuviera en silencio y después cortaron el cuello a un cordero. Todos los reunidos allí pudieron ver la sangre dejando un escandaloso y oscuro reguero que traspasaba la tienda y un murmullo de terror sacudió a la masa que se dio cuenta de que el sultán iba en serio. De acuerdo con el jeque, el sultán volvió a dirigirse a los reunidos afirmando que una sola vida no era bastante para lavar el crimen del jeque y preguntó si alguien más estaría dispuesto a sacrificarse por él.

De nuevo se hizo el silencio, esta vez más profundo y prolongado que el anterior. Mucha gente empezó a abandonar el campo discretamente. En ese instante, una mujer se adelantó y se ofreció a morir con los mismos argumentos que la primera "víctima". Así que se repitió la escena. La mujer fue introducida en la tienda donde contempló con cara de asombro al primer "sacrificado" y a los corderos y comprendió lo que estaba ocurriendo pero igual la ordenaron callar y los mamelucos degollaron a un segundo cordero.

Este segundo sacrificio causó una desbandada general, sobre todo cuando el sultán hizo ademán de pedir una tercera víctima. En pocos minutos, y casi como por arte de magia, no quedaba nadie en el campo. El jeque se volvió entonces con sonrisa triunfante al sultán y le comentó:

- Te dije que no te engañaba... Como habrás comprobado, sólo tengo un fiel y medio.

El sultán, satisfecho con aquella demostración, quiso decir la última palabra:

- En efecto, el hombre es el fiel verdadero y la mujer es el otro medio -pues el sultán, en su ignorancia oriental, consideraba a la mujer como la mitad de valor del hombre.

- No, sultán. Es justo al revés, porque el hombre no estaba seguro de que fueran a cortarle el cuello en la tienda y seguramente se ofreció en buena medida con intención de quedar bien conmigo pero pensando que no te atreverías a degollarle siendo un inocente. Sin embargo, la mujer vio la sangre y creyó que le habías matado de verdad, por lo que cuando se ofreció pensaba que realmente moriría en ese mismo instante. En consecuencia, ella es la más fiel de mis seguidores.
 

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