Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes.

viernes, 13 de abril de 2018

El inmortal

He encontrado al Inmortal después de trece años de búsqueda incansable por todo el mundo. Me refiero aquí a la búsqueda física propiamente dicha, a mi deambular por los lugares más insospechados, desde algunas pequeñas localidades turcas hasta las laderas andinas o las más remotas aldeas nepalíes. Lo cierto es que me costó mucho más tiempo dar con él, pero no he incluido en el cálculo todos los años previos de lecturas, reflexiones y entrevistas personales o por teléfono con los personajes más pintorescos, indagando cada uno de los más serios rumores acerca de la existencia de personas que disfrutaran de verdad de una inmortalidad física.

Puestos a ser sinceros, no es una cuestión que afecte a la última etapa de mi vida, sino que llevo toda ella, al menos desde que tengo recuerdo, dando vueltas a este asunto, siempre fascinado por la muerte y por la posibilidad de esquivarla. Nunca ha sido una sensación morbosa, ni tampoco siniestra: tiene más que ver con la curiosidad. ¿Es factible? Después de todo y aunque no solemos tenerla presente, la muerte nos acompaña a todos en todo momento. Puede venir a buscarnos cuando le dé la real gana y encontrarnos esquiando, durmiendo la siesta, leyendo un libro o haciendo el amor. Y no va a esperar a que terminemos de hacer lo que sea que estamos haciendo en ese justo instante. Resulta chocante escuchar argumentos del estilo "era demasiado joven para morir". ¿Por qué? ¿Cómo puede el ser humano plantearse que lo lógico es morir a una edad o a otra?

En mi caso siempre la he sentido como una presencia cercana, como una amiga querida o una compañera de viaje con la que tengo pendiente una cita importante, aunque no sé cuándo, cómo ni dónde. Ni me preocupa excesivamente: ella me avisará en el momento adecuado. Nunca he visto un esqueleto con guadaña ni nada parecido, pero en más de una ocasión he escuchado un peculiar susurro a mi espalda y luego un hálito frío, una presencia fatídica... Apenas un destello burlón por el rabillo del ojo que me sobresaltaba y me hacía girar sobre mí mismo para intentar contemplar, aun durante un mínimo instante, al ángel funesto y así poder reconocerlo cuando llegue el último momento. Naturalmente, nunca he sido lo bastante rápido para verlo.

¿Y si fuera yo quien le gastara la última broma? ¿Y si descubriera realmente la manera de mantenerme físicamente sobre este mundo durante un tiempo indefinido? No con la idea de vivir para siempre, supongo que eso terminaría haciéndose aburrido, pero sí para tomar mi propio destino en mis manos y ser yo y no ella quien decide el momento y las circunstancias en las que poner fin a mi existencia... Esta idea surgió como un simple jugueteo intelectual, una manera de pasar el rato debatiendo conmigo mismo. Pero al final acabó convirtiéndose en una obsesión que me ha mantenido muy ocupado estos últimos trece años. Más los anteriores.

Sería aburrido resumir aquí toda mi peripecia. Sólo por precisar, apunto en este momento que durante los últimos dieciocho meses estuve trabajando en la pista definitiva. La que, en su etapa final, me condujo a cierto pequeño municipio del valle Engadine, en el cantón suizo de Grisones. La que, gracias a un golpe de fortuna, de inspiración o incluso puede que dictado por alguna divina guía, me llevó a pasear tranquilamente en un día frío y soleado junto a la pendiente de la montaña hasta ese lugar tan hermoso como solitario donde encontré la entrada a la gruta.

Al principio, no la relacioné con mi búsqueda. Decidí explorar la sima por pura curiosidad y como descanso y divertimento para mi mente, en un intento por olvidarme un rato de mis elaboradas reflexiones que tantas veces me han conducido por los terrenos de la ansiedad e incluso de la angustia. Además, el acceso era cómodo y amplio. Y no daba la impresión de ser una cavidad profunda ni peligrosa. Aún así caminé poniendo mucho cuidado en no resbalar, apoyándome con prudencia sobre la piedra húmeda y oscura que poco a poco empezó a envolverme. 

Si bien el túnel giraba al poco de entrar, conformando una especie de ángulo recto a medida que se adentraba en el interior de la montaña, dentro había suficiente iluminación para ver con cierta claridad. No la proveía la luz del Sol, que se quedaba en el codo de la entrada, sino que emanaba de la misma roca: pese a su tonalidad apagada de base, la superficie estaba salpicada por un polvillo que, a modo de purpurina, brillaba de una manera extravagante. El resultado era como si uno caminara de noche dentro de una habitación a oscuras, alumbrada indirectamente a través de las ventanas por la luz de potentes anuncios de neón fijados en el exterior de la fachada. Y se trataba de una habitación sucia, llena de porquería, a juzgar por el olor desagradable y cada vez más penetrante de aquel lugar. Lo achaqué al agua estancada que pudiera haber en su interior y redoblé mi cautela para no terminar cayendo en algún pozo bien disimulado.

Enseguida llegué al final de la cueva. Allí estaba el Inmortal, sentado en lo alto de una piedra de unos dos metros de altura, mirando hacia la nada. 

Era un hombre viejo, de largas greñas blancas, y así lo reflejaba su rostro cincelado durante siglos, seguramente milenios, por el paso del tiempo. No lo reconocí en un primer momento porque me lo había imaginado de una manera muy diferente, la verdad. A lo largo de mi búsqueda había terminado formando en mi mente la imagen de alguien más poderoso, más majestuoso. Alguien impresionante, en todos los sentidos. Un individuo de presencia impecable: fuerte, rico, bien vestido, soberano, monarca de sí mismo y de todas las edades de la Historia, sentado sobre un trono de oro y joyas. Para mí el Inmortal debía tener, quizás, un aire al Rey del Mundo del que hablara Guenon...

En lugar de eso encontré a un ser humano diminuto, encogido sobre sí mismo, vestido apenas por unos harapos mugrientos que dejaban a la vista un cuerpo tan delgado como gastado, ya inútil para casi todo. Empecé a pensar que estaba ante el Inmortal al percatarme de que el hedor que me había acompañado desde que entrara a la cueva se acentuaba a medida que me acercaba a él, así como al descubrir los restos de orines y heces derramados desde lo alto de su sitial de piedra. Comprendí que, fuera quien fuera, aquella persona llevaba mucho tiempo sin bajar de lo alto, como aquel fanático asceta cilicio que vivió casi cuarenta años de su vida sobre una columna lejos de todo y de todos.

¿Es usted el Inmortal, realmente? -me atreví a preguntarle, al fin.

Mi voz sonó extraña allí dentro, apagada y lejana. Casi como si no hubiera llegado a pronunciar palabra alguna.

¿Oiga? ¿Puede escucharme? ¿Entiende lo que le digo? -insistí.

No le contestará -dijo una voz anciana a mis espaldas, lo que propició uno de los mayores sustos de mi vida.

Con el alma encogida me di la vuelta y entonces pensé haberme encontrado por fin, cara a cara, con la muerte. Ante mí tenía a una mujer muy mayor, vestida con ropas amplias y bastas de factura antigua y con la cabeza cubierta con una especie de capucha. Llevaba una tinaja y un cuenco. Parecía una figurante, salida del rodaje de un peplum o de una película de brujas.

¿Y..., usted es...? -logré articular, empleando hasta la última gota de mi menguante coraje para aparentar normalidad.

- Soy su hija -y luego añadió con tono interrogante-. ¿De verdad ha venido usted buscando al Inmortal? Hacía mucho tiempo que nadie se presentaba por aquí para verlo, por lo menos ciento cincuenta años. Creí que ya le habían olvidado todos.

Ciento..., cincuenta... -tartamudeé- ¿Cuántos años tiene..., usted?

No recuerdo bien -dijo, pensativa-, debo andar por los doscientos ocho. Doscientos doce como mucho. Soy su última hija viva, ¿sabe? Su hija pequeña.

Durante un momento pensé que estaba alucinando. Aquella caverna me había hipnotizado de alguna forma. Tal vez algún gas subterráneo similar a los que transportaban a otros mundos a la Pitia en Delfos. O puede que algún microorganismo que habitara en aquel sombrío ecosistema y se trasladara y contagiara por vía aérea. Debería salir de aquí antes de perder el conocimiento y morir, razoné, ¡pero estoy finalmente delante del inmortal! No puedo huir  ahora. Además, no me encontraba mal. Todo lo contrario. Aparte de la creciente euforia ante el éxito de mi expedición vital, el hecho de saberme al lado de alguien que no podía morir me confería la secreta esperanza de que, en serio, encontraría la manera de no morir yo tampoco.

La mujer depositó el cuenco sobre una piedra y lo llenó con el contenido de la tinaja: una especie de sopa humeante, espesa y oscura que luego, tras encaramarse sobre unas piedras aledañas, dejó dificultosamente sobre la roca donde se sentaba el Inmortal. 

- Disculpe -acerté por fin a reaccionar- ¿Cuántos años tiene su padre? -le pregunté cuando terminó esta tarea.

Ella se encogió de hombros.

No lo sé. Yo sólo le conozco desde hace poco más de dos siglos y nunca me ha hablado. Todo lo que sé sobre él me lo contaron mis hermanos mayores. Sobre todo el primogénito. Él conocía toda su historia, era casi tan viejo como mi padre...

Y ¿dónde está el primogénito ahora? ¿Dónde están sus demás hermanos? -le pregunté, cada vez más ansioso.

- Ahí -respondió ella mientras señalaba una serie de agujeros en la pared de la izquierda en los que yo no había reparado hasta entonces.

Conté treinta y dos agujeros. Todos, menos uno, estaban tapados con una especie de adobe. Ante mi mirada de incredulidad, ella precisó:

- Todos muertos. La mayoría se suicidaron, como el primogénito. Seguramente yo terminaré haciendo lo mismo. Sólo hay un Inmortal, ¿sabe?

- Dios mío -musité con espanto- pero ¿por qué? Si todos ustedes tienen el don de vivir eternamente, ¿por qué lo desprecian de esa manera?

- ¿Un don? -ella me contempló con sus ojos antiguos y por un instante no supe si iba a reírse a carcajada limpia o iba a echarse a llorar de desesperación- ¿Un don, vivir sin el horizonte de la muerte? No es un don. Es una maldición.

Meneando la cabeza, recogió la tinaja y pasó por mi lado. Me aparté instintivamente: de pronto aquella mujer me daba mucho miedo. Pero tampoco quería dejarla marchar sin más. Sospeché que, si la dejaba ir, no volvería a verla. Y parecía mi única fuente de información segura. El Inmortal no se había movido ni un milímetro desde mi llegada. Ni siquiera había mirado a su hija o al cuenco de la sopa. Continuaba perdido en el interior de sí mismo.

¡Espere! -supliqué- Por favor, espere... No le entiendo. Y quiero saber. Los años pasan, los imperios surgen y caen, y los humanos siguen siendo tan infantiles y tan poco despiertos como de costumbre... No aprenden nada. Nunca aprenderán nada importante. -murmuró ella, antes de detenerse y, volviendo su rostro vetusto hacia mí, plantearme-: ¿Qué cree usted que le confiere valor a la vida si no es la muerte? ¿Qué atractivo tendría una hermosa flor en el momento de su mayor esplendor y belleza si no fuera porque sabemos que será destruida poco después? ¿Qué amor merecería la pena si en lugar de una fugaz maravilla se convirtiera en la rutina diaria durante miles de años? ¿Qué empresa sería de verdad valiosa si uno no necesitara poner a prueba su ingenio, desplegar sus virtudes e incluso arriesgar su vida para culminarla con éxito y sólo tuviera que esperar diez años o diez siglos para ello, sin preocuparse por el plazo temporal necesario? 

Aquellas preguntas me desconcertaron e hicieron nacer en mi pecho una angustia nueva, pero ella continuó:

- Vea: el oro, las piedras preciosas, el dinero, las riquezas..., esa inútil y delirante obsesión del ser humano, empeñado en acumular todo eso para utilizarlo luego en adquirir posesiones, ganar posición y poder... ¿Y si uno tuviera una fuente ilimitada de oro? ¿Y si pudiera nadar literalmente en oro y comprar todas las cosas del mundo si así lo deseara? ¿Habría algo que pudiera atraerle al fin, algo por lo que suspirar, algo que buscar y perseguir? ¿A quién le place correr una carrera eterna contra sí mismo, sabiendo que haga lo que haga siempre va a ganar? 

- Sin embargo -traté de argumentar, sintiendo cómo crecía mi ansiedad-, el hecho de ser inmortal le permite a uno hacer todo lo que desea hacer. Uno puede estudiar lo que quiera, viajar por todo el mundo, crear obras de arte, escribir libros, componer música, conocer a muchas personas..., sin limitación alguna. ¿Eso no es deseable?

Me observó con ojos aburridos, como si hubiera rebatido mil veces antes el mismo planteamiento y no tuviera ya ganas de continuar con aquel diálogo que nada nuevo le aportaba.

- ¿Y qué hacer cuando uno ha estudiado todo lo que quería y hasta lo que no quería, por pasar el tiempo? ¿Cuando ya ha recorrido varias veces el planeta entero? ¿Cuando se ha hartado de crear obras artísticas, escribir libros y componer música y nada de eso ya le motiva? ¿Cuando uno se ha convertido en el mejor y más grande maestro que ha pisado alguna vez la Tierra, de tanto hacer todas esas cosas una y otra vez, y es consciente de que no puede aprender más y que nadie le puede enseñar más? ¿Qué hacer cuando has conocido a tantas personas, a tantas y tan inmensas multitudes, que sabes que ninguna podrá volver a sorprenderte jamás? Ni el odio, ni la ira, ni la compasión, ni el amor, ni la tristeza, ni la valentía... Nada es ya nuevo y, de hecho, has visto tantas veces los mismos comportamientos en tantas personas diferentes que puedes predecir con absoluta seguridad lo siguiente que va a hacer la persona ante la que estás delante.

- Entonces, ¿la inmortalidad no tiene sentido?

- Se lo diré claro, para que lo entienda de una vez: la inmortalidad física es el mayor tormento imaginable para un ser humano -sentenció-. Por eso terminaron suicidándose mis hermanos, uno tras otro. Yo estoy muy cansada ya. Y estoy sola. Así que mi final será similar, no creo que tarde mucho.

- ¿Y él? -señalé, desesperado, al Inmortal.

- Él no puede morir, jijiji -la risa de la anciana sonó especialmente desagradable-. Él consiguió la inmortalidad sin desearla y su castigo es vivirla hasta el fin de los tiempos. Hizo un pacto con el Demonio que rige este mundo, ése al que la gente corriente llama Dios, para obtener ciertos beneficios a cambio de su alma inmortal..., y luego intentó engañarle. Se puede luchar contra ese monstruo, pero no se le puede estafar: es demasiado inteligente. Mi padre fue muy ingenuo. Y el Demonio le impuso esta pena ejemplar...

A estas alturas me sentía ya muy mareado y con ganas de vomitar. Me embargó un poderoso deseo de salir de allí, de alejarme corriendo de aquel lugar maldito sin mirar hacia atrás.

- Al principio, mi padre creyó que el Demonio se había equivocado. Empezó a vivir de acuerdo con su nueva condición y consiguió todo lo que quiso gracias a su inmortalidad. Se convirtió en la persona más poderosa de la Tierra y, en apariencia, en la más feliz y satisfecha. Empezó a tener hijos a los que transmitir su sangre inmortal, para poder tener familia que pudiera acompañarle pues todas sus esposas fallecían tarde o temprano. Se sentía una especie de dios y quería reinar como Zeus Júpiter en el Olimpo. Pero con el tiempo comprendió hasta qué punto había sido condenado. Terminó desprendiéndose de todo y encerrándose aquí, completamente enloquecido. Aullaba día y noche, se golpeaba contra las paredes, intentaba herirse y matarse de mil maneras pero siempre infructuosamente...

No pude soportarlo más. Con los ojos nublados, el sudor empapándome y trastabillando entre las piedras, busqué la salida de la cueva sin despedirme de aquella trágica mujer, sin dirigirle ni una sola palabra más. La oía detrás de mí, chillándome desde el interior de la caverna:

¡No se vaya! Tal vez pueda usted hacerle compañía cuando yo ya no esté. Después de todo, puede que usted sepa hacer algo que él nunca haya visto y eso le permita, aun por un instante, retornar a la normalidad. Y, si no, puede encargarse de prepararle la comida, aunque luego él la desprecie y no la engulla. Usted podría...

No recuerdo muy bien cómo salí al final de allí. Sólo que me fui y que llegué jadeando a mi coqueto cuarto en la pensión suiza donde me alojaba. Me encerré con llave y coloqué una silla contra el tirador para asegurarme de que nadie entraría en la habitación y luego me metí en la cama, vestido y con zapatos, temblando y gimoteando. 

Algunas horas después, conseguí reunir el valor suficiente para recoger mi escaso equipaje y salir de la habitación. Pagué y luego me llamaron a un taxi para que me sacara de allí, previa advertencia de que me costaría una pequeña fortuna. Pero no me importaba pagarla con tal de alejarme cuanto antes. Si quería irme en tren o en autobús necesitaría esperar hasta la mañana siguiente y no me veía en condiciones de pasar allí la noche, tan cerca de la cueva del Inmortal, expuesto a que su lóbrega hija apareciese en cualquier momento.

Y aquí estoy, al fin, en casa. Lejos de Suiza y de todos los otros lugares por los que transité durante tantos años, cegado por la promesa de un cielo que en realidad escondía un infierno.

Observo una flor, cortada de mi jardín. Se marchita lentamente en un jarrón con agua. Es hermosa.