Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 23 de junio de 2017

Cuánto siempre te amé, Sol refulgente...

La adoración al Sol es uno de los denominadores comunes en la experiencia religiosa de los pueblos de la antigüedad. Era alabado en el momento del alba, se le mencionaba de manera expresa en diversos rituales, se le lloraba en los eclipses, era un vehículo específico de los dioses (o un dios en sí mismo), se festejaba de manera especial su poderío en el solsticio de verano, se le defendía durante la fragilidad del solsticio de inviernos, se le cantaba en público o en privado... Tal vez el homenaje más famoso sea el del Himno a Atón compuesto por Akhenaton hace unos 3.400 años: "...Disco viviente, que das comienzo a la vida, /al alzarte sobre el horizonte en el este/llenas todos los países con tu perfección./Eres hermoso, grande, brillante, alto por encima de tu Universo..."  En el sur de España, tenemos un símbolo también muy popular y directamente relacionado con él, en la zona de Almería: el indalo, en el que un hombre saluda al Sol naciente (no es un arco iris, no), con un diseño parecido al de Algiz, la poderosa runa de invocación a la protección divina que llega desde lo alto. Aunque hoy suele achacarse esta adoración exclusivamente al reconocimiento de la luz y el calor que provee nuestra estrella favorita, sin la cual no sería posible la vida en este planeta, cuando uno lee los escasos textos que conservamos de nuestros ancestros se percata de que los hierofantes se dirigían no al disco físico (o no sólo), sino más bien al espíritu solar contenido dentro del ardiente globo del cielo. 

Hoy sabemos, por cierto, que el Sol no es en realidad una especie de antorcha ardiendo allá en el cielo. No son llamas de fuego lo que irradia, sino explosiones de energía provocadas por la interacción entre los electrones y los protones de las nubes de gas de hidrógeno que, en su mayor porcentaje, lo componen. Los científicos creen que los estallidos en su núcleo interno poseen una potencia de hasta 90.000 millones de megatones por segundo, que se dice pronto, con temperaturas de millones de grados. La superficie solar, su "piel", está más fría, por decirlo así, con unos 5.700 grados centígrados. Las descargas energéticas producen lo que conocemos como llamaradas solares, que suben hacia el espacio y calientan la atmósfera sobre su superficie hasta unos 20.000 grados, antes de desvanecerse en el frío estelar.  En
abril de 2016, una llamarada espectacular en la zona conocida como Región Activa 2529 dejó una "pequeña" mancha sobre el astro rey, equivalente al tamaño de cinco veces la Tierra. Era de tal tamaño que se podía ver a simple vista sin necesidad de telescopio, aunque el Observatorio de Dinámicas Solares de la NASA, que siempre tiene un ojo encima de nuestra estrella, obtuvo unas imágenes claras del fenómeno. La Agencia Espacial Norteamericana determinó que, a pesar de todo, la gigantesca llamarada no era, en verdad, tan grande, pues apenas alcanzó una décima parte de las más intensas.

Supongo que a nuestros antepasados les había gustado disponer del conocimiento físico que hoy día tenemos de nuestra estrella y, desde luego, les habría encantado poder contemplar las fabulosas imágenes que nos han proporcionado nuestros satélites, pero sospecho que ellos tenían acceso a otro tipo de sapiencia que mucha gente consideraría hoy ciencia ficción. Por ejemplo, ¿y si el Sol no fuera un simple globo de gas ardiente? ¿Y si fuera un ser vivo? ¿Y si, además, fuera consciente de sí mismo y de cuanto le rodea? ¿No sería, así, un verdadero dios como creían nuestros antepasados, aunque no interviniera directamente sobre los asuntos humanos? Un dios como cualquiera de nosotros lo es para un puñado de insectos, a los que podemos elegir destruir o dejar vivir a nuestro capricho.

Estoy viendo ya desde aquí la nariz arrugada del 90 % no ya de los científicos que tenemos en la sala sino de los lectores no habituales que han recalado por esta bitácora sin darse cuenta de dónde se metían. Todas estas personas consideran nuestra estrella como un simple objeto físico, del que no cabe plantearse que pueda estar animado como nosotros. Y mucho menos, que contenga un espíritu en su interior (muchos no admiten que el ser humano pueda tener esa parte espiritual..., como para considerar la posibilidad de que un globo de gas caliente pudiera tenerla). Esto es porque se apoyan exclusivamente en la visión científica de las cosas. Es una versión fría, descriptiva, que se limita a inventariar una serie de datos fácil y comúnmente mensurables: "una bola esférica de plasma", "dotada de un movimiento convectivo interno", "estrella tipo G", "tipo de luminosidad V", etc.  Pero eso es como definir al ser humano y limitarse a decir que es un "homo sapiens perteneciente a la orden de los primates", "dotado de capacidades mentales y sociales", "capaz de transmitir conceptos abstractos y usar estructuras lingüísticas complejas", etc.

Particularmente, esa descripción puntual me parece muy del estilo de un  robot, no de un ser humano real, que a ese inventario limitado a lo corpóreo añadiría poesía, filosofía, emociones o -huid, esbirros del materialismo- incluso un alma. Insisto: ¿y si el Sol fuera en realidad un ser vivo, aunque no lo hayamos reconocido como tal, al menos hoy día? (otro día plantearé: ¿y si también lo fueran los planetas?) 

Hace unos seis meses el geólogo Robert Schoch, doctor y profesor de la universidad de Boston y tan popular como polémico por sus libros en los que explora la idea -que comparto- de que la civilización humana se desarrolló bastante antes de lo que hoy se acepta de manera oficial, publicó un curioso artículo en el que hablaba sobre el comportamiento del Sol y donde vertió varias ideas llamativas. Me quedo con las dos principales, a mi juicio. La primera idea incluye un necesario recordatorio de que el comportamiento del Señor de nuestro Sistema Solar es "errático desde una perspectiva humana moderna" incapaz de comprender (aunque sólo sea por falta de datos) sus ciclos y apunta que su estado durante los últimos 8.000 años ha sido "relativamente estable" incluso con períodos de "quietud", uno de los cuales derivó en lo que ahora llamamos "la pequeña edad de hielo" que duró más de tres siglos, hasta la segunda mitad del XIX-. Sin embargo, Schoch añade que, en la actualidad, el Sol "pasa por un período volátil con importantes altibajos en actividad" y "muestra los mismos signos de variabilidad extrema y desequilibrios que ocurrieron al final de la última edad del hielo" por lo que "podemos experimentar una importante erupción solar en un futuro muy próximo". De hecho, ya en julio de 2012 hubo una erupción "significativa" que no llegó a golpear la tierra "por poco". Algo que podría haber "destruido o comprometido gran parte de nuestra moderna tecnología e infraestgructura electrónica y eléctrica". De esto ya hemos hablado otras veces por aquí.

Por cierto, este científico recuerda que el comportamiento solar guarda una relación "íntima" con los cambios climáticos en la tierra, que a su vez afectan a la vida, incluyendo la humana. Con ello está sugiriendo lo que bastantes colegas suyos sospechan pero no se atreven a decir en voz alta, porque la teoría oficial ahora mismo y a la que resulta complicado contradecir sin desatar una gran bronca (y de paso quedarse sin fondos para la investigación) es que el cambio climático que se supone estamos viviendo es culpa del ser humano: es decir, que no, que no lo hemos provocado nosotros, según Schoch. Sí, polucionamos una barbaridad; sí, derrochamos otra barbaridad; sí, maltratamos al planeta una tercera barbaridad..., pero pensar que el homo sapiens tiene una capacidad real para influir en algo tan colosal como es la marcha de todo un ecosistema planetario es excesivo. Particularmente, siempre me ha parecido una muestra de la inmensa soberbia de la especie humana, que se cree más importante de lo que es. Y también he pensado que, antes de que lleguemos a hacer daño de verdad a la Tierra, ésta se encargará de destruirnos, como nos cuentan todos los mitos y leyendas que sucedió ya en el caso de civilizaciones anteriores a la nuestra. Ojo, esto no significa que dé un cheque en blanco para seguir polucionando, derrochando y maltratando alegre e irresponsablemente al planeta. Todo lo contrario. Si aspiramos a no seguir el mismo destino de los dinosaurios, hay que actuar ya, y hacerlo en serio. Trabajar en favor de la Naturaleza, no en su contra.

La segunda idea es aún más interesante para lo que hoy nos ocupa, porque Schoch habla del trabajo de su esposa, Catherine Ulissey, quien desarrolló una labor de observaciones solares diarias y descubrió un patrón sorprendente. Y es que las manchas solares muy activas "extrañamente disminuyen su actividad y producen llamaradas solares más pequeñas, e incluso parecen quedar temporalmente inactivas y finalizar su actividad, cuando tienen delante a la Tierra". Una vez que el Sol rota sobre sí mismo mientras la Tierra continúa su camino y las manchas dejan de estar frente a frente ante nuestro planeta "las mismas comienzan a encenderse de nuevo y aumentan su actividad drásticamente". Por increíble que parezca, "es como si el Sol fuera consciente de la presencia de la Tierra y tratara de evitar vomitar una erupción de gran calibre directamente sobre nosotros"Schoch lo compara con una persona que va a estornudar pero es capaz de contenerse el tiempo suficiente para darse la vuelta y evitar el estornudo sobre otra persona.

El profesor de Boston cita también el trabajo del físico neoyorquino Gregory Matloff, según el cual no ya nuestra estrella sino todas ellas en general se desplazan de una manera incoherente en torno a la galaxia pues "no parecen moverse de la manera que dicen las teorías estándares, como predicen las formulaciones basadas en la teoría de la gravedad de Newton". Sí, giran alrededor del centro galáctico pero se supone que las que están más cerca deberían hacerlo más veloces que las que están lejos (igual que sucede con los planetas: Mercurio tarda 88 días en completar uno de sus años u órbitas alrededor del Sol mientras que Plutón tarda 247 años y 256 días, por ejemplo). Pero... "éste no resulta ser el caso (...) es como si todas las estrellas estuvieran montadas en una enorme rueda giratoria". Por ello, Schoch sigue la especulación planteada por su esposa y se plantea que "otra explicación que también podría dar cuenta del comportamiento anómalo de las estrellas (...) es que son conscientes y se mueven de acuerdo a su propia voluntad".

Cita la definición de Matloff, que se refiere a una entidad consciente como "una que es capaz de volición" con la "suficiente conciencia de sí misma como para decidir realizar, o no, una acción seleccionada". Así, una estrella consciente podría "decidir alterar su movimiento para participar en la gran danza estelar cuando órbita el centro de sus galaxia" aunque precisa que, si así fuera, las estrellas no necesitarían "tener una conciencia de nivel humano o divino" sino disponer simplemente de un simple instinto de agrupamiento, "similar a un cardumen de peces que nadan juntos o a una multitud de aves que vuelan juntas". Entonces, estos cuerpos celestes serían capaces de cambiar sus trayectorias a placer, mediante la descarga de material. En el caso de las estrellas jóvenes, el proceso se haría de manera "intensa" para poder "ajustar su trayectoria" y, en el de las maduras, no sería preciso tanta potencia y podría bastar con la emisión de lo que conocemos como "viento solar" o partículas eléctricamente cargadas, que serían suficiente para cambiar su rumbo. La voluntad propia les permitiría tomar otras decisiones, como la de evitar lanzarnos llamaradas solares. Claro que, si el Sol puede hacer eso, también puede decidir en un momento dado achicharrar a la Tierra con una llamarada que termine una edad de hielo o..., destruya una humanidad corrupta.

La descalificación de esta hipótesis, aduciendo que una estrella no puede ser un ser consciente por el hecho de que no es un organismo biológico, constituye, a su juicio, un error pues los organismos biológicos no tienen por qué limitarse a ser "criaturas celulares basadas en el carbono" como los humanos. A día de hoy, investigadores de vanguardia como Sir Roger Penrose de la Universidad de Oxford o el norteamericano Stuart Hameroff de la de Arizona sostienen que la conciencia puede surgir incluso a nivel cuántico y, desde luego, no circunscrita a una definición tan estrecha como la que solemos usar. Schoch resume: la conciencia "puede ser inherente a la manifestación de la materia y existir en todas partes del universo" mientras que nosotros "podemos tener dificultades para reconocer la consciencia en otras formas de la materia". Incluso defendía la definición de posible inmortalidad de la que hablaba Ulissey para quien, cuando un humano muere, el hidrógeno que contiene en su cuerpo es "liberado" y parte de él escapa hacia el espacio con la información que potencialmente puede contener. Bajo la fuerza de la gravedad, ese hidrógeno es comprimido y puede terminar, junto al hidrógeno de muchas otras personas, dando origen a una estrella. De esta manera, un humano -en realidad, un montón de humanos juntos- podría renacer bajo la forma de estrella.

Lo he señalado varias veces pero no puedo evitar repetirme: resulta harto curioso cómo los científicos contemporáneos más abiertos de mente están manejando teorías y llegando a conclusiones cuyos conceptos ya eran comunes en las viejas Escuelas de Misterios. La Tradición siempre ha dicho que una estrella es el revestimiento físico en el que encarna un ser humano que ya es tan consciente de sí mismo, tan bello y poderoso y está tan desarrollado espiritualmente que, literalmente, "no cabe" en un simple cuerpo de homo sapiens y necesita adquirir otro que pueda contenerle y dentro del cual pueda seguir trabajando en el mundo material...

José de Espronceda, el más grande de nuestros poetas del Romanticismo -que falleció por cierto poco antes de que finalizara la pequeña edad de hielo- escribió un Himno al Sol en el que reconocía: "Cuánto siempre te amé, Sol refulgente./ Con qué sencillo anhelo,/ siendo niño inocente,/ seguirte ansiaba en el tendido cielo /y extático te veía /y en contemplar tu luz me embebecía (...) augusto soberano (...) alma y vida del mundo, /tu disco en paz majestuoso envía/ plácido ardor fecundo/ y te elevas triunfante,/ corona de los orbes centelleante." 

Feliz Noche de San Juan.