Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 12 de enero de 2018

El canal

Finalmente, llegó el nuevo año y, con él, el regreso de mis pequeñas vacaciones navideñas en Walhalla, que se me han hecho más cortas que nunca. La verdad es que me ha costado reincorporarme a las clases de la Universidad de Dios y creo que el primer día sólo conseguí llegar a tiempo porque la primera hora estaba a cargo de mi profesor favorito que, ocioso es decirlo, es el de Misticismo y Paradojas, mulá Nasrudin. Nunca me pierdo una de sus clases. Y, como quiera que yo no era el único alumno que se presentaba con pocas ganas de trabajar, para ponernos las pilas decidió contarnos otra de sus edificantes aventuras: la que le condujo al llamado Pueblo de los Números que, según algunas versiones, podría estar no muy lejos de Konya.

No es que la población local estuviera compuesta por números en lugar de por homo sapiens, sino que a éstos últimos se les daba muy bien jugar con los primeros. El pueblo contaba con apenas un centenar de familias, era tranquilo y acogedor y poseía tierras fértiles en su entorno, pero padecía un problema engorroso: el río que mucho tiempo atrás corría por la zona y junto al cual fue fundado, se había secado hacía más años de lo que podía recordar el más viejo del lugar y tampoco había ningún pozo que permitiera abastecerse de agua con facilidad. Así que los habitantes de la zona no tenían más remedio que viajar a buscar el líquido elemento a otro río ubicado en una montaña a una hora de camino de allí. Todos los días, cada familia enviaba a alguna persona junto con uno de sus burros cargado con distintos recipientes vacíos para llenarlos de agua y volver al pueblo con ella. 

Cuando Nasrudin llegó a la localidad, fue muy bien recibido pues ya entonces era bastante conocido y había adquirido un cierto prestigio por sus extravagantes pero acertados métodos para juzgar los acontecimientos de la vida. El caso es que se alojó en una de las mejores granjas del lugar, cuyo dueño le agasajó con todo tipo de viandas pero, al ver que el agua escaseaba y preguntar por qué, su anfitrión le explicó lo que sucedía. El mulá preguntó, desconcertado:

- Escúchame: ¿no viviríais mejor si tuvierais agua en el pueblo y no necesitarais ir a buscarla?

- ¡Dímelo a mí! -contestó el granjero quien, a continuación, mostró a Nasrudin el porqué del nombre de Pueblo de los Números para aquel villorrio- Fíjate, cada día envío a mi sirviente con uno de mis burros. La caminata de ida y vuelta para ambos supone 2 horas de trabajo de cada uno, o sea 4 horas diarias, o sea 1.460 horas anuales. Si pudiera dedicar a los dos a las labores del campo durante ese tiempo, podría plantar y cultivar un campo más de los que tengo. Por ejemplo, podría plantar berenjenas, y, con la cosecha que obtendría, que como mínimo sería de 547 berenjenas, ganaría dinero suficiente para comprarme una vaca y una oveja.  

- ¿Y por qué no construir un canal que traiga agua del río de la montaña hasta aquí? No sería tan difícil, aprovechando la gravedad...

- Eso crees tú -sonrió el granjero con suficiencia-. Entre la montaña y el pueblo hay varias colinas pedregosas. Si pusiera a mi sirviente y al burro a cavar y asentar un canal en condiciones, a un ritmo de 2 horas al día tardarían unos 300 años en terminar el trabajo. Y, teniendo en cuenta mi edad, no me quedan más de 30 años de vida. Si dejara de fumar, probablemente unos 36 años. Como es lógico, resulta más coherente enviarles a por el agua cada día.

- Ya veo -asintió Nasrudin- pero no tienes por qué trabajar en solitario. Reúne a tus vecinos en tu casa y plantéales el proyecto.

- Ya lo he pensado. Teniendo en cuenta que hay 100 familias en nuestro pueblo, si cada una enviara cada día un sirviente y un burro es muy posible que el canal estuviera terminado en unos 3 años. Y si trabajaran a marchas forzadas, puede que la obra estuviera finalizada en sólo 1 año... Pero, claro, si tengo que reunir aquí a mis vecinos para plantear un proyecto tan importante, he de hacerlo de acuerdo al protocolo. Eso significa invitar a cada uno de ellos a té, azúcar y galletas y conversar sobre nuestras familias, nuestra descendencia, nuestras tierras y cosechas, la situación política, la meteorología..., para llegar finalmente al punto de mayor interés. Tendría que dedicar el día entero con un solo vecino. Y repetir esto 99 veces para poder hablar con todos ellos. No puedo estar más de 3 meses seguidos agasajando y debatiendo con mis vecinos sin ocuparme de mi granja... A lo mejor podría invitar un vecino por semana y, como cada año tiene 52 semanas, estaría casi 2 años hablando con ellos. 

- ¿Y crees que podrías convencerles?

- Sí, porque todos necesitamos el agua. Y todos somos buenos con los números: echaríamos cuentas y nos cuadrarían. Todos y cada uno prometerían participar si los otros participaran también. Así que, terminada la primera ronda de 2 años, tendría que empezar una segunda ronda para explicarles uno a uno que todos estamos dispuestos a llevar a cabo la obra.

- ¡Perfecto! En 4 años os habríais puesto de acuerdo y, en un año más, tendríais el canal construido.

- Qué va -negó el granjero, con aire pesimista-. Ten en cuenta que, una vez construido el canal, cualquiera podría utilizar el agua que llevara, tanto si hubiera ayudado a su construcción como si no. Sería imposible vigilarlo todo. Y,  si algún listillo no hubiera aportado el mismo esfuerzo que los demás, se beneficiaría más que ellos, lo cual resulta intolerable. Es más, alguno podría buscar la manera de no contribuir en absoluto y beneficiarse igual. Recuerda que a todos los habitantes de este pueblo se nos dan bien los números, por lo que buscaríamos la forma de aprovecharnos y racanear nuestro aporte, aduciendo enfermedad del sirviente, pérdida del burro, o cualquier otra excusa que se nos ocurriese. Si pudiéramos contribuir con un 95 % en lugar de con un 100 % al esfuerzo final, lo haríamos. Y si fuera un 80 % en lugar de un 95 %, mejor. Y si un 65 % en lugar del 80 %, aún mejor. Y así sucesivamente. Todos lo haríamos y todos sabemos que lo haríamos, así que ten por seguro que la construcción del canal ni siquiera comenzará.

Nasrudin se quedó pensativo durante un instante y añadió:

- Aunque tus razones son convincentes, estoy convencido de que debe haber una manera. Después de todo, viniendo hacia aquí he pasado por un pueblo como el vuestro, justo al otro lado de la montaña, que tenía exactamente el mismo problema... Y construyeron su canal hace ya casi 20 años. Ahora disfrutan de todo el agua que necesitan. Yo creo que incluso se permiten el lujo de despilfarrarla.

- Sí, conozco el pueblo que dices -reconoció el granjero, con tono despreciativo- pero a esas gentes nunca se le dieron bien los números, como a nosotros...

Cuando Nasrudin terminó su simpático y a la vez triste relato, puro pensamiento mágico, de inmediato me vinieron a la mente varias reflexiones explícitas y me puse a relacionarlo con la forma habitual de actuar de los homo sapiens. No obstante, creo que cada cual debe llegar a sus propias conclusiones...